sábado, 29 de septiembre de 2018

Seis maneras (basadas en la evidencia) de fracasar como psicólogo

 
Hace unas semanas me encontré, en una conocida red social para profesionales, con un comentario de una psicóloga que había sido “recomendado” (el equivalente a darle a “me gusta” en Facebook o al corazoncito en Twitter) por uno de mis contactos y que decía lo siguiente:

“Los psicólog@s no somos mag@s. Si acudes a terapia y NO cumples con las pautas establecidas, NO esperes que se cumplan tus objetivos”.

Cuando lees esta frase, ¿no te produce incomodidad? ¿No percibes hostilidad? Porque yo si. Imagínate ir a terapia y que la psicóloga te diga algo así. ¿Crees que tendría un efecto terapéutico? ¿Te haría cambiar algo?

No sé si esta persona en concreto dirá cosas similares en su consulta (¡espero que no!), pero más allá de las palabras usadas lo importante aquí son las actitudes implícitas en ellas. Primero, la aparente ira ante la falta de cumplimiento de las pautas indicadas por la profesional. Segundo, la responsabilidad depositada en las pautas “establecidas” como la llave del éxito en psicoterapia. Tercero, la falta de empatía y de interés por conocer qué puede haber pasado para que la persona no haya hecho lo que se le indicó. Da la sensación de que se está riñendo a alguien y haciéndolo único responsable del fracaso de la terapia. Es decir, falta un poco de auto-crítica.

Aunque lo que realmente me ha dejado preocupado es el hecho de que ese sencillo comentario tuviera 31 recomendaciones en el momento en el que lo vi. ¡Después nos quejamos de “lo mal que se trata a los psicólogos”! Si tratamos mal a la gente, ¿cómo van a querer volver a la siguiente sesión? Si alguien no sigue “pautas establecidas” lo más probable no es que la persona no quiera cambiar o espere que el psicólogo haga magia, si no que no estamos adaptando la intervención a sus necesidades, características, estado motivacional, etc.

Que conste que ninguno estamos libre de cometer errores. Actitudes similares o peores las he podido ver más veces de las que me gustaría en otros profesionales a lo largo de mi formación y práctica profesional. ¡Seguro que yo también he metido la pata más de una vez!

Quizás haya quien piense que estas cosas no tienen importancia y que el tratamiento y las técnicas son las que son y no van a funcionar peor según la actitud que tengamos. Afortunadamente, la evidencia demuestra que no es así. John Norcross y Bruce Wampold han revisado la investigación disponible sobre ciertas actitudes de los psicoterapeutas que, de producirse, no solo no son útiles para que la terapia funcione, si no que incluso se relacionan con resultados negativos (pueden hacer que la cosa empeore). 

He aquí seis principios que aumentan drásticamente las posibilidades de fracasar como psicólogo:

1.- Confrontaciones

Si, si, dices que la terapia no funciona, pero no has hecho nada de lo que te dije”. 
 
Puede quedar muy bonito escribir en una historia clínica algo como “lo confronto con la realidad”, pero lo cierto es que las pruebas dicen que esto no sirve de nada. La confrontación era una de las técnicas principales del tratamiento grupal clásico del alcoholismo. Ya hace décadas que Miller y Rollnick mostraron lo ineficaz de este tipo de intervención y la idoneidad de utilizar otro tipo de enfoques como el aportado por la Entrevista Motivacional
 
Si no queda más remedio que confrontar, no está de más aprender a hacerlo de forma empática y respetuosa, para lo cual el libro “La Comunicación Terapéutica” de Paul Wachtel puede resultar una estupenda guía.

2.- Procesos negativos

¡Pues claro que estás mal! ¡No haces más que quejarte!”. 

¿No te das cuenta que te preocupas por tonterías? ¡Deja de pensar así!”.

En este apartado se incluyen comentarios y conductas hostiles, críticas, peyorativas, rechazantes o culpabilizadoras. 
 
No siempre se trata de comentarios claramente negativos. Se puede culpabilizar a la gente de formas muy sutiles (y creativas): “es un paciente difícil”, “tiene un trastorno de muy mal pronóstico”, “tiene muchas resistencias”. Habría que plantearse si no estamos nosotros poniéndoselo “difícil” o forzando sus "resistencias".

3.- Suposiciones

La alianza terapéutica con mi paciente es sólida. No, no he utilizado ninguna escala ni le he preguntado, pero está claro que es así”.

Aunque no haya malas intenciones detrás, es un hecho que somos muy poco precisos valorando la calidad del vínculo terapéutico y otros procesos que suceden durante el tratamiento. Como ya expliqué en otra entrada, tenemos un sesgo profesional que nos hace pensar que las cosas van mucho mejor de lo que la realidad muestra. Por eso es más aconsejable preguntar o utilizar alguna escala que nos permita cuidar la relación terapéutica.

4.- Terapeuta-centrismo

No, todavía no estás bien, no te voy a dar el alta”.

Aquí es aplicable lo dicho en el punto anterior. La percepción del consultante acerca del desarrollo de la psicoterapia está más relacionada con los resultados que la percepción del terapeuta. De ahí la importancia de privilegiar su voz durante el tratamiento. Y en caso de desacuerdo importante, es mejor adoptar una actitud colaboradora y expresar nuestras preocupaciones sobre su salud de forma empática y humilde.

5.- Rigidez

Nos viene un paciente a la consulta, con un trastorno obsesivo-compulsivo, por ejemplo. Nosotros le explicamos cuáles son las técnicas para su problema y si nos dice que no quiere hacer nada de eso, le decimos que se marche, ¡que tenemos mucha gente esperando para entrar en la consulta”.

Lo más escalofriante del comentario anterior es que es verídico: lo escuché a un profesional que daba un seminario sobre tratamientos psicológicos. Especímenes de este tipo se van extinguiendo poco a poco, por fortuna. Estructurar excesivamente una terapia o ceñirse de forma dogmática a un método concreto puede ser el camino más rápido hacia un mal final, especialmente si las características de la persona que tienes delante y sus circunstancias son incompatibles con el enfoque.

6.- Lecho de Procusto

La leyenda de Procusto cuenta la historia de un posadero que hacía lo necesario para que los huéspedes encajaran en la cama que tenía para ellos: si sobresalía algún miembro, se lo cortaba; si era demasiado corto, lo estiraba. Muchos clínicos llevan años indicando que utilizar un único método y estilo terapéutico para todo el mundo no es válido. Es necesario adaptarse a las particularidades de cada caso, buscando la manera de encajar la terapia de forma harmoniosa. En todo caso, quizás los que tengamos que cortar o alargar las partes de nuestro cuerpo (teórico y metodológico) somos nosotros.


Si eres consultante y observas este tipo de actitudes en tu psicóloga te recomiendo que lo hables abiertamente con ella. En el mejor de los casos, si tiene la pericia suficiente, podreis llevar a cabo un proceso de “reparación de rupturas en la alianza”, un cambio en la terapia que está asociado a mejores resultados. Y si no hay manera de cambiar la situación, será mejor que valores la posibilidad de buscar otro profesional.

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