jueves, 12 de marzo de 2020

Principios del cambio en psicoterapia


Hay libros de psicoterapia que ya sabes de antemano que van a ser buenos en función de quiénes son los autores. Y cuando digo “buenos” no me refiero a que necesariamente te tengan que gustar, si no su rigor y relevancia clínica. Es el caso de la obra que tengo entre mis manos, “Principles of Change: How Therapists implement research in practice”, editada por Castonguay, Constantino y Beutler, tres grandes figuras de la investigación en psicoterapia.


El libro, como indica su subtítulo, trata de mostrar ejemplos de cómo aplicar en la práctica clínica lo que dice la investigación con respecto a una serie de factores relacionados con buenos resultados, más allá de los diagnósticos y las marcas de terapia. “Combinar conocimiento de estas fuentes, sin embargo, requiere que reconozcamos que la psicoterapia es más compleja que la aplicación de un paquete de intervenciones estandarizadas y secuenciadas a tipos de clientes, bajo la suposición de que esas intervenciones son, por encima de cualquier otra cosa, los factores primarios responsables de la mejoría terapéutica. Esta suposición, que subyace al método de estudiar la psicoterapia mediante ensayos clínicos aleatorizados (ECA), está desfasada y es ingenua. Mientras que los ECA privilegian la contribución del diagnóstico del cliente y el modelo de terapia, una visión más amplia e integradora de la psicoterapia, basada en la evidencia, enfatiza los factores del cliente más allá del diagnóstico, los factores del terapeuta (incluyendo efectos entre-terapeutas), procesos diádicos y la necesidad de personalizar el tratamiento a cada individuo y contexto”. De nuevo, podemos ver como los expertos en la materia siguen indicando que el camino para llevar a cabo una terapia psicológica eficaz nos lleva hacia la integración y el diseño de tratamientos a la medida de cada persona y sus necesidades.

Siguiendo el espíritu del libro, se pueden identificar dos partes. La primera y más breve reúne una serie de principios del cambio: “los autores tradujeron la evidencia científica a principios del cambio que puedan servir como guías clínicas sin estar atados a modelos teóricos o terminologías particulares”. Es decir, están pensados para poder ser aplicados por profesionales que trabajen desde diferentes enfoques. De la pericia de los clínicos dependerá el saber traducir estos principios a los términos propuestos en su modelo de referencia.

Les ha llevado tres años analizar las mejores referencias disponibles y la información más actual para poder delinear 38 principios basados en la evidencia que han agrupo en cinco categorías:

  • Pronóstico del cliente: características de las personas asociadas a mejoría tras el tratamiento.
  • Moderadores del cliente: características de las personas presentes antes de la terapia y que interaccionan con ella, influyendo en su eficacia.
  • Procesos del cliente: conductas de la persona presentes durante la terapia que influyen en los resultados.
  • Relación terapéutica: elementos de la interacción entre la persona y el clínico que facilitan o interfieren con el cambio.
  • Intervenciones del terapeuta: conductas del clínico llevadas a cabo durante el tratamiento y que facilitan o dificultan el cambio.

En las siguientes tablas se encuentran los 38 principios del cambio identificados:
 
 

 
Pero lo que me resulta más interesante y estimulante de este libro, y que supone el grueso del mismo, es el hecho de contar con profesionales que se dedican a la práctica clínica y a los que se les ha pedido que analicen varios casos propuestos por los autores, con el objetivo de mostrar cómo aplicarían en un tratamiento real los principios del cambio que tuvieran relevancia en cada uno de los casos. De momento solo he leído la primera aportación y ha sido muy agradable (y sorprendente) ver como las propuestas de intervención de un profesional que se define como cognitivo-conductual serían muy similares a las que yo mismo haría para abordar esos casos, aunque no utilice el mismo modelo teórico como referencia habitual. Resulta también interesante ver la aparente facilidad y naturalidad con la que el autor es capaz de relacionar sus intervenciones con los principios del cambio, mostrando que la aplicación del conocimiento científico a la práctica clínica real no solo es posible, si no que probablemente es mucho más frecuente de lo que algunos creen.

Por cierto, en la proporción de principios asociados a las personas que acuden a terapia frente a lo que hacen los clínicos de nuevo se puede apreciar quiénes son los verdaderos artífices del cambio y, por lo tanto, lo fundamental que es tener en cuenta sus características y recursos a la hora de realizar una intervención efectiva, que deberá adaptararse a ellos y ellas, necesariamente.

martes, 25 de febrero de 2020

Estilo personal del terapeuta (y una breve nota sobre integración en psicoterapia)

Casi un mes después de mi última entrada, aquí estoy de nuevo tratando de retomar el blog. Los últimos meses he estado demasiado atareado como para poder sentarme, escribir y publicar aquí. Durante una temporada estuve trabajando 10 horas al día en consulta (7 en centro de salud mental infanto-juvenil público y 3 en mi consulta privada), más todas esas cosas que se hacen fuera de horario y que normalmente no se tienen en cuenta, pero que tienen su importancia (formación, preparación y reflexión sobre los casos, lectura, gestiones varias…), sin olvidar la vida personal (que, modificando aquello que dicen en mi tierra sobre las meigas, “eu no creo nela, pero habela, haila”). Espero poder retomar esto con ganas a partir de ahora, aunque lo cierto es que el resto del año me espera todavía mucho más trabajo.

Y que he estado haciendo muchas cosas y no escurriendo el bulto, lo demuestran documentos gráficos como el siguiente:



Como había anunciado, el pasado 14 de febrero estuve en una jornada sobre psicoterapia celebrada en la facultad de Psicología de Oviedo, de la que han dado cuenta en Infocop (a quienes les he cogido prestada la foto).

Tenía ya ganas de escribir para comentar un par de cosas que me ha sugerido un artículo recientemente publicado, escrito por Javier Prado y colaboradores: La persona del terapeuta: Validación española del Cuestionario de Evaluación del Estilo Personal del Terapeuta (EPT-C). Varios son los motivos que me llevan a citarlo. El primero es que está escrito por profesionales a los que respeto y admiro, referencias incuestionables en la psicología clínica española. En segundo lugar, trata un tema de los que más interés me han suscitado en los últimos 2 o 3 años: las características y formas de trabajar de los clínicos y su influencia en el proceso de psicoterapia. Tercero, presenta una investigación en la que se han recogido datos de 350 psicólogos clínicos y PIRes del territorio nacional, entre los que me incluyo, y que ha contado con la colaboración de dos asociaciones de las que formo parte (ANPIR y SOPCA), además de la de AGAPIR. Por último, se ofrece información sobre la orientación teórica de los participantes, algo que comentaré al final de esta entrada.

En resumen, el objetivo del trabajo fue validar en población española un instrumento de larga trayectoria en otros países, el EPT-C, que permite describir cuál es el estilo terapéutico de los psicólogos clínicos. Aquí ya he escrito varias veces que existen diferencias importantes entre profesionales a la hora de hacer su trabajo, aún compartiendo el mismo método o marco teórico; diferencias que pueden influir significativamente en que la terapia termine resultando un éxito o fracaso y que van más allá de meras competencias técnicas; ciertas características de personalidad juegan también un papel importante. El EPT-C evalúa 5 tipos de funciones: instruccional (¿cómo de rígido o flexible soy como terapeuta?), expresiva (¿soy más bien distante o cálido, focalizado en el trabajo con las emociones?), involucración (¿hasta qué punto me llevo el trabajo a casa o soy capaz de desconectar?), atencional (¿en qué centro mi atención durante las sesiones?) y operación (¿trabajo de forma muy estructurada o más bien espontánea?). Se ha visto que el signo de estas funciones se modifica con la experiencia. Por ejemplo, los clínicos con más años de ejercicio suelen tener un estilo más flexible, espontáneo y con una actitud atencional más amplia. También se han asociado ciertos estilos con el tipo de modelo teórico de referencia del profesional.

Como muestra la evidencia disponible, para que una terapia sea eficaz hay que considerar una serie de variables de cada persona atendida que tienen un peso específico en su desarrollo. El clínico deberá identificar las preferencias, la motivación para el cambio, el estilo de afrontamiento y otras variables interaccionales y de personalidad de los consultantes y adaptar la intervención a las mismas; esto incluye también su estilo, algo que no tiene porque ser estático e inmodificable, si no que lo ideal es que pueda ser lo suficientemente flexible (sin perder coherencia y rigor) como para responder de forma precisa a las necesidades de cada caso. Es por esto que, como se señalan en el artículo, “el EPT-C se revela como un instrumento de evaluación que puede ser de mucha utilidad en la personalización de la formación y supervisión de futuros psicólogos clínicos”.

Desde aquí animo a todos los practicantes de la psicoterapia a cubrir el cuestionario y corregirlo; puede ser una buena manera de reflexionar sobre la forma de trabajar propia (la versión española del EPT-C está incluída en el artículo). En mi caso me encontré con resultados que apuntan a un término medio en las cinco funciones, lo que al principio me resultó chocante y que alguien en Twitter redefinió de forma positiva como tener un estilo “equilibrado”. Esto encaja con mis esfuerzos por adaptarme lo mejor posible a cada caso y no ceñirme a una actitud similar siempre. Claro que una cosa es mi propia auto-evaluación y otra muy distinta lo que opinaría una persona experta que pudiera observar mi trabajo y valorar mi estilo de una forma “más objetiva”.

En este trabajo también se recogieron otras variables, entre las que se encuentran las mostradas en la siguiente tabla.

 

Como se ve, la gran mayoría de clínicos y residentes dicen trabajar desde una orientación integradora, lo cual me alegra mucho. Los mayores expertos internacionales en psicoterapia insisten en que ese debe ser el camino a seguir si uno quiere ser un profesional eficaz. Nótese que la experiencia media de los encuestados se sitúa cerca de los 10 años, un tiempo nada despreciable. No se trata de personas, por lo tanto, alejadas de la realidad clínica diaria. Tal y como señalan los autores, “que la integración sea la norma entre los clínicos españoles no debería resultar llamativo. En nuestro contexto, el ejercicio de la Psicología Clínica exige dominar multiplicidad de ámbitos de actuación, donde las características de los pacientes implican la totalidad del espectro de gravedad representando una situación que, no es aventurado señalar, empuja a nuestros clínicos a ser flexibles, prácticos y creativos”.

En más de una ocasión he leído críticas (informales) a la integración en psicoterapia, probablemente realizadas desde el desconocimiento o asociadas a una idealización extrema del propio modelo de referencia. Integrar no es hacer las cosas de forma intuitiva, sin una base teórica y/o empírica. De hecho, yo lo tengo claro: o integramos o nos desintegramos (y el perjudicado va a ser el consultante).

Para concluir, a modo de corolario, aquí van dos consejos no solicitados (el spam de la vida, como dejó escrito alguien): conoce tu estilo personal (así podrás afinarlo para poder ser más preciso en tu trabajo) e integra (con cabeza).

lunes, 20 de enero de 2020

Ponencia en la I Jornada de Psicoterapia (14 de febrero en Oviedo)

El próximo 14 de febrero, viernes, tendré el honor de participar en la I Jornada de Psicoterapia, titulada “Desafíos actuales de la Psicoterapia: más allá de los lugares comunes”. Esta jornada está organizada por el Colegio Oficial de Psicólogos del Principado de Asturias y la División de Psicoterapia del Consejo General de la Psicología. El evento tendrá lugar a la Facultad de Psicología de Oviedo, de 10:00 a 19:45.

Por la mañana estará mi compañero Félix Inchausti, a quien siempre es un gusto escuchar y que, con total seguridad, ofrecerá una ponencia muy jugosa. No conozco a Sara Toledano, pero si el tema del que va a hablar: el Diálogo Abierto. Se trata de un enfoque muy interesante y que parece obtener buenos resultados en el tratamiento de personas diagnosticadas de psicosis. Por la tarde, después de mi ponencia, participaremos los tres en una mesa redonda moderada por nada menos que Marino Pérez.

¿Y de qué voy a hablar yo? Mi exposición se titula “De la práctica basada en la evidencia a la evidencia basada en la práctica” y, más allá del juego de palabras, pretende ser un pequeño recorrido en el que reflexionemos sobre lo que hace que una terapia psicológica sea eficaz en “el mundo real”, saliendo del laboratorio y de los ensayos clínicos aleatorizados para poder ver si tenemos que replantearnos el concepto de “práctica basada en la evidencia” en psicología. O algo así. Lo veremos en unas semanas.

El precio de la inscripción es muy asequible, sobre todo para personas colegiadas. Así que espero que nos podamos ver allí y pasar un día agradable hablando de cuestiones apasionantes.

El díptico completo se puede ver pinchando AQUÍ.




jueves, 19 de diciembre de 2019

Psicología Clínica en España: una presentación para Europa

En el año 2017 asistimos al nacimiento de la Asociación Europea de Psicología Clínica y Tratamientos Psicológicos (EACLIPT, de las singlas en inglés), formada por un grupo de especialistas clínicos interesados en fomentar la investigación y los hallazgos científicos de la disciplina, así como en diseminar estos y otros conocimientos similares (evaluación, diagnóstico, psicoterapia, prevención...) entre la población europea.

EACLIPT ha venido acompañada de una revista propia, “Clinical Psychology in Europe”, cuyo primer número vio la luz en marzo de 2019. Además de los habituales artículos sobre terapias psicológicas, esta publicación ofrece algo verdaderamente interesante y único: un espacio en el que compartir la situación de la psicología clínica y la psicoterapia en diferentes países del continente. Sirve, por tanto, para conocer la regulación de la especialidad en diferentes sistemas de salud, su estatus, posibilidades, métodos de formación, etc. Por ejemplo, en el primer número pudimos leer un trabajo dedicado a reflexionar sobre la heterogeneidad de las regulación de la profesión en el territorio europeo. En el segundo, otro acerca de las competencias de los clínicos. Y esta misma semana se ha publicado un nuevo número que incluye un artículo sobre la regulación de la psicoterapia en el sistema nacional de salud alemán.

He tenido el honor de hacer una humilde aportación en un trabajo aparecido este mismo mes en la revista y titulado: Clinical Psychology in Spain: History, Regulation and Future Challenges (pincha en el título para acceder de forma gratuita al texto completo, en inglés). Javier Prado, Sergio Sánchez, Jose Aldaz y yo hemos aprovechado la oportunidad para dar a conocer a Europa (y quizás a otros lugares más allá) cual es la situación de la psicología clínica en España: su historia y desarrollo, el sistema de formación PIR, regulación, legislación y desafíos presentes y futuros.

Aquí hablamos del contexto sociopolítico español en el que van surgiendo las actuales leyes sanitarias, la reforma psiquiátrica, el desarrollo de nuestro actual sistema nacional de salud y, por supuesto, la especialidad en psicología clínica. En este camino es inevitable hacer una parada en Asturias, comunidad en la que se llevó a cabo la primera experiencia PIR. Precisamente, la formación especializada (PIR) es explicada también en detalle: los contenidos y método de aprendizaje, rotaciones, competencias adquiridas, su relación con la psicoterapia, etc.

Terminamos señalando algunos aspectos a considerar en los próximos años, tales como seguir mejorando la formación, facilitar el acceso de la población a terapias efectivas, el trabajo de los psicólogos clínicos en atención primaria, la esperada creación de una especialidad infanto-juvenil y el acceso a puestos de dirección y gestión en los servicios sanitarios.

Es un trabajo en el que hemos elaborado con mucho cariño y cuya publicación en estas fechas nos llega como un pequeño y satisfactorio regalo de navidad anticipado. Espero que os guste.




martes, 10 de diciembre de 2019

La formación del Psicólogo Clínico: más allá del PIR

Hay profesiones en las que no importa lo mucho que sepas, siempre quedan cosas que aprender y margen para mejorar tu desempeño. La de los especialistas en psicología clínica es una de ellas (y probablemente también la de otros ámbitos de la psicología). Hacemos un trabajo que implica un desarrollo profesional constante, donde la actualización y el reciclaje de conocimientos son fundamentales si queremos ayudar de la manera más eficaz a las personas que requieren nuestros servicios.

Aquí hablamos de un conocimiento en construcción, con mucho por descubrir. Si bien es cierto que hemos avanzado bastante y estudiado a fondo todo lo relacionado con la psicoterapia y los tratamientos psicológicos, demostrando sus efectos beneficiosos de manera contundente, también lo es el hecho de que nos falta mucho camino por recorrer y tenemos varias asignaturas pendientes: conocer los mecanismos de cambio de la terapia, reducir el porcentaje de casos que no mejoran, desarrollar una teoría que integre de forma coherente todo lo que la investigación va demostrando (a veces, cosas que se contradicen mutuamente), etc.

Algunas personas han criticado en más de una ocasión nuestra formación, haciendo referencia a lo que ellas consideran carencias del PIR, como si fuera la única base de nuestra adquisición de habilidades y conocimientos. Sin embargo, no es poco frecuente encontrarse con clínicos con varias décadas de experiencia a sus espaldas que siguen acudiendo a cursos hasta el momento de su jubilación. Es lo que se denomina formación continuada. Son varias las maneras que uno puede escoger para seguir aprendiendo y mejorando. Sirva como ejemplo mi humilde historia personal de formación, teniendo en cuenta que más o menos, hasta donde yo conozco, es parecida a la de la mayoría de los especialistas* (y probablemente en mi caso el número de horas es pequeño en comparación con la de otros compañeros).


PIR (Psicólogo Interno Residente): 6.600 horas.
En el caso de los psicólogos clínicos, la base de la formación se encuentra en el PIR, una experiencia de aprendizaje que abarca cuatro años fundamentalmente prácticos (no en vano, se trata de una actividad debidamente remunerada y con un nivel de responsabilidad creciente), siendo el porcentaje dedicado a contenidos téoricos de entre un 15% y un 20%, y existiendo, en algunos casos, una parte de la actividad dedicada a la investigación. A las 6.600 horas aproximadas de formación hay que añadir el tiempo extra dedicado a actividades de atención continuada, realizadas en horario de tarde y cuya cantidad mensual varía entre unidades docentes. En mi caso, supusieron 600 horas más que no he incluido en mi cálculo.

Un artículo reciente (Reflexiones sobre la formación en Psicología Clínica: el camino hacia la Pericia), ha analizado de cerca algunos aspectos del PIR. Los autores han logrado explicar de forma clara y sincera lo que supone la residencia, aportando reflexiones como la siguiente: “Nuestra formación actual reúne condiciones que, en contraste con otras propuestas formativas menos exhaustivas (cursos de experto, másteres...), favorece la revisión y perfeccionamiento sucesivo de la práctica clínica en una amplia diversidad de contextos y durante un período de tiempo prolongado, así como la disponibilidad de figuras profesionales especializadas que supervisen el desempeño en la práctica clínica. No obstante, sentimos la necesidad de plantearnos potenciales cambios que permitan que los residentes iniciemos el camino hacia la excelencia profesional ya desde esta etapa inicial de nuestra formación. Más que dar con medidas específicas, pretendemos hacer propuestas generales que sirvan como estímulo para el debate y la reflexión persiguiendo de esta manera la integración de nuevas maneras de aprender en la formación PIR que nos permitan acercarnos a la pericia clínica”. Y, también: “...el objetivo último, que es propiciar al paciente el mejor cuidado posible. Este objetivo requiere la revisión de los errores profesionales para poder resolverlos. Cuando los errores se ocultan perdemos la meta de nuestra propia profesión, emprendiendo acciones que van más en la dirección de proteger nuestro propio ego que de cuidar al paciente”.

Formación universitaria de posgrado: 1690 horas.
Algo habitual en este trabajo es ver a compañeros y compañeras realizando uno o varios másteres universitarios, normalmente centrados en modelos específicos de terapia, pero también dedicados a ámbitos de intervención concretos (psicología clínica infantil, terapia grupal, terapia familiar…), investigación y otras cuestiones. Son cursos que suelen durar varios años y requerir un trabajo activo por parte del alumno (además de un desembolso económico importante) y que no se limitan a un título de máster: aquí también caben cursos de especialista universitario y de experto, por ejemplo. En un breve tiempo, podré sumar un buen número de horas más a mi propio contador en este apartado.

Formación acreditada (CFC y COP): 1273 horas.
Incluyo aquí todos aquellos cursos que no son impartidos por una universidad pero que han sido acreditados por la Comisión Nacional de Formación Continuada (CFC) de las profesiones sanitarias y aquellos otros acreditados por el Colegio Oficial de Psicólogos (COP). Los créditos CFC no se dan a la ligera: para que una actividad formativa sea acreditada por esta entidad hace falta que cumpla unos criterios mínimos de calidad, por lo que es evaluada previamente por varios expertos anónimos que se encargan de verificar que lo que se va a impartir es lo suficientemente bueno. Normalmente se trata de cursos breves, que pueden ir de las 8 horas a las más de 100 y abarcan contenidos muy variados: tratamientos específicos, técnicas, habilidades profesionales, métodos de evaluación, etc.

Formación no acreditada por CFC o COP: 309,5 horas.
Otra parte importante de nuestra formación está relacionada con cursos no acreditados por la CFC o el COP, pero si por otras instituciones y sociedades científicas. El hecho de que no se hayan acreditado no implica que no ofrezcan contenidos de calidad; en la mayor parte de los casos, lo que sucede es que ni siquiera se ha llegado a solicitar dicha acreditación (por falta de tiempo para completar los trámites u otros motivos). De nuevo, nos encontramos con cursos de duración y contenidos muy variados.

Congresos y jornadas: 363,2 horas.
La asistencia a varios congresos y jornadas por año es una práctica habitual de los clínicos. Ya sea para ponerse al día sobre temas específicos o para presentar algún trabajo científico, son momentos en los que la reflexión compartida se convierte en una experiencia de aprendizaje muy valiosa. Muchos de estos eventos están acreditados también (por CFC, COP y sociedades científicas), pero he decidido clasificarlas en un lugar a parte por sus características singulares.

El aprendizaje informal: las horas que no se pueden contar.
Por algún extraño motivo, a la mayoría todavía nos quedan fuerzas y ganas para hacer otras cosas que contribuyan a nuestro desarrollo profesional, cuando no nos encontramos haciendo tareas del máster, asistiendo a cursos y preparando alguna ponencia para el próximo congreso. Se trata de un aprendizaje más informal, pero no por ello menos válido, y que dividiría en tres tipos:
  • La lectura obsesiva (y acumulación descontrolada) de libros y artículos sobre psicología clínica.
  • Las conversaciones con otros colegas de profesión.
  • La supervisión (de la que ya hablé en esta otra entrada).

En definitiva, aunque el título de especialista en psicología clínica se obtiene tras cuatro años de una formación que garantiza unas competencias y habilidades terapéuticas mínimas, el psicólogo clínico no deja de hacerse a sí mismo a lo largo de toda su carrera y siempre está buscando la manera de mejorar su propio desempeño, con la humildad y la curiosidad que esta profesión requiere.

*Por supuesto, esto no quiere decir que otros profesionales de la psicología no hagan también la misma o mayor cantidad de formación. El objetivo de esta entrada no es comparar el bagaje de los clínicos con el de otros psicólogos.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Lo que aprendo de los niños en la consulta de psicología clínica

 
Desde hace unas semanas estoy trabajando por las mañanas, temporalmente, en el Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil de Gijón, donde acuden niños y niñas menores de 15 años, a la vez que mantengo las consultas en mi despacho por las tardes. El trabajo con menores es exigente y duro, ya que implica no solo intervenir con quien presenta el problema, si no también con su familia, además de ir ligado a la inevitable coordinación, muchas veces, con colegios, institutos y otros servicios o dispositivos en los que el niño participa. Además, si ya es complicada la psicología clínica en el caso de los adultos, donde estás en contacto constante con el sufrimiento humano más profundo, ver los problemas por los que pasan los más pequeños se convierte en una experiencia que requiere una preparación y habilidad considerables; no es plato de gusto de nadie ver las circunstancias tan dolorosas por las que tantas veces pasan. Por desgracia, la demanda de atención psicológica especializada a la infancia y adolescencia sigue creciendo año tras años, encontrándonos porcentajes de problemas psicológicos preocupantes.

Sin embargo, es un trabajo que también tiene su lado gratificante. Cuando se dan las condiciones necesarias y se lleva a cabo una buena intervención, chicos y chicas mejoran rápidamente, ¡mucho más que los adultos! A lo largo de las últimas décadas se han desarrollado toda una serie de tratamientos psicológicos dirigidos a solucionar una amplia gama de problemas y trastornos psicológicos: ansiedad, miedos, depresión, trastornos de la conducta alimentaria, problemas de sueño, adaptación a situaciones estresantes (divorcio de los padres, accidentes, desastres, etc.), problemas de conducta… la lista es larga. La Sociedad de Psicología Clínica de la Infancia y la Adolescencia de la Asociación Americana de Psicología (APA) tiene una página web en la que se describen estos problemas, los tratamientos disponibles y las pruebas de su eficacia, junto con otros recursos útiles (eso si, en inglés): Effective Child Therapy. Allí podemos ver que son varias las terapias que, a día de hoy, se consideran basadas en la evidencia (lo que no significa que otros tratamientos puedan ser igualmente efectivos, si no que todavía no han demostrado serlo): 
 
  • Análisis aplicado de la conducta
  • Terapia de conducta
  • Terapia cognitivo-conductual
  • Terapia cognitiva
  • Terapia familiar (tanto conductual como sistémica)
  • Psicoterapia interpersonal
  • Entrenamiento en organización
Por cierto, la APA recomienda específicamente en dicha página el uso de medidas de monitorización de resultados para comprobar si la terapia está funcionando.

Más allá de terapias y pruebas varias, me gustaría compartir algunas impresiones personales sobre este enriquecedor trabajo, una lista de cosas que los niños, adolescentes y sus familias me van enseñando, esperando que pueda resultar útil y de interés tanto para otros psicólogos clínicos que trabajan en este ámbito como para padres preocupados por la salud mental de sus hijos.
  • En los niños, el cambio es inevitable. Desde que nacemos, estamos preparados para desarrollarnos, nuestro organismo se encarga de ello automáticamente. La tendencia humana es hacia la adaptación, hacia la superación de las dificultades de la vida. Muchas veces nuestro trabajo (el de los adultos, profesionales o no) consiste en quitar de en medio los obstáculos que están impidiendo que el infante supere sus problemas. Si se dan las circunstancias adecuadas, los pequeños son capaces de salir adelante rápidamente.

  • La gran mayoría de niños y niñas (por no decir todos) sufren por sus problemas y están deseando cambiarlos. Sobre todo en el caso de problemas de conducta, en ocasiones los mayores pensamos que “lo hacen a propósito” y que “no les da la gana” hacerlo de otra manera. Pero la realidad es otra: los chicos quieren encontrar una solución, solo que todavía no han tenido éxito. Y esto les frustra, creando un círculo vicioso del que es difícil salir. Por eso los adultos tenemos que asumir una mayor responsabilidad a la hora de ayudarles.

  • Los niños (casi) siempre tienen ideas sobre cómo solucionar sus problemas. Algunas de ellas no servirán, pero es sorprende cómo la creatividad y la imaginación infantil puede dar lugar a propuestas muy buenas. Merece la pena y es recomendable dedicar un tiempo a hablar con ellos y escuchar lo que se les ocurre; siempre que sea posible (técnica y éticamente), conviene incluir en el plan de intervención sus propias ideas.

  • A los niños les gusta que reconozcamos y respetemos sus habilidades, puntos fuertes e intereses. Un chico al que, a pesar de todos los problemas, le hacemos ver que lo aceptamos y que también sabemos separar y apreciar las cosas que hace bien (que, aunque no lo parezca, suelen ser la mayoría, no importa lo desesperante que sea la situación) es un chico que se siente seguro y confiado, lo que aumenta su motivación para aprender algo que le permita cambiar. 
     
  • A los niños les gusta aprender. De hecho, ¡es algo que no pueden dejar de hacer! Tenemos que aprovechar esa capacidad. Decirle a alguien que no haga algo no es tan eficaz como enseñarle una conducta alternativa. A este respecto, un buen método es el utilizado por Ben Furman, quien propone que para cada problema que tiene un niño existe una habilidad que puede, con nuestra ayuda, aprender.

  • Utilizar los temas que les gustan (personajes de ficción o imaginarios, videojuegos, deportes, aficciones) y ligarlos con el proceso terapéutico y los objetivos, si se hace bien, es más eficaz que la técnica psicológica más sofisticada y moderna. A los niños les gusta jugar y es más fácil implicarlos en el tratamiento si podemos hacerlo de forma lúdica. Que la terapia psicológica sea rigurosa no es incompatible con que también pueda ser divertida.

  • Se preocupan mucho por sus padres y otros familiares y están muy pendientes de ellos. Aún cuando se estén “portando mal”, se muestren irritables o en conflicto con otras personas, eso no significa que no estén al mismo tiempo asustados y dolidos por lo que pasa en casa. Aunque parezca extraño, hay un porcentaje importante de problemas psicológicos en la infancia que en realidad son reflejo de la preocupación de los hijos por el estado de sus padres. Por eso es tan importante que cuando los mayores dicen aquello de “para que yo esté bien, el niño tiene que estar bien” les ayudemos a darse cuenta que la cosa más bien funciona a la inversa: “para que tu hijo esté bien, tú tienes que estar bien”.