viernes, 29 de enero de 2016

Explicando la terapia psicológica y su eficacia

Muchas veces se ha cuestionando (y en algunos ámbitos se sigue haciendo) la utilidad de las intervenciones psicológicas para abordar problemas de salud mental. Sin embargo, hoy en día dentro de la comunidad científica no cabe duda de que aquellas son eficaces y así ha ido demostrado la investigación desde hacia varias décadas. En esta artículo voy a tratar la cuestión de la utilidad de los tratamientos psicológicos y la psicoterapia, explicando en qué consiste esta y para qué trastornos ha demostrado su eficacia, entre otras cuestiones.

¿Qué es la psicoterapia?

Podríamos definir la psicoterapia como una situación más o menos estructurada en la que, en un contexto determinado, uno o varios profesionales llevan a cabo una serie de intervenciones fundamentalmente psicológicas (aunque pueden ser también de tipo social, familiar o médico, por ejemplo) con una o varias personas que solicitan ayuda para solucionar un problema relacionado con la salud mental. Estas intervenciones se basan en un modelo teórico que guía todo el proceso terapéutico y cuyo fin es alcanzar los objetivos que el/la consultante/s haya acordado junto con el profesional. Se establece, entre estas personas, un relación de ayuda y colaboración de tipo profesional. 

La disciplina como tal nace a principios del siglo XX y desde entonces ha estado en constante desarrollo.Los términos “psicoterapia”, “tratamiento psicológico” o “terapia psicológica” se suelen emplear indistintamente, aunque para algunas personas son cosas diferentes. De hecho, en España la profesión de la psicoterapia en si misma es una actividad alegal, lo cual quiere decir que no existe una regulación legal, pero tampoco está prohibida. Esto implica que cualquier persona pueda anunciarse como “psicoterapeuta” sin que necesariamente haya realizado una formación adecuada, con los riesgos que esto puede conllevar para la población. Algunas organizaciones de psicoterapeutas han propuesto una serie de requisitos para certificar que un profesional es psicoterapeuta. Pero mientras no haya una regulación, podemos decir que las personas que están capacitados actualmente en nuestro país para llevar a cabo tratamientos psicológicos son los especialistas en ciencias de la salud de la rama de la salud mental: psicólogos clínicos y psiquiatras. La terapia psicológica se emplean cuando existen problemas o trastornos mentales y, como ya expliqué anteriormente, son las profesiones anteriormente mencionadas las que pueden tratar estos trastornos.

Normalmente se suele hacer una clasificación del tipo de la terapia según los participantes: individual, de pareja, familiar y grupal.

¿Funciona la terapia psicológica? ¿Cómo lo hace? ¿En cuánto tiempo?

Durante la segunda mitad del siglo XX, en plena expansión de la psicoterapia, empezaron a realizarse investigaciones cuyo fin era comprobar si era eficaz, es decir, si servía para resolver los problemas de salud mental de la gente. Y la respuesta que se ha ido repitiendo una y otra vez es si, los tratamientos psicológicos son eficaces. Y esto es así para una variedad de problemas realmente amplia, como se puede ver más abajo. Como en casi todas las intervenciones sanitarias, por supuesto, no podemos afirmar que sean eficaces en el 100% de las ocasiones, desgraciadamente. Aunque en muchos casos se han encontrado porcentajes muy altos de eficacia, hay veces en los que no da resultado. Múltiples variables pueden estar afectando a que esto sea así (variables del terapeuta, del tratamiento, del consultante, etc). Pero repito, esta circunstancia no es exclusiva de la psicoterapia; también sucede en los tratamientos cardiológicos u oncológicos, por ejemplo. Seguimos haciendo investigaciones para que cada vez más personas se puedan beneficiar de los tratamientos psicológicos.

El mecanismo de cambio de la psicoterapia no está claro. O mejor dicho, es diferente según el modelo teórico desde el que se trabaje. Desde un paradigma cognitivo-conductual, por ejemplo, la terapia funciona en base a mecanismos de refuerzo de determinadas conductas, extinción de otras y modificación de pensamientos; para una terapeuta de familia, el cambio surge de los cambios en las relaciones entre el paciente y sus familiares; otros terapeutas asocian la eficacia de las intervenciones a los factores en común que tienen las distintas terapias, como pueden ser la relación terapéutica, la empatía o la aceptación incondicional de la consultante. Algunos autores han señalado que la terapia produce cambios también a nivel fisiológico, en estructuras del sistema nervioso. No olvidemos que mente y cuerpo están íntimamente conectados y se influyen de forma recíproca: a través de la palabra se pueden producir cambios en el cuerpo y cambios corporales pueden afectar a la mente.

El número de sesiones que hacen falta para que existe una mejoría significativa también se ha estudiado. Inicialmente, cuando la psicoterapia daba sus primeros pasos, los tratamientos eran largos (podían durar años) y la frecuencia de las sesiones muy alta (varias veces por semana). Con el transcurso del tiempo la tendencia ha sido acortar la duración de la terapia, sin que ello haya supuesto peores resultados. Así mismo, la frecuencia de las sesiones también se ha modificado, siendo ahora habitual tener una entrevista semanal al principio, para posteriormente ir aumentando el intervalo de tiempo entre sesiones. Hace un poco más de 10 años, los investigadores Hansen y Lambert, tras revisar una serie de estudios , llegaron a la conclusión de que la mitad de las personas necesitaba entre 13 y 18 sesiones para que sus problemas mejoraran lo suficiente. Es decir, con una sesión a la semana durante 3 o 5 meses se pueden alcanzar los objetivos de la consulta. Sin embargo, debido a que cada persona tiene sus propias particularidades, el dato no deja de ser orientativo. Hay personas que necesitan una atención más prolongada en el tiempo y otras mucho más corta. Por ejemplo, en una investigación que realicé en 2015 en la que participaron varias compañeras mías, encontramos que el 43% de los pacientes habían mejorado en cinco sesiones o menos. Una investigación anterior hecha por compañeros del Servicio deSalud del Principado de Asturias también obtuvo resultados similares.

¿En qué casos ha demostrado ser eficaz la psicoterapia?

Existen multitud de manuales en los que se indican en qué trastornos mentales se ha demostrado fuertemente la validez de los tratamientos psicológicos. A nivel internacional, la División 12 de la Asociación de Psicología Americana también ofrece un listado de tratamientos psicológicos eficaces (cito a los americanos aunque nos queden un poco lejos, porque en estas cuestiones suelen ser la referencia a tener en cuenta), en el que se incluyen:
  • Depresión
  • Ansiedad
  • Insomnio
  • Pánico (crisis de ansiedad)
  • Ansiedad generalizada
  • Trastornos de la conducta alimentaria (anorexia, bulimia)
  • Trastorno bipolar
  • Trastorno límite de personalidad
  • Trastorno obsesivo-compulsivo
  • Estrés post-traumático
  • Fobias específicas
  • Fobia social
  • Uso de alcohol y drogas
  • Esquizofrenia y otros trastornos mentales graves
  • Dolor crónico o persistente
  • TDAH (trastorno de déficit de atención e hiperactividad)
  • Trastornos de la infancia y la adolescencia
Tengamos en cuenta que las investigaciones habitualmente se centran en el tratamiento de “trastornos”, que no son más que etiquetas diagnósticas creadas por los profesionales, con cierto consenso social. Esto hace menos visible en la literatura científica la utilidad de la terapia psicológica en otro tipo de problemas como pueden ser los de pareja, los familiares, los sexuales o los de relación con los demás, dificultades para las que la psicoterapia también resulta eficaz.

En definitivamente, en la actualidad prácticamente cualquier dificultad relacionada con la salud mental puede ser tratada con terapia psicológica de forma efectiva.

martes, 26 de enero de 2016

Descubriendo lo que sucede dentro de la consulta del psicólogo clínico (y derribando algunos mitos)

Cuando se habla de "ir al psicólogo" es probable que cada uno nos imaginemos de una manera diferente cómo puede ser esa situación. Habrá quienes tengan en mente la clásica imagen del diván sobre el que se tumba el paciente, mientras el psicólogo está sentado en una silla dándole la espalda. Otros creerán que el psicólogo es alguien que te cambia (tu forma de ser, tu personalidad) o que te dice lo que tienes que hacer en tu vida (toma decisiones importantes por ti). Quizás algunos se lo imaginen como una persona que intenta que "pienses en positivo", "te anima" o da "consejos". Tampoco faltará quien suponga que "ir al psicólogo" consiste en ir a contar todos tus problemas a una persona que se sienta frente a ti y no hace otra cosa que escucharte. ¿Son exactas estas ideas populares? Veamos si podemos aclarar estas cuestiones

El mito del diván.

En el siglo XX el diván se convirtió en un símbolo del psicoanálisis. El psicoanálisis es una de las escuelas de terapia psicológica que existen, cuyo inicio tiene origen en el trabajo de Sigmund Freud, otra figura icónica que popularmente se asocia a la psicología (a pesar de que él no era psicólogo, sino neurólogo). En el psicoanálisis clásico y ortodoxo se empleaba la conocida y anteriormente mencionada situación del diván, que tan retratada ha sido en ámbitos como el del cine, la televisión, la literatura o incluso el del humor gráfico (estoy pensando, por ejemplo, en el sensacional ilsutrador Forges). Con el desarrollo de esta corriente y el surgimiento de otros modelos teóricos, cada vez se ha ido abandonando más el uso del diván (aunque hoy en día algunos pocos profesionales siguen empleándolo).

Actualmente lo habitual es que el psicólogo se siente cara a cara, y a la misma altura, frente a las personas que le consultan. Muchos especialistas trabajan con una mesa de despacho en la que se sientan junto con los pacientes, al igual que en cualquier otra consulta médica. También es frecuente la situación en la que terapeuta y usuarios se sientan frente a frente, sin ninguna mesa de por en medio, ya sea en unas sillas o en cómodos sofás. Personalmente, yo suelo preferir esta la última alternativa, ya que siento que facilita la cercanía entre unos y otros.

El miedo a que "intenten cambiarme".

Es frecuente oir a decir a algunas personas que no van al psicólogo, aunque lo necesiten, porque "yo no voy a cambiar". Un psicólogo clínico competente no intenta cambiar a las personas: ni su personalidad o forma de ser, ni sus gustos, ni sus valores. En la consulta se busca un cambio y se trabaja en esa dirección, pero es un cambio acordado con la persona que consulta, un cambio en el problema que le lleva a solicitar ayuda. Los psicólogos no cambian a las personas, al contrario, buscan los recursos personales de cada una de ellas para que puedan encontrar sus propias maneras de solucionar sus problemas. Los gustos, actitudes, creencias, aficciones, costumbres... se tratan con el debido respeto, sin que el psicólogo trate de imponer sus propios valores o los de la sociedad. Se valora y acepta a cada persona tal y como es, sin juzgarla ni criticarla.

El respeto y la aceptación incodicional que acabo de mencionar se relacionan también con esa idea de que una psicóloga es alguien que toma decisiones por ti. Aunque, por desgracia, algunos profesionales si que hacen esto alguna vez, en general no es así. Para empezar, tomar decisiones por otra persona no es ético. Una buena psicóloga o un buen psicólogo deben respetar la capacidad de cada paciente de elegir qué hacer en cada momento y situación. Esto está reflejado incluso a nivel legal, en la Ley de Autonomía del Paciente, de la que hablaremos en otra ocasión. Un ejemplo bastante habitual es el siguiente: un hombre o una mujer con problemas de pareja que no sabe si debe terminar la relación o continuar con ella y que consulta qué debe hacer en ese caso (o peor aún: algunos terapeutas, sin que se lo pregunten, dicen a su cliente lo que tiene que hacer). Tomar este tipo de decisiones por otra persona es despojarle de su valor como ser humano autónomo y con habilidades propias para solucionar sus dificultades. Confiar y apoyar la determinación de los otros es valorarlos tal y como son.

Consejos vendo...

Por las mismas razones que ya apunté más arriba, un psicólogo tampoco se dedica a dar consejos. En cualquier caso, cuando le pide a su paciente que haga alguna cosa lo hace en colaboración y con el acuerdo de este y basándose en toda una serie de supuestos teóricos y prácticos, fundamentados en su experiencia clínica y en la evidencia científica disponible. Tampoco pretende que la gente "piense en positivo" o se "anime". Hay ocasiones en las que precisamente el afán por "estar bien" a todo costa y los mensajes que nos transmiten otras personas, los medios de comunicación o el cine y la televisión de que hay que estar "animado" suponen el problema que produce el sufrimiento. Las emociones como la tristeza o la rabia, aún siendo desagradables, existen desde siempre y no podemos negarlas. El buen psicólogo clínico no intenta que una persona evite el sufrimiento ni vende "felicidad"; se preocupa por entender cómo se encuentra aquel que tiene delante y respeta sus emociones, sean del tipo que sean, así como su ritmo a la hora de vivenciarlas. Puede ayudarte a "vivir a pesar de la tristeza", por ejemplo, o a encontrar y fomentar tu manera de afrontar una situación con tus propios recursos, pero sin negar la existencia del malestar.

Lo que de verdad pasa dentro de la consulta de psicología clínica.

Resumiendo y simplificando, lo que hacemos los psicólogos especialistas es recibir a una persona (o pareja, o familia, o grupo) en un despacho donde nos sentamos todos cara a cara, en sillas o sofás, con o sin mesa de por en medio. Los que nos visitan nos cuentan qué es lo que les trae a consulta y en qué podemos ayudarles. Y les escuchamos, con respeto y aceptación, sean cuáles sean sus valores, creencias o actitudes. Pero no solo escuchamos, si no que también hablamos. Construimos juntos una conversación que vamos guiando de tal forma que nos lleve a lograr los objetivos (que son propuestos por quienes nos consultan, no por nosotros). Hablamos y preguntamos, siempre con un orden o una intención, desplegando una serie de "habilidades conversacionales" que hemos aprendido durante nuestra formación y experiencia clínica.  Por lo tanto, no es una conversación cualquiera (como la que podríamos tener con el vecino, un hermano, una pareja), sino que es fruto del entrenamiento del especialista, que sabe cómo ayudar, siguiendo un método, a alcanzar los objetivos deseados. 

A la consulta no se va a "contar todos tus problemas". De hecho, uno puede hablar de lo que quiera y está en su derecho de no hablar de lo que no quiera. La decisión siempre es suya. Tampoco es necesario, en muchas ocasiones, contar todos los problemas que tiene una ni dar hasta el más mínimo detalle del motivo que le trae a consulta. Una gran parte del tiempo dedicado a la conversación terapéutica se emplea en hablar sobre el cambio, sobre los recursos y fortalezas que tiene el que necesita ayuda, sobre el progreso en alcanzar las metas. Y todo lo que se diga es confidencial. El psicólogo es el encargado de velar porque esto se cumpla. O los psicólogos, porque a veces trabajamos en coterapia: dos profesionales en la sala con los consultantes o con un equipo de profesionales tras un espejo unidireccional o viendo la sesión mediante un circuito de vídeo cerrado (esto es más habitual en enfoques de terapia familiar; siempre que se vaya a trabajar de esta manera, previamente se informa y se pide consentimiento a los clientes).

A veces ponemos tareas para hacer entre sesiones. En ocasiones son técnicas reconocidas y usadas por muchos otros terapeutas, mientras que otras veces surgen más de la creatividad y espontaneidad que pueda desarrollarse entre las personas presentes en la consulta. Estas tareas tienen un sentido y van dirigidas a que los que consultan se acerquen un poco más a los objetivos planteados.

En cuanto a la duración de la atención, puede ser variable. Generalmente una consulta dura alrededor de 60 minutos (a veces es suficiente con media hora, otras es necesario más tiempo). La periodicidad también es variable, pero digamos que habitualmente las primeras sesiones suelen ser semanales, pasando a ser posteriormente quincenales o mensuales (esto es así para el ámbito privado; en el ámbito público el tiempo de consulta oscila en torno a los 30 minutos y la periodicidad, como mínimo, es mensual o bimensual).


En definitiva, el clima de trabajo suele ser cálido, dominado por el respeto a las característica de cada persona, valorándola por lo que es a nivel global, no centrándose solo en lo "negativo" (el problema), sino también en los otros aspectos (los recursos) de quien va a la consulta del psicólogo clínico. Y cuando las emociones fuertes o dolorosas surgen, el despacho se convierte en un lugar seguro en el que expresarlas, sin ser criticada, juzgada u obligada a sentirse de una manera determinada o "más positiva". 




Nota: en esta entrada, así como en otras, empleo indistintamente los términos "cliente", "paciente", "usuario" y "consultante", ya que no tengo un preferencia especial por ninguno de ellos (prefiero el término "persona" a secas). Diferentes autores y profesionales tienen predilección por el uso de uno u otro, según su modelo teórico. Todos estos términos tienen sus connotaciones positivas y negativas. Así mismo, el genéro masculino y femenino también se usarán de forma indistinta, aunque soy consciente de que mi tendencia (fuertemente influida por la cultura occidental predominante) es a usar el género masculino al expresarme, sin que ello implique por mi parte ningún tipo de discriminación de género.

jueves, 21 de enero de 2016

Psicólogo, psicólogo clínico, psicólogo general sanitario, psiquiatra... ¿cuál es la diferencia?

Es habitual que las personas que no se dedican profesionalmente a la salud mental no sepan distinguir entre las diferentes categorías y titulaciones de la rama. No es de extrañar, teniendo en cuenta que este tipo de información no se difunde ni se suele explicar correctamente a la población general. Sin embargo, es muy importante resaltar las diferencias entre títulos como “psicólogo clínico”, “psiquiatra” o “psicólogo general sanitario”, tanto a nivel de competencias como a nivel legal, ya que en ello esta la clave para recibir una atención adecuada a las necesidades de aquellas personas que solicitan ayuda profesional. En este artículo vamos a tratar de aclarar dichas diferencias.

¿Psicólogo o psiquiatra?

Quizás esta sea la confusión más habitual, entre dos tipos de profesionales dedicados a la salud mental cuyo itinerario formativo parte de dos vías académicas diferentes. En más de una ocasión, tanto en el ámbito profesional como hablando con familiares o amigos, me he encontrado con personas que habían acudido a la consulta de un profesional (ya fuera en servicios públicos o privados) y no sabían decir si este era psicólogo o psiquiatra, o decían haber visitado a uno de los dos cuando realmente habían acudido al otro. Veamos, a grandes rasgos, cómo distinguir a uno de otro:

Psiquiatra: la psiquiatría es una especialidad de la medicina, al igual que la cardiología, la neurología o la medicina familiar y comunitaria. Para obtener el título uno tiene que estudiar medicina y luego el MIR (siglas de Médico Interno Residente y que hacen referencia a un tipo de formación sanitaria especializada de cuatro años de duración). Al ser una profesión médica, un psiquiatra puede recetar medicamentos. Se reconoce su actividad como sanitaria y, por lo tanto, está capacitado para atender a personas con problemas de salud mental, evaluando, diagnosticando y tratando. Algunos psiquiatras trabajan desde un  modelo más biologicista en el que prima el uso de fármacos, mientras que otros combinan el uso de los medicamentos con otro tipo de intervenciones psicológicas.

Psicólogo: el título de psicólogo se obtiene mediante licenciatura (grado, actualmente) universitaria. No es una especialidad médica, lo que implica que un psicólogo NUNCA puede hacer una receta (al menos en España, actualmente, es así). En el caso de tratarse de un psicólogo clínico (más abajo veremos las diferencias), se reconoce su actividad como sanitaria y tiene capacidad y competencias para evaluar, diagnosticar y tratar cualquier tipo de trastorno mental. Dispone de diferentes modelos teóricos (cognitivo-conductual, sistémico, humanista, etc.) para llevar a cabo estas tareas (también los trataré en futuros artículos). El psicólogo es consciente de la influencia de las fenómenos biológicos en los problemas humanos, pero también lo es de que mediante un tratamiento psicológico (es decir, mediante el uso de la palabra, que no de la “charla”) se pueden solucionar muchos de estos problemas y modificar, al mismo tiempo, ciertos fenómenos fisiológicos.

En resumen, el psiquiatra ha estudiado medicina y luego ha hecho el MIR de psiquiatría; puede recetar medicamentos; es una profesión sanitaria. El psicólogo es el que estudia la carrera de psicología; la psicología no es una especialidad de la medicina; el psicólogo no puede recetar fármacos. ¿Y es una profesión sanitaria? Pues no. Para que un psicólogo pueda llevar a cabo servicios sanitarios debe obtener otra titulación. Veamos ahora esto con más detalle.


Las diferentes titulaciones oficiales asociadas a la psicología (Psicólogo Clínico y Psicólogo General Sanitario)

En España, la Ley 44/2003, de 21 de noviembre, de ordenación de las profesiones sanitarias establece qué titulaciones pueden ofrecer asistencia sanitaria, tanto a nivel público como privado. Entre estas profesiones no se encuentra la del licenciado (o grado) en psicología. ¿Esto que quiere decir? Significa que si yo tengo un problema de salud mental (por ejemplo, depresión) y busco un psicólogo, este no puede atenderme (evaluarme, diagnosticarme la depresión y comenzar un tratamiento psicológico conmigo) si únicamente tiene el título de licenciado/grado. Repito, esto es la LEY. Entonces, ¿por qué hay psicólogos que hacen esto en los servicios públicos de salud mental o en su consulta privada? La respuesta es la siguiente: han obtenido el título oficial de especialista en Ciencias de la Salud. En el caso del psicólogo, el título de especialista en Psicología Clínica. Esta profesión, entonces, si que está reconocida como sanitaria (tiene capacidad y reconocimiento legal para evaluarme, diagnosticarme y tratarme).

El título de Psicólogo Clínico, actualmente, solo puede obtenerse por medio del sistema PIR (Psicólogo Interno Residente), un método equivalente al MIR (hasta hace unos años, la especialidad se podía obtener por otras vías diferentes que no van a ser explicadas aquí, por obsoletas). Para acceder al PIR, hay que tener previamente el título de licenciatura o grado en psicología y presentarse a un examen a nivel nacional. El acceso suele ser difícil, las plazas ofertadas suelen rondar (en los últimos años) las 130 y el número de aspirantes puede llegar a los 2000. Una vez obtenida la plaza, psicólogas y psicólogos llevan a cabo una formación de cuatro años en el hospital que hayan elegido. No hay que confundir esta formación con hacer “prácticas” (como a veces se oye decir): durante el PIR el residente tiene un sueldo, un contrato, responsabilidades, derechos y deberes, igual que cualquier trabajador. Hay espacio para la formación teórica, pero la mayor parte del tiempo el PIR está trabajando, con la supervisión de un psicólogo clínico (u otro especialista en ciencias de la salud). Por ejemplo, en mi caso durante el primer año de residencia estuve en un centro de salud mental en el que traté de forma autónoma a unos 100 pacientes. Es decir, el PIR evalúa, diagnostica, trata, hace informes, coordina, diseño programas, investiga... durante cuatro años, unas veces de forma autónoma y otras como observador de las consultas y del trabajo de los especialistas. En ese tiempo visita prácticamente todos los dispositivos de salud mental asociados a su hospital (centro de salud mental de adultos, centro de salud mental infanto-juvenil, unidad de hospitalización, unidad de adicciones, trastornos de la conducta alimentaria, rehabilitación psicosocial...). Si el residente supera todas las evaluaciones, obtiene el título de Psicólogo Clínico, lo que le habilita para trabajar en la sanidad pública y privada. De hecho, en los servicios de salud mental públicos solo pueden trabajar aquellos psicólogos que hayan obtenido el título de especialista en psicología clínica.

El número medio de psicólogos clínicos en nuestros servicios públicos es inferior al de otros país e insuficiente. Como dije antes, las plazas de acceso a la formación especializada son escasas. Además, existen muchas personas con el título de psicólogo que no pueden hacer actividades sanitarias a nivel profesional. De alguna manera (y simplificando mucho la cuestión), estos factores dieron lugar a que en los últimos cinco años haya ido surgiendo, desarrollándose y regulándose el título de Psicólogo General Sanitario (PGS, en adelante), título no exento de controversias. Los PGS “deben adquirir los conocimientos y las competencias necesarias para la realización de investigaciones, evaluaciones e intervenciones psicológicas sobre aquellos aspectos del comportamiento y la actividad de las personas que influyen en la promoción y mejora de su estado general de salud, siempre que dichas actividades no requieran una atención especializada por parte de otros profesionales sanitarios” (Orden ECD/1070/2013, de 12 de junio). Es decir, el PGS tiene como competencias la promoción de la salud, a través de la investigación, la evaluación y la intervención psicológica. Y, como señala la Orden ECD/1070/2013, siempre que no sea necesario una atención especializada (de un psicólogo clínico, por ejemplo).

El título de PGS se obtiene mediante un máster, cuyo acceso depende de los requisitos que exija cada universidad. Su duración total es de dos años. De ese tiempo, el período de prácticas (en este caso si que se llaman así) es de alrededor de cinco meses. Al contrario que el PIR, que cobra por su trabajo, el alumno del máster tiene que pagar por formarse.

Actualmente en los servicios públicos solo se contratan especialistas, no PGS, que de momento solo ejercen en la práctica privada.








 





Está bien, pero... ¿a quién acudo yo?

Puede que después de todos estos párrafos sigas sin tener claro qué profesional es el que necesitas (o el que necesita tu amigo, tu prima, tu hijo, madre...). Sirvan los siguientes ejemplos para aclarar esta duda y como resumen de todo lo expuesto.


- Si tienes síntomas del tipo ansiedad, depresión, fobias, psicosis, trastornos de la conducta, hiperactividad, anorexia, bulimia, problemas de pareja, problemas de relación familiar... cualquier circunstancia que te produzca malestar, sufrimiento o interfiera con las actividades habituales de tu vida:

  • Si quieres recibir atención psicológica, empezar un tratamiento psicológico o una psicoterapia, afrontar estos síntomas o el sufrimiento que te causan, puede ser aconsejable consultar con un PSICÓLOGO CLÍNICO.

  • Si buscas un enfoque de terapia que pueda apoyarse en el uso de fármacos, puede ser aconsejable consultar con un PSIQUIATRA.
      Ambas opciones no son necesariamente excluyentes y en ocasiones se pueden combinar. Los dos profesionales están capacitados para evaluar, diagnosticar y tratar trastornos mentales en cualquier edad.

- Si no tienes ningún síntoma ni problema preocupante pero quieres mejor tu salud mediante un programa guiado o simplemente recibir asesoramiento sobre estos temas, puede ser aconsejable consultar con un PSICÓLOGO GENERAL SANITARIO.

- Para otras consultas sobre psicología en general (el ámbito de la psicología es muy amplio y va más allá de la clínica), no relacionadas con actividad sanitaria, puedes consultar con un PSICÓLOGO.

lunes, 18 de enero de 2016

Presentación del blog

Esta es la primera publicación de mi blog, “El lecho de Procusto”, un espacio dedicado a la Psicología Clínica y la salud mental en general que nace coincidiendo con el comienzo de mi actividad profesional en el ámbito privado. Y, a medida que lo he ido redactando, me he dado cuenta de que escribir un blog no es tan fácil como puede parecer.


Ya tenía escritos varios párrafos cuando me di cuenta de que no estaba siendo espontáneo. Por lo tanto lo he borrado y comienzo de nuevo. Esta entrada pretende ser una breve introducción a lo que el lector va a poder encontrar aquí. He decidido hacerlo dando respuesta a las tres grandes preguntas que los humanos nos hacemos alguna vez: ¿quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?


¿Quién soy?


Me llamo Alberto Gimeno y trabajo como psicólogo clínico. Vivo en Gijón, donde hice la formación sanitaria especializada, de cuatro años, que me permitió obtener mi título profesional. Acabo de comenzar mi andadura como autónomo, compaginando la actividad clínica privada con la formación en la academia AsturPIR.


¿De dónde vengo?


Nací en A Coruña, hace más de tres décadas. Estudié la carrera de psicología en la Universidad de Santiago de Compostela, en 2005. Trabajé durante varios años en empleos que no estaban relacionados con mi profesión, hasta que tomé una de las decisiones más acertadas de mi vida y me puse a estudiar para acceder a la formación PIR (psicólogo interno residente), cosa que logré en el año 2011, obteniendo el puesto 14 en la correspondiente convocatoria nacional.


¿A dónde voy?


El objetivo de este blog es acercar a todo el mundo, profesionales y profanos, temas relacionadas con la psicología clínica. Por ejemplo, hablaré de qué es la psicología clínica, la psicoterapia, problemas de salud mental como la ansiedad y la depresión, los diferentes modelos teóricos que pretenden explicar el sufrimiento humano, los procesos de cambio implicados en el tratamiento psicológico o ética, entre muchas otras cosas. Abordaré estos temas de una forma que puedan ser comprensibles por aquellas personas que no están familiarizadas con estos temas, procurando, a la vez, que también resulten interesantes para profesionales y expertos en la materia. Siempre que sea posible, aportaré datos científicos que avalen las cosas que se van a exponer.


¿Qué es el “lecho de procusto”?


Procusto era un personaje de la mitología griega. Se trataba de un bandido que tenía una posada en la que ofrecía alojamiento a viajeros solitarios. En la misma tenía una cama en la que los ataba. Si el cuerpo de la víctima era más largo que el lecho, recortaba sus miembros para que cupiera en ella; si, por el contrario, era más corto, lo estiraba hasta ajustarlo a las medidas de la cama.


Esta historia se aplica a nivel metafórico a la investigación científica cuando alguien modifica los datos de forma voluntaria para que encajen con su teoría. Por supuesto, en el caso de este blog el título no deja de ser paradójico. Lo que aquí se pretende no es esto, si no todo lo contrario: flexibilidad, capacidad de adaptarse a los datos, a los hechos, de corregirse. Y cierta dosis de autocrítica hacia la profesión.



Monumento a la madre del inmigrante, escultura localizada en Gijón y símbolo del sufrimiento humano. Foto de mi amigo Javier Martínez.



Todas las personas que leáis este blog sois bienvenidas y os animo a participar a través de los comentarios habilitados a tal fin en cada entrada. Todas las opiniones serán admitidas, siempre que se hagan desde el respeto. Este proyecto se irá complementando con una página web y la presencia en las redes sociales. De todo ello iré informando puntualmente.



Solicitud de cita


Si estás buscando asistencia psicológica y quieres pedir cita conmigo, ya sea presencial (en Gijón) o a domicilio (a través de videoconferencia), puedes contactar conmigo por los siguientes medios:


Correo electrónico: contacto@albertogimeno.es



Teléfono: 984206719 (en horario de 10:00 a 16:00 y de 16:00 a 21:00, de lunes a viernes)