viernes, 30 de diciembre de 2016

Últimas lecturas de 2016

El 2016 está a punto de terminar y en este blog voy a cerrar el año comentando brevemente mis lecturas de este mes de Diciembre que está a punto de caducar.

Terapia narrativa con familias multiproblemáticas

Editado por Morata en 2015 y escrito por el psiquiatra Ricardo Ramos, este título forma parte de la joven colección “Terapia Familiar Iberoamericana”. El auto es además terapeuta familiar y docente en el máster de la escuela de Terapia Familiar del Hospital Sant Pau de Barcelona.


Abrí este libro con muchas ganas, esperando encontrar un puñado de ideas para aplicar con las familias a las que atiendo en un programa de apoyo familiar con el que colaboro desde hace un par de meses. Y lo cierto es que me he quedado un poco decepcionado. Hay poco de terapia narrativa, tal y como se entiende en terapia sistémica. La obra se centra especialmente en el trabajo entre profesionales. Cuando hablamos de familias multiproblemáticas, en este contexto, nos estamos refiriendo a grupos familiares en los que dos o más miembros son atendidos por diferentes profesionales de salud mental. Nos encontramos con muchos casos en los que con una misma persona o con toda la familia están interviniendo toda una serie de personas y organismos: psiquiatra, psicóloga, trabajadora social, servicios de salud mental, servicios sociales, médico de cabecera... La comunicación entre todos es crucial para ayudar de forma óptima a los consultantes. Ramos explica cómo hacen esto en su departamento de terapia familiar y es, a mi parecer, la parte más interesante del libro. El problema es que se insiste una y otra vez en la misma idea y uno termina con la sensación de que, capítulo tras capítulo, se le ha narrado la misma historia.

En definitiva, es útil para que los profesionales se hagan conscientes de las necesidades de coordinación entre diferentes dispositivos y recursos. Poco práctico para el clínico a la hora de trabajar en consulta con la familia.

Terapia de solución de problemas

Escrito por Nezu, Nezu y D`Zurilla y editado en España por Desclée de Brouwer, se trata de un manual de tratamiento psicológico dirigido a diferentes problemas de salud mental. La terapia de solución de problemas es un enfoque de largo recorrido dentro de la orientación cognitivo-conductual y en este trabajo nos presentan la última actualización, hasta la fecha, del modelo. 
 

Es un libro que se lee con mucha facilidad, claro y bien estructurado. Quizás se echa en falta algo más de concreción a la hora de explicar cómo aplicar algunos principios y técnicas. A pesar de que algunas de las ideas y directrices del modelo no me convencen demasiado, aporta bastante material aplicable a la terapia. En los apéndices se incluyen tanto folletos informativos para los pacientes como explicaciones detalladas de técnicas que se pueden emplear para ayudar a que las personas logren regular sus emociones.

No aporta nada novedoso, de lo que aquí se habla ya se ha dicho mucho (y mejor) en otros trabajos de psicoterapia, pero al ser de lectura bastante ligera no está de más echarle un vistazo para aprovechar todo aquello que pueda beneficiar el curso de un caso determinado.

Manual de Psicoterapia Interpersonal

 

La psicoterapia interpersonal es un tratamiento psicológico que ha mostrado ser eficaz para el abordaje de la depresión (y otros trastornos, para los que existen adaptaciones específicas del modelo). No se trata tampoco de algo novedoso, si no que ya goza de un cierto recorrido, aunque no es muy habitual oír hablar de este enfoque en nuestro país.

Como todo tratamiento centrado en el trastorno, tiene el defecto de dejar de lado, al menos en parte, las características de personalidad, de afrontamiento, preferencias, etc. de las pacientes. Es un caso peculiar de terapia basada en el modelo médico. Los propios autores dicen de forma explícita que se basan en este tipo de enfoque y que consideran la depresión como una enfermedad. Pero, afortunadamente, no lo hacen a la manera rancia del profesional biologicista extremo, si no que relacionan el trastorno con circunstancias que tienen que ver con problemas de relación con otras personas (duelo, conflictos interpersonales, transiciones de rol y déficit de habilidades). Categorizan el caso de acuerdo a estos cuatro tipos de problemas, de manera que los objetivos y estrategias a seguir serán diferentes según la causa de la depresión.

Un trabajo interesante, de fácil lectura, aunque no exento de algunos aspectos que pueden ser bastante criticables.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Intrusismo: fuera y dentro de la psicología

El “ejercicio de actividades profesionales por persona no autorizada para ello”, es decir, el intrusismo, es un tema que genera mucha preocupación a los profesionales de la psicología. Prueba de ello fue la apertura, este verano, por parte del Colegio Oficial de Psicólogos, de una página web relacionada con este asunto: Stop intrusismo en la Psicología.

Son muchas las voces que claman contra la cada vez mayor presencia de personas, grupos e instituciones que se auto atribuyen competencias y capacidades para tratar, por ejemplo, problemas de salud mental, como pueden ser depresión, ansiedad clínica, problemas de pareja... sin tenerlas. En la actualidad, el máximo exponente de esta tendencia son los profesionales denominados “coach”. El proceso de “coaching”, a grandes rasgos, consiste en que una persona cumple el rol de entrenador que enseña a otra a desarrollar determinadas habilidades para cumplir una serie de objetivos y metas. Se usa en empresas, a nivel organizacional, como forma de potenciar el liderazgo o a nivel personal, por ejemplo. Estamos viendo en nuestro país, en los últimos tiempos, muchas personas que ofrecen servicios de coaching. Hasta ahí todo bien. El problema llega cuando algunos de estos profesionales se ofrecen para tratar trastornos psicológicos y otro tipo de circunstancias que podríamos definir como servicios sanitarios. Recordemos que solo pueden prestar este tipo de servicios aquellas personas que tengan una de las titulaciones consideradas sanitaria. El coaching no es una de ellas. La licenciatura o grado en psicología tampoco lo es, por cierto.

Este tipo de intrusismo no lo protagonizan únicamente los coach. Los curanderos, videntes y demás, así como una serie de lo que podríamos denominar “terapeutas alternativos”, también se atreven a jugar con la salud psicológica de la gente. Sucede lo mismo con otras personas con titulaciones más “serias”: sabemos de trabajadoras sociales, médicos, enfermeras, etc., que ofertan servicios para los que no tienen las correspondientes competencias. Esto no afecta solo a las psicólogas, si no, y sobre todo, a la salud de la población. Sin embargo...

Estamos a punto de inaugurar el año 2017. Llevamos tiempo sumergidos en la era de la información y de las nuevas tecnologías. La mayor parte de la gente sabe diferenciar entre un chamán y un psicólogo. Y aún en el caso de no saber hacerlo, cuando va a una coach sabe que la persona que le ha atendido era coach y no otra cosa. Si la cosa va mal (y, según el problema, es muy probable que así sea), podrá hacer una sobregeneralización del tipo “ningún coach vale para nada” o decir, “no sirve ir a echar las cartas”. Pero no podrán decir que han tenido malas experiencias con una psicóloga y esto no dañará, al menos no directamente, la imagen de la psicología.

De dañar nuestra imagen ya nos encargamos nosotros. Lo hacemos de muchas maneras. Una de ellas es, precisamente, con el intrusismo dentro de la propia profesión. Y esto es de verdad lo que me preocupa a mi. Me preocupa, porque cuando escucho o leo alguna historia de una persona que acudió a una consulta de psicología y a la que se le ofreció un servicio pésimo, eso afecta a toda la profesión. La desacredita. La desprestigia. La desvaloriza.

Ya se ha comentado en más de una ocasión, en este mismo blog, que dentro de la psicología existen diferentes titulaciones y que solo pueden ofrecer servicios sanitarios las psicólogas clínicas y los psicólogos generales sanitarios, no pudiendo los segundos tratar trastornos mentales. Alguien con la licenciatura de psicología no puede ofrecer psicoterapia o tratamiento psicológico para, por ejemplo, la depresión, por muchos másteres o cursos que pueda tener. Es como si un traumatólogo se pone a ejercer funciones de pediatra, sin haber hecho la especialidad en pediatría. O, por alejarnos de la analogía con el modelo médico, pensemos en la conducción. Yo sé conducir y tengo un carnet que lo demuestra (B1). Pero ese carnet me deja conducir ciertos vehículos; no podría meterme en un camión sin el permiso correspondiente, por muy bien que conduzca. A casi nadie se le escapa que para conducir un camión o un autobús hacen falta una serie de habilidades diferentes a las necesarias para conducir un turismo. Digamos que haber hecho la carrera de psicología es como sacar el B1: yo puedo conducir, me he ganado el derecho. Pero no puedo manejar un autobús, para eso tengo que seguir formándome, necesito una especialización. Y no vale decir: “¡pero si yo ya sé conducir!”. Yo, desde luego, no me dejaría operar por un cirujano que se haya licenciado en medicina pero que no tenga la especialidad correspondiente. Tampoco me subiría a un autobús si el conductor me dice que no tiene el carnet, pero que no me preocupe, que él leyó un libro donde explica cómo se hace y vio dos o tres vídeos en YouTube. Y ni mucho menos me pondría a concudir un camión, así por las buenas.

Así que cuando un psicólogo, con la mejor intención del mundo pero sin la titulación correspondiente, ofrece servicios para los que no tiene competencias, quien sufre (además de la paciente, por supuesto), es toda la psicología profesional. Es vergonzoso, y esta es una historia real, leer lo escrito por algún que otro licenciado que se jacta de que es muy fácil jugar con las palabras a la hora de anunciarse para no tener problemas con la ley y hacer dentro de su consulta lo que le de la real gana (por ejemplo, usar el término “psicólogo consultor, especializado en niños”, evitando usar el título de “psicólogo clínico” e incurrir en un delito). Los hay también que se anuncian como psicólogos clínicos sin serlo, jugando de nuevo con la nomeclatura.

Y así es como, entonces, una persona que sufre se acerca a la consulta privada de un profesional que, a pesar de que no está preparado formalmente para ello, dice que puede ayudarle con su problema. Y cuando las cosas van mal, la primera podrá luego decir que “ir al psicólogo no vale de nada” y que nunca más volverá a ir a uno. Decisión, de todos modos, completamente respetable. Lo que no es respetable es el daño que se le puede causar a la gente y a nuestra propia profesión.

Si, por supuesto, hay que luchar contra el intrusismo externo y dejar claros los límites con la psicología. Pero también, y especialmente, dignificar nuestro apasionante campo de estudio y de trabajo siendo honestos con nosotros mismos, con nuestras compañeras y con las personas que solicitan nuestros servicios y no haciendo aquellas cosas que no nos competen solo por nuestro interés personal. De esto somos responsables nosotros, no los que hacen coaching o magia negra.

Forges, como siempre, genial.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Más terapias de tercera generación

En anterior ocasiones he hablado en este blog de algunas de las terapias de tercera generación: Terapia de Aceptación y Compromiso, Mindfulness y Terapia Integral de Pareja. Aprovechando que estos días estuve elaborando para los alumnos de AsturPIR un resumen de estos tipos de psicoterapia, voy a exponer aquí los otros tres modelos más importantes: Terapia Dialéctica Conductual (TDC), Activación Conductual (AC) y Psicoterapia Analítica Funcional (FAP, de las siglas en inglés).

Terapia Dialéctica Conductual

La TDC, desarrollada por Marsha Lineham, es la terapia psicológica que en el presente muestra, de acuerdo con la Asociación de Psicología Americana (APA), mayor evidencia para el tratamiento del trastorno límite de personalidad (TLP). Partiendo de la terapia cognitivo-conductual, la TDC surge para atender los problemas de conducta parasuicida en pacientes con diagnóstico de TLP.

La TDC se fundamenta en la teoría biosocial del TLP, que indica que el principal problema en este trastorno es la desregulación emocional (dificultad para gestionar las emociones, impulsividad...). Dicha desregulación es el resultado de la combinación de dos factores: una vulnerabilidad emocional extrema y un contexto invalidante. La vulnerabilidad tendría un origen biológico y consistiría en que la persona reacciona de forma excesivamente intensa a las emociones negativas, con una gran dificultad para recuperar el estado previo al desajuste emocional. Son personas muy sensibles al sufrimiento, les cuesta tolerarlo, por lo que buscan urgentemente una forma de encontrar alivio (algunos de los síntomas del TLP cumplirían esa función). Por otro lado, el contexto invalidante tiene que ver con las personas significativas para la paciente que, especialmente durante la infancia, responden o han respondido de forma inapropiada, incoherente o incongruente a las manifestaciones emocionales de la afectada. Son respuestas disonantes a las necesidades, pensamientos, preferencias, etc. de la paciente.

El tratamiento sigue una estructura protocolizada e incluye tanto terapia individual como grupal, con sesiones semanales. Se usan técnicas cognitivo-conductuales y prácticas de mindfulness y aceptación, persiguiendo tanto el aprendizaje de habilidades (de atención plena, de tolerancia al malestar, de regulación emocional y de eficacia interpersonal) como la validación y autoaceptación de cada paciente.

El libro de referencia es el Manual de Tratamiento de los TLP, de Lineham (todavía en mi lista de libros pendientes).



Activación Conductual

La AC para la depresión es un tratamiento breve y estructurado, cuyo objetivo es lograr que los pacientes lleven a cabo acciones específicas que aumenten la frecuencia de experiencias gratificantes para ellos. Está considerada actualmente por la APA como un tratamiento psicológico eficaz para la depresión.

“Los terapeutas de AC suscriben firmemente el principio según el cual el cambio en lo que hacen los clientes tendrá un impacto positivo en sus sentimientos. Los terapeutas presentan a los clientes una conceptualización inicial del caso y buscan proveerse para el tratamiento, utilizando el postulado de que los cambios en la vida pueden conducir a la depresión y de que hay reacciones naturales a los cambios en la vida que dan como resultado estrategias de adaptación que mantienen bloqueadas a las personas. Mediante una monitorización muy atenta de las conexiones entre la conducta y el estado anímico del cliente, los terapeutas se centran en las claves del cambio de conducta, observando lo que precede a las conductas importantes y lo que les sigue, estructurando y programando las actividades pertinentes, realizando pequeños cambios y añadiendo otros a los realizados, y fijando como objetivo las conductas que probablemente serán recompensadas de forma natural en el entorno del cliente. Los terapeutas de AC actúan como un entrenador que ayuda a planificar los pasos, cuya realización será en último término responsabilidad del cliente, y el objetivo general es que los clientes se entrenen a sí mismos. Como la AC es una terapia centrada en la solución, el terapeuta adopta una postura de resolución de problemas. Tanto el terapeuta como el cliente colaboran en un enfoque experimental para ensayar nuevas conductas y para descubrir importantes resultados del cambio de conducta. La AC es una terapia activa. Lo que sucede entre las sesiones tiene en muchos sentidos más importancia que lo que acontece en la propia hora de terapia (…) Los terapeutas y los clientes de AC continúan trabajando juntos en la identificación de posibles barreras para la activación o de problemas reales que se han producido, y para identificar métodos de detección de problemas con los que solucionar dificultades” (extracto de Activación Conductual para la Depresión, de Martell, Dimidjian y Herman-Dunn, publicado por Desclée de Brouwer, 2013).

El libro que acabo de citar me parece un buen manual de AC, bastante sensible a la necesidad de ser flexible a la hora de aplicar la psicoterapia, teniendo en cuenta características de la persona (no solo el diagnóstico), así como la importancia fundamental de una buena relación terapéutica, completamente colaborativa. Es una obra de fácil lectura y muy práctica. 
 

Hace un tiempo, durante mi segundo año de residencia, traduje el manual de Lejuez y otros (Brief Behavioral Activation Treatment for Depression, BATD) para utilizarlo en formato grupal. Es también una opción interesante para casos en los que la recuperación de actividades sea un objetivo de la terapia.

Psicoterapia Analítica Funcional

El foco terapéutico de la FAP se encuentra en lo que sucede dentro de la sesión, en la relación entre cliente y profesional. Para Kohlenberg y Tsai, esta interacción es fundamental para lograr el cambio de conducta. Es importante realizar un análisis funcional adecuado del comportamiento del cliente en la propia sesión, asumiendo una equivalencia funcional entre la consulta y el ambiente habitual del usuario. La conducta de este se analiza y clasifica de una manera determinada, siguiendo las categorías propuestas por Skinner (tactos, mandos, mandos disfrazados y respuestas intraverbales).

A lo que la cliente hace y dice en la sesión se le de denomina conductas clínicamente relevantes (CCR), de las que existen tres tipos:
  • CCR1: conductas problemáticas, que tienen funciones de escape y evitación y que el terapeuta debe tratar que sean menos frecuentes.
  • CCR2: mejorías aparecidas durante la sesión, que el terapeuta trata de hacer más frecuentes.
  • CCR3: interpretaciones y explicaciones del cliente sobre su propia conducta, así como verbalizaciones que relacionan lo que ocurre dentro de la sesión con lo que ocurre fuera.
El papel del terapeuta es el de observar las CCR durante la sesión, construir un ambiente que facilite su evocación, organizar el reforzamiento positivo de las CCR2, observar el efecto que tiene en la conducta el reforzamiento que hace el psicólogo... Para ello está permitido valerse de técnicas procedentes de otros tipos de terapia, siempre y cuando su uso obedezca a las reglas de la FAP.

Hace unas pocas semanas terminé de leer Psicoterapia Analítica Funcional, de Luis Valero y Rafael Ferro, otro libro de la misma colección de terapias de tercera generación que el libro de Terapia Integral de Pareja ya hecomentado en este blog. Honestamente, este no me ha gustado mucho. Es útil para entender en qué consiste la FAP, ya que en ese sentido está todo bien explicado. Mi problema es con el modelo en si. Me ha parecido todo demasiado aséptico y conductista en extremo. A pesar de que insiste en la importancia de la relación terapéutica y de la intensidad que puede llegar a tener, me he quedado con la sensación de que se trata a las personas como meros mecanismos que funcionan por reforzamiento y extinción de las respuestas que el terapeuta considera que deben ser modificadas.


Hasta aquí la panorámica general de las terapias de tercera generación, un grupo de tratamientos psicológicos que goza en la actualidad de buena salud.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Black Mirror: psicología de las nuevas tecnologías


Quien siga este blog, o le haya echado un vistazo de vez en cuando, se habrá dado cuenta de mi interés en mostrar cómo se puede aprender mucho de psicología a través de las diferentes manifestaciones del arte (literatura, cine, música...). Esta idea ha vuelto a mi cabeza después de ver, esta semana, el primer episodio de la tercera temporada de la serie Black Mirror, descrita en Wikipedia como “serie de televisión británica creada por Charlie Brooker y producida por Zeppotron para Endemol. La serie gira en torno a cómo la tecnología afecta nuestras vidas, en ocasiones sacando lo peor de nosotros; Brooker ha señalado que «cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos son acerca de la forma en que vivimos ahora y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos si somos torpes»”.

El nombre de la serie (que traducido al español significa “espejo negro”) hace referencia a las pantallas de los dispositivos electrónicos que tanto protagonismo han adquirido en nuestras vidas durante los últimos años: teléfonos móviles, ordenadores portátiles, tabletas y libros electrónicos, etc. Brooker es el guionista de todos los episodios, pero el director y los actores cambian de uno a otro, al igual que las historias que se cuentan. Todas ellas son independientes entre si en cuanto al argumento, pero están unidas por un tema común: la influencia de las nuevas tecnologías en las vidas de las personas.

A pesar de que generalmente se nos muestran distopías, y no el mundo real tal y como lo conocemos, ciertos aspectos están relacionados estrechamente con situaciones actuales y conocidas por prácticamente todos. Se habla de la pérdida de un ser querido y como, en la lucha por aferrarse a lo que sea para recuperar a esa persona y evitar el sufrimiento que conlleva el duelo, estamos dispuestos a aceptar cualquier sustituto que la tecnología nos ofrezca. O del morbo televisivo, del interés que suscita en los telespectadores enterarse de los asuntos más íntimos de personajes públicos y anónimos, incluso aunque se trate de sucesos de lo más sórdido. También están presentes temas tan importantes como el culto al cuerpo, la hipocresía, las redes sociales...

Por ejemplo, el episodio “Caída en picado”, que abre la tercera temporada, nos muestra un mundo en el que todas las personas evalúan, a través de una aplicación del móvil, a aquellas otras con las que interaccionan a lo largo del día. La valoración global que cada uno obtiene permite o impide que uno tenga acceso a ciertos privilegios sociales o laborales, por ejemplo. Esto lleva a la profusión de relaciones basadas en la falsedad, en callarse lo que uno piensa por miedo a recibir una mala calificación, en definitiva, a la superficialidad del contacto humano y la condena al ostracismo de aquellos que no entran en el juego.

Es indudable que las nuevas tecnologías han cambiado nuestra manera de relacionarnos con el mundo, los demás y nosotros mismos. Hay quienes dicen que los dispositivos electrónicos han contribuido a que estemos más aislados. No tengo suficiente información digamos... “científica” como para llegar a una conclusión o a otra, pero en mi opinión los avances tecnológicos unen más que separan. Y quien termine más aislado por centrarse en su móvil, su videoconsola o cualquier otro aparato, es probable que estuviera igual (o más aislado) con independencia de la evolución tecnológica.

De un tiempo a esta parte se viene hablando también de “adicciones sin sustancia”: al teléfono móvil, a internet, a los videojuegos... Uno puedo quedarse, en estos casos, en la superficie y culpar a la tecnología de estos problemas o quizás dar un paso más allá y analizar el contexto en el que estas adicciones aparecen y preguntarse, por ejemplo, ¿qué está aportando este móvil/internet/videojuego a la persona? ¿Sirve para encontrarse más animado? ¿Para evitar pensar o afrontar la ansiedad que le producen otras cosas? ¿Y por qué no puede obtener ese efecto o función de otras fuentes diferentes y más naturales, como pueden ser la familia, los amigos, el trabajo o el deporte?

En realidad, las nuevas tecnologías perpetúan tendencias que ya vienen de lejos. Antes uno procuraba mostrar su estatus social presentándose con ropa de una determinada marca y hoy lo hace sacando del bolsillo la última versión del Iphone. O tal vez no se trate de señalar que se tiene cierto nivel económico si no de avisar que se están siguiendo las directrices que indican lo que es “moderno”, que uno está integrado en su cultura. Nadie quiere ser señalado como diferente, ya que eso lleva a perder toda una serie de “privilegios” sociales.

Y es que aquí hay mucho de una rama tan interesante de la psicología como es la psicología social, fundamental para otros campos, como el de la clínica. Al fin y al cabo, el hecho de acudir a la consulta de una psicóloga clínica no deja de ser un acto social y los problemas humanos, lo que algunos llaman “psicopatología”, “trastornos” o “enfermedades”, se basan fundamentalmente en la influencia que tiene la presencia (o ausencia) de otras personas en nuestra vida. Nuestra manera de ser y de actuar, nuestras actitudes, cambian en función del contexto en el que nos encontramos y, por norma general, tratamos de dar una buena impresión ante los demás. Por ello manejamos, consciente e inconscientemente, la forma que tenemos de presentarnos ante los otros. Y no me refiero únicamente al hecho de decir “me llamo Fulanito, tengo 32 años y soy carpintero”, si no a multitud de pequeños detalles que incluyen tanto nuestra indumentaria, como la comunicación no verbal y, por supuesto, el tono que utilizamos en nuestras cuentas en redes sociales. De esto hay mucho escrito en la obra de Erving Goffman. Y es comprensible, la especie humana tiene el instinto de acercarse a otros seres de su misma especie, por todo lo que ello conlleva para la supervivencia.

La serie no es una crítica a los avances tecnológicos, si no más bien una advertencia de los peligros de llevar algunas cosas al extremo, a veces a modo de sátira y otras a modo de terror. No voy a valorar la calidad de Black Mirror, porque ese no es el objetivo de este blog. Independientemente de que pueda gustar más o menos, invito a toda persona que esté leyendo estas líneas a que, si no lo ha hecho ya, eche un vistazo a la serie mediante alguno de los espejos negros que, casi con total seguridad, lo tienen ahora mismo totalmente rodeado. Y después, toca reflexionar acerca de lo que estamos haciendo con nuestras vidas y si las estamos llevando de una manera acorde con nuestros principios, valores y objetivos o si, por el contrario, nos dejamos llevar y dirigir por la otros.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Respuesta del Ministerio de Sanidad a la reciente polémica

Después de la polémica suscitada por lo explicado en esta entrada, algunas personas decidieron ponerse en contacto con el Ministerio de Sanidad con el objetivo de que aclarase si las competencias del Especialista en Psicología Clínica y del Psicólogo General Sanitario son las mismas, como afirmaron en sus sensacionalistas titulares tanto el diario Redacción Médica como Infocop. Esta semana, ha llegado la respuesta del Ministerio y su contenido se ha difundido por redes sociales y páginas de asociaciones de Psicología Clínica.

En la respuesta se indica lo que ya sabíamos, que todo sigue igual y nada ha cambiado: la única profesional con competencias para tratar trastornos mentales es la Psicóloga Clínica; cualquier Psicóloga General Sanitaria que detecte la presencia de un trastorno de este tipo en una persona a la que esté atendiendo debe derivar el caso al psicólogo clínico.

Por lo tanto, es falsa la información publicada en la prensa con anterioridad, cuando se dice que la única diferencia entre uno y otro profesional es el ámbito de actuación (público o privado). Una mala interpretación de la información es algo que le puede pasar a cualquier, pero los medios de comunicación deben tener una responsabilidad mayor a la hora de comprobar la veracidad de lo que van a difundir. Aunque es más grave que el propio Colegio Oficial de Psicólogos, a través de Infocop, publique algo falso que afecta a sus propios colegiados de manera importante. Deberían saber, mejor que nadie, las diferencias entre una y otra figura profesional.

A continuación se reproduce la respuesta del Ministerio de Sanidad, que se puede encontrar publicada también en otras páginas de internet:


En relación con la consulta formulada por Vd. sobre la Sentencia de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de Audiencia Nacional, de 3 de octubre de 2016, mediante la que se desestima la demanda formulada por la Asociación Nacional de Psicólogos Clínicos y Residentes (ANPIR), contra la Orden ECD/1070/2013, de 12 de junio, por la que se establecen los requisitos para la verificación de los títulos universitarios oficiales de Máster en Psicología General Sanitaria que habilite para el ejercicio de la profesión titulada y regulada de Psicólogo General Sanitario le informo:

Este Departamento no duda de la legalidad de dicha Orden. Se trata de una disposición de carácter formativo que, como tiene declarado numerosa jurisprudencia, en ningún caso regula competencias/atribuciones profesionales sino que se dirige a determinar los contenidos concretos que debe reunir la formación para obtener el Máster en Psicología General Sanitaria, sin que a ello se oponga que entre los contenidos formativos que figuran en dicha orden se incluyan aspectos del aprendizaje teóricos y prácticos referidos a los trastornos mentales y a otros aspectos clínicos de la psicología que se estiman necesarios para conocer el marco general y los limites en los que, una vez obtenido el título, se va a desenvolver el ejercicio profesional del Psicólogo General Sanitario.

El ámbito competencial del Psicólogo General Sanitario viene determinado en el apartado 1 de la disposición adicional séptima de la Ley 33/2011, de 4 de octubre, General de Salud Pública que asigna a este profesional ”la realización de investigaciones, evaluaciones e intervenciones psicológicas sobre aquellos aspectos del comportamiento y la actividad de las personas que influyen en la Promoción y mejora del estado general de su salud, siempre que dichas actividades no requieran una atención especializada por parte de otros profesionales sanitarios”.

Este precepto no hace referencia a los “trastornos” que en el ámbito de la salud mental es un concepto específico cuyo tratamiento y diagnóstico puede incluir procesos de gran complejidad (depresión, esquizofrenia, autismo etc.) que requiere un nivel de formación superior al que otorga un master de las características del que nos ocupa (90 créditos Europeos que equivale en torno a un año y medio de duración) frente a la formación especializada por el sistema de residencia en Psicología Clínica o en Psiquiatría de cuatro años de duración y dedicación a tiempo completo, además de la previa superación de una prueba selectiva con un elevado grado de dificultad y competitividad.

A este respecto es importante tener en cuenta que en el ejercicio de las profesiones sanitarias sobre todo entre aquellas que inciden en un mismo ámbito, como ocurre con las relacionadas con la salud mental, no existe una norma que, en el amplísimo abanico de posibilidades que se produce en la práctica diaria de la atención psicológica, determine en cada caso donde acaba una profesión y empieza otra, por lo que corresponde a cada profesional determinar, en base a las pautas marcadas por la ley, a la formación adquirida por el mismo y a las circunstancias de cada caso concreto, determinar, con el grado de autonomía que caracteriza a cada profesión sanitaria regulada, en que supuestos de la práctica profesional están implicados trastornos mentales cuya atención requiere una formación especializada en el ámbito de la salud mental, procediendo derivar dichos supuestos al Psicólogo Especialista en Psicología Clínica o en su caso al médico especialista en Psiquiatría.

Atentamente,
Subdirección Gral. de Ordenación Profesional
Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad
Pº del Prado, 18-20
28071 Madrid

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un vistazo a "Prescriptive Psychotherapy"

Mi última lectura, hasta la fecha, sobre psicoterapia ha sido “Prescritpive Psychotherapy. A practical guide to systematic treatment selection”, publicado por Oxford University Press en el año 2000, y cuyos autores son Larry Beutler y Mark Harwood.


Beutler es un psicólogo clínico norteamericano que actualmente dirige el Centro Nacional de la Psicología del Terrorismo en Palo Alto (California). Es principalmente conocido por el enfoque expuesto en el libro mencionado. El año pasado, con motivo de su presencia en el Congreso de Psicología Clínica, se le realizó una interesante entrevista que puede consultarse online en pinchando aquí. Por su parte, Harwood es también psicólogo y cuenta con una amplia experiencia en el campo de la psicoterapia, si bien es menos conocido que el primer autor.

En líneas generales, Beutler y Harwood proponen un método de psicoterapia que tiene en cuenta ciertas características de los clientes, que han demostrado estar correlacionadas con los resultados de las intervenciones. No se trata de un nuevo paradigma de terapia ni de una propuesta meramente teórica, si no de un procedimiento basado en datos empíricos que pueden ayudar a sistematizar la selección de las técnicas, procedimientos y tipos de tratamiento que mejor encajen con cada persona que solicita ayuda profesional.

Es un libro muy interesante y práctico, sencillo de leer y que va directo al grano. Una obra a tener en cuenta por cualquier profesional de la psicología clínica y que, por desgracia y de forma inexplicable, no está traducido al castellano, a pesar de que el enfoque de Beutler goza de mucha fama. Es curioso que en este país se sigan traduciendo y publicando libros de técnicas específicas de todo tipo pero no se haga lo mismo con trabajos que tratan de aspectos más generales e importantes de cara a los resultados de la terapia (factores comunes y de relación terapéutica, por ejemplo). En cualquier caso, el libro se puede leer fácilmente sin necesidad de poseer un nivel de inglés muy avanzado.

La obra se divide en dos partes. La primera, a modo de introducción, presenta el modelo de la “psicoterapia prescriptiva” y sus fundamentos. La segunda se mete de lleno en los principios y estrategias del tratamiento.

Aunque se observa una clara preferencia, a lo largo de las páginas, por técnicas cognitivo-conductuales y experienciales/humanistas, los autores muestran un gran respeto por todos los modelos de psicoterapia, resaltando que no existen diferencias significativas entre unos y otros en cuanto a efectividad y que, desde hace décadas, la tendencia de los profesionales es mayoritariamente hacia el eclecticismo. Indican que la investigación ha mostrado que la selección de un tratamiento en función de un diagnóstico específico no es un método adecuado para obtener los mejores resultados. La variabilidad entre las personas que son diagnosticadas de una misma manera es muy amplia y el uso de un manual estructurado no permite la flexibilidad necesaria para tratar con los problemas humanos. Su propuesta es evaluar una serie de factores que se pueden observar en cualquier persona y adaptar el tratamiento en consecuencia.

Los principios fundamentales de la psicoterapia prescriptiva son los siguientes:
    • El cambio terapéutico es mayor cuando el terapeuta es hábil, proporciona confianza, aceptación, validación, colaboración y respeto por el cliente y lo hace un un entorno que protege de los riesgos y proporciona máxima seguridad.

    • El riesgo y la conservación se optimizan si se informa de manera realista al paciente acerca de la duración y eficacia probables del tratamiento y se ofrece una explicación clara de los roles y actividades que se esperan de él o ella durante el curso del tratamiento.

    • Se obtiene beneficios cuando hay una correspondencia entre la intensidad del tratamiento y el nivel de discapacidad funcional.

    • El cambio terapéutico es más probable cuando el paciente es expuesto a objetos o metas en los que existe evitación conductual o emocional.

    • El cambio terapéutico es mayor cuando el balance relativo de intervenciones favorece el uso de procedimientos de entrenamiento de habilidades y la eliminación de síntomas en pacientes externalizadores o el uso de insight y procedimientos centrados en las relaciones en pacientes internalizadores.

    • El cambio terapéutico es más probable si el foco inicial de cambio se centra en desarrollar nuevas habilidades e interrumpir síntomas disruptivos.

    • El cambio terapéutico es más probable cuando los procedimientos terapéuticos no evocan resistencia en el paciente.

    • El cambio es mayor cuando la directividad de las intervenciones está inversamente relacionada con el nivel de resistencia del paciente o cuando se prescribe de forma autoritaria la continuación de la conducta sintomática.

    • La probabilidad del cambio es mayor cuando el nivel de estrés emocional del paciente es moderado.

    • El cambio es mayor cuando se estimula la activación emocional de un paciente, en un entorno seguro, hasta que la respuesta problemática se reduce o desaparece.

Se indica que un terapeuta eficaz debe tener una serie de características, tales como una actitud de respeto, empatía y calidez, conocimientos de los principios que guían el cambio clínico, habilidades técnicas, creatividad o la capacidad para implementar las intervenciones en los momentos adecuados.

Para seleccionar el mejor tratamiento para cada paciente se centran en la evaluación de los siguientes factores: nivel de discapacidad funcional, estilo de afrontamiento del estrés, nivel de resistencia de la consultante y nivel de angustia. Con el fin de valorar estas características, proponen una serie de instrumentos de medida, especialmente destinados a terapeutas principiantes y en formación, señalando que pueden no ser necesarios para el psicoterapeuta experimentado.

Por lo tanto, además de establecer una sólida relación terapéutica (requisito indispensable para que cualquier tipo de tratamiento psicológico pueda ser eficaz), debemos conocer:

  • El nivel de discapacidad funcional o gravedad del caso: si la situación es muy grave, la intensidad del tratamiento debe ser mayor. Esto se puede lograr, por ejemplo, aumentando la frecuencia y número de sesiones, incrementando la duración de la terapia o seleccionando un entorno de tratamiento determinado.

  • El estilo de afrontamiento: aquí hay que hacer una diferencia entre aquellas personas consideradas externalizadoras (centradas en síntomas y conductas externas, con tendencia a depositar la responsabilidad en los demás) y las internalizadoras (se centran en sus propio mundo interior, con tendencia a la auto crítica y a la responsabilización excesiva). Si predominan signos y conductas del estilo externalizador, el foco de la intervención se centra en cambiar los síntomas conductuales; si, por el contrario, predomina el estilo internalizador, el foco se dirige a la toma de conciencia de los eventos mentales (pensamientos, emociones) relacionados con el problema.

  • El nivel de resistencia: algunas personas tienen mayor necesidad de control y poder en las relaciones, siendo renuentes a seguir las indicaciones del profesional, mientras que otras son más propensas en seguir instrucciones. Podemos decir que las primeras tienen un nivel de resistencia alto y las intervenciones adecuadas para este tipo de casos deben ser indirectas o, en casos de resistencia muy alta, incluso paradójicas. El segundo tipo de personas muestra un nivel de resistencia bajo y se benefician de un estilo terapéutico más directivo.

  • El nivel de angustia: en este caso se trata de conseguir que la persona tengan un nivel de activación emocional moderado, ni muy alto (esto interferiría con la concentración y el logro de objetivos) ni muy bajo (no existiría la suficiente motivación para el cambio). Las intervenciones irán dirigidas, entonces, a disminuir el nivel de angustia (en personas con alta activación) o a aumentar la activación y conciencia (en personas con bajos niveles de angustia).

Para cada tipo de factor se proponen varias técnicas, tomadas de diferentes modelos teóricos y de tratamiento, pero a modo de sugerencia, dejando la elección del tipo de procedimiento concreto a seguir de la mano del profesional, al que se le da libertad para apoyarse en su propio paradigma, así como en las intervenciones por él dominadas, siempre y cuando se ciñan a los principios expuestos.

En definitiva, un libro que enfatiza la necesidad de llevar a cabo psicoterapias eficaces, pero a la vez flexibles, que se adapten a las características de los clientes, basado en la experiencia clínica y con un buen número de sugerencias que pueden ayudar a mejorar el desempeño profesional de cualquier psicólogo clínico interesado en la terapia.

domingo, 20 de noviembre de 2016

IX Congreso Internacional y XIV Nacional de Psicología Clínica

Este fin de semana asistí al IX Congreso Internacional y XIV Nacional de Psicología Clínica, organizado por la Asociación Española de Psicología Conductual y celebrado, en esta ocasión, en el Palacio de la Magdalena de Santander. El evento comenzó el jueves con los talleres pre-congreso y finalizó en la mañana del domingo con las últimas conferencias y simposios invitados.

Han sido muchas horas de ponencias, de comunicaciones orales y escritas, en las que se ha podido debatir sobre multitud de temas, desde cuestiones relacionadas con diferentes manifestaciones de la psicopatología hasta diferentes enfoques psicoterapéuticos. Equipos y profesionales de todos los puntos de la península, así como de Portugal y algunos otros lugares del mundo, se dieron cita en la capital de Cantabria para explicar su forma de trabajar, los resultados de sus investigaciones o viñetas extraídas de los casos clínicos con los que se encuentran en su práctica diaria.

El Palacio de la Madalena (Santander).

Mis expectativas con respecto a los congresos, jornadas y similares ha ido cambiado a lo largo de los años. Al principio uno, en su afán de aprender todo lo posible (una verdadera utopía, ya que en esta profesión el buen profesional siempre se queda con la sensación de que todavía no lo sabe todo) espera volver a casa con la mochila llena de aprendizajes. Después de dos o tres experiencias frustradas, te vas dando cuenta de que la adquisición de competencias sucede en otros lugares y empiezas a utilizar los congresos con otros fines: presentar ponencias y pósters, ampliar el curriculum, enterarte un poco de lo que se está haciendo en otros lugares y reencontrarte con antiguos compañeros y compañeras. Y al final, con esta actitud de no esperar recibir una lección que ilumine tu carrera profesional si no simplemente de estar allí, hablando de temas que te apasionan con otros colegas de profesión, paradójicamente uno acaba adquiriendo ciertos aprendizajes (aunque probablemente no aquellos que esperaba obtener) muy valiosos.

En mi opinión, compartida por muchas otras personas con las que hablé durante el congreso, el evento ha adolecido de algunos fallos importantes. Si bien la experiencia ha sido grata en cuanto a contenidos, quiero comentar algunos aspectos que se pueden mejorar. Por ejemplo, la cantidad de contenidos fue excesiva. Excepto en la conferencia de apertura, el resto de la comunicaciones se realizaron de forma simultánea. En ocasiones se programaron hasta 7 conferencias y simposios a lavez, por lo que no quedaba más remedio que elegir uno y perderte los otros 6. Esto resultaba especialmente problemático cuando se superponían varias ponencias que eran del interés del congresista. Otro problema se produjo con las salas en las que se llevaban a cabo las presentaciones. En muchas ocasiones no había asientos suficientes y algunas personas tenían que quedarse de pie o sentarse en el suelo. Teniendo en cuenta que la asistencia fue masiva, el comité organizador debería haber previsto este tipo de situaciones. Además, no se programaron pausas para descansar, ni siquiera a la hora de la comida. El congreso comenzaba a las 9 de la mañana y se extendía hasta las 19:30 sin ni siquiera 5 minutos de descanso. Además, aunque el Palacio de la Magdalena es un edificio situado en un lugar hermoso, está un poco lejos de núcleos urbanos en los que se puedan encontrar un sitio donde comer, por lo que entre el tiempo destinado a desplazarse hasta un restaurante, comer y volver al recinto, se perdían muchos minutos y, por consiguiente, alguna que otra ponencia. Por otro lado, los pósters científicos solo se exhibían durante hora y media, en una sala pequeña, poco iluminada y alejada del resto de espacios dedicados al congreso y a las mismas horas en que se estaban produciendo el resto de actividades. Quizás esta aceptación de contenidos (simposios y pósters) excesiva tenga algo que ver con el negocio que gira alrededor de la necesidad que tenemos los profesionales de la psicología clínica de hacer currículum, como ya expliqué en otra entrada de este blog. Faltó también la traducción simultánea de los trabajos expuestos en inglés y portugués. Esperemos que en la próxima edición del congreso, que se llevará a cabo el año que viene en Santiago de Compostela, se tengan en cuenta estos pequeños fallos y se corrijan.

En cuanto al contenido, hubo bastantes cosas interesantes. No pude disfrutar de algunas de ellas debido a los problemas mencionados anteriormente (solapamiento de sesiones, problemas de horario, etc.), pero si tuve la suerte de asistir a algunas ponencias muy enriquecedoras.

La conferencia de apertura, a cargo de Susan McDaniel, presidenta de la Asociación Americana de Psicología, trató de la importancia de la terapia familiar en atención primaria y de su experiencia en este ámbito. Una ponencia muy interesante y contada de forma muy amena.

Susan McDaniel, presidenta de la Asociación de Psicología Americana, durante la conferencia de apertura.

Desde Argentina, Héctor Fernández propuso la terapia cognitiva como un modelo abierto a la integración de aportaciones provenientes de otros paradigmas, en una construcción teórica en constante evolución.

Me gustó especialmente asistir al simposio coordinado por Derek Truscott, llegado desde Canadá, que junto con sus colegas norteamericanos expuso cuán importante es recoger el feedback de los clientes que acuden a psicoterapia, como una manera de mejorar los resultados de la misma. Fue una pena que acudiera tan poca gente (a penas unas 15 personas), quizás por la falta de traducción simultánea, porque los ponentes se mostraron muy apasionados y aportaron datos importantísimos sobre lo que hace que una terapeuta sea mejor en su trabajo. A mi me han dado un par de ideas con las que empezar a trabajar en mi práctica diaria, además de reforzar mi confianza en algunas de las cosas que ya estoy haciendo y de las que ellos hablaron.

El simposio coordinado por Derek Truscott acerca del feedback en psicoterapia.


El sábado los simposios a los que asistí estuvieron muy relacionados con la teoría del apego. Por ejemplo, la ponencia que proponía la “reconsideración de algunos diagnósticos clínicos desde una relación de apego alterada” o la sesión aplicada del profesor Javier Gómez dedicada a la terapia de pareja. Hubo también tiempo para explorar el duelo a lo largo del ciclo vital en un simposio presentado por un grupo de psicólogas clínicas con las que he tenido el placer de compartir muchos espacios durante todo el congreso.

El domingo terminamos aprendiendo algo de los “nuevos acercamientos a la intervención precoz en adolescentes” en un simposio coordinado por Carlos Mirapeix.

Por desgracia no pude asistir a muchas otras cosas interesantes que tenía ganas de oír, relacionadas con el trabajo con familias o con adolescentes “rebeldes”, la situación de la formación sanitaria especializada en psicología clínica y de la psicología sanitaria en general, el papel de los psicólogos en atención primaria o algunas aplicaciones de la terapias contextuales, por ejemplo. Ha sido muy agradable comprobar que muchas de las profesionales que protragonizaron estas sesiones eran personas con las que compartí tiempo de estudio y/o de trabajo en los últimos años (y que incluso hoy en día dedican parte de su valioso tiempo a leer este humilde blog).

Como siempre, lo mejor de todo ha sido el reencuentro con estas personas y el debate informal sobre el estado de la psicología clínica.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Respuestas a la sentencia de la Audiencia Nacional

Como anexo al tema comentando en la anterior entrada de este blog, añado algunas de las respuestas aportadas por diferentes organizaciones y psicólogos.




- Un par de imágenes vistas en la cuenta de Facebook de AGAPIR.


  - Más aclaraciones, en formato vídeo:





martes, 1 de noviembre de 2016

¿Mismas competencias o la incompetencia misma?

Durante la última semana ha sido noticia la sentencia de la Audiencia Nacional ante el recurso contencioso-administrativo interpuesto por ANPIR en el que se solicitaba modificar la Orden ECD 1070/2013, donde se exponen los contenidos de los planes de estudios del Máster en Psicología General Sanitaria. Esta petición vino motivada por el solapamiento de gran parte de dichos contenidos con los que incluidos en la formación de Especialista en Psicología Clínica, lo cual podía (y de hecho lo hace) llevar a confusión con respecto a las competencias de Psicólogos Generales Sanitarios (PGS) y Psicólogos Especialistas en Psicología Clínica (PEPC).

La sentencia ha montando un buen revuelo entre los profesionales de la psicología, ya que uno de los argumentos para desestimar el recurso de ANPIR indica que la diferencia entre PGS y PEPC es únicamente el ámbito de actuación: sanidad privada exclusivamente en el caso de los PGS y tanto pública como privada en el caso de los PEPC. Esta afirmación está siendo usada en favor de los intereses personales de algunos profesionales que, sin tener la titulación adecuada, quieren atribuirse competencias que realmente no tienen.

Ya se explicó brevemente en este blog la diferencia entre PGS y PEPC. Conviene recordar que para llevar a cabo actividades sanitarias se debe disponer de una profesión que tenga el reconocimiento adecuado. La psicología a secas, ya sea con titulación de licenciado o de grado, no está considerada en nuestro país como una profesión sanitaria. Por este motivo una licenciada en psicología no puede abrir una consulta para evaluar, diagnosticar y tratar problemas de salud de ningún tipo, y mucho menos ser contratada por la administración pública con dichas funciones. Los PEPC son psicólogos que han realizado una especialidad en psicología clínica mediante el sistema de formación sanitaria especializada (el PIR), el mismo sistema de formación que llevan a cabo los médicos para obtener las diferentes especialidades, así como otros profesionales (biólogas o farmacéuticas, por ejemplo). El título de PEPC si que se considera una profesión sanitaria y, por lo tanto, habilita para atender a personas con problemas de salud psicológicos y de otro tipo. Además, en la actualidad las PEPC son las únicas psicólogas que pueden ejercer en los servicios de salud mental de las administraciones públicas. Por su parte, la figura del PGS surge en esta misma década y sus competencias están relacionadas con la protección y la promoción de la salud (hábitos de vida saludables, por ejemplo). Tiene el deber de derivar aquellos casos que necesiten atención especializada (es decir, al PEPC, cuyas competencias son superiores a las suyas, en este sentido).

Desde el nacimiento del título de PGS surgen problemas con respecto a los contenidos de la formación y las competencias. Se critica, entre otras cosas, el hecho de que el plan de estudios incluya muchos contenidos similares a los planes de formación del PEPC, algunos de los cuales exceden las competencias del PGS (por ejemplo, tratamientos psicológicos para trastornos mentales como pueden ser la depresión, adicciones, etc.). Existe cierta ambigüedad en los términos utilizados en la orden reguladora de este máster, términos que en ocasiones se han interpretado de manera interesada. La realidad es que una persona que solicite atención psicológica por cualquier tipo de problema de salud mental y que necesite un tratamiento psicológico profesional solo puede ser atendida por una PEPC. Y esto es así tanto por cuestiones legales como por competencias: los PEPC son los profesionales que tienen la formación, el conocimiento y las habilidades necesarias para tratar este tipo de problemas.

Durante mi primer año escribiendo este blog no quería meterme en polémicas, pero creo que debemos hablar claro de algunos asuntos. Existen intereses detrás del máster en PGS. La formación dura dos años, de los cuáles la parte práctica no llega al 25% del tiempo. Los precios oscilan entre los 8000 y los 10000 euros (en el caso de universidades privadas). Repito, por dos años de formación básicamente teórica (y, por cierto, cuyos contenidos terminan siendo muy parecidos a los de las asignaturas más clínicas del grado en psicología). Las universidades tienen entonces mucho interés en tener alumnos que abonen las cantidades señaladas. Y para vender algo tan caro uno tiene que esforzarse por hacer el producto atractivo. Así que nos estamos encontrando desde el inicio de esta historia con profesores universitarios que dicen a sus alumnos que ser PGS es lo mismo que ser PEPC, que se puede igualar una formación de pago teórica en el ámbito universitario con otra de 4 años, en los que aproximadamente el 80% del tiempo es práctico y que se lleva a cabo el mismo sistema sanitario público. No hace mucho nos quedamos estupefactos con un artículo publicado en una revista española de psicología (que no voy a enlazar, por lo vergonzoso del contenido) en el que se comparaba la formación del PGS y del PEPC y se concluía que... ¡era mucho mejor la del primero! Recordemos que el PGS a penas sale del aula mientras hace el máster y que cuando lo hace es para tener un papel principalmente pasivo, de observador de las consultas al lado del tutor de prácticas. Sin duda, tanto la teoría como la práctica pasiva son importantes, pero no suficientes. La PEPC debe superar un examen a nivel nacional muy exigente que suele requerir varios años de preparación. Desde el primer día de residencia, empieza a trabajar de forma activa en el dispositivo de salud correspondiente. Conviene recordar que el PGS paga por hacer el máster y que el PEPC en formación tiene un sueldo que ronda los mil euros (más lo que pueda cobrar a mayores por horas de atención continuada). Por lo tanto, se da por hecho que tiene unas responsabilidades y un trabajo que hacer. Es habitual que durante el primer año de formación una residente atienda por su cuenta alrededor de 100 pacientes en un centro de salud mental. Y luego quedan otros 3 años más, a ritmo parecido. ¿De verdad puede uno adquirir las mismas competencias así que pasándose año y medio dentro de una clase y unos pocos meses de observador en una consulta? Así que me imagino que en algunos casos algunos profesores universitarios (tradicionalmente totalmente desconectados de la realidad clínica) pueden creer que tanto PGS como PEPC son lo mismo. Pero me temo que en un gran número de casos se trata de burda y simple manipulación y engatusamiento para conseguir alumnos y el dinero que traen consigo.

Los colegios oficiales de psicólogos tampoco se quedan cortos con este asunto de la desinformación y la confusión. Esta misma mañana leía en un foro de internet sobre psicología la respuesta de una persona que representa a uno de estos colegios y que venía a decir que si, que tanto el PGS como el PEPC tienen las mismas competencias y que tenemos que dejar de ponernos barreras entre nosotros. Asombroso. A los colegios, por cierto, también les interesa que más psicólogos puedan trabajar en el ámbito sanitario, ya que la colegiación es obligatoria mientras se ejerce (y cuesta un dinero).

Vayamos ahora con esto de los barreras, que me lleva a comentar algunos argumentos que se repiten desde hace tiempo y que muestro a continuación:
  • Los PEPC sois unos egoístas que no queréis competencia y no hacéis más que poner la zancadilla al resto de psicólogos”. No sé si esto es una forma de desplazamiento de la rabia producida por la frustración de gastar tanto dinero en un máster haciendo caso a las promesas de que con el título de PGS uno puede hacer psicología clínica o simplemente la asimilación de argumentos vertidos por los mismos personajes dedicados a desinformar de los que hablaba antes (porque si, también me he enterado de que algún profesor dice lo malos compañeros que somos los PEPC). Lo cierto es que las asociaciones de psicólogos clínicos y de residentes, como la mencionada ANPIR y otras, luchan porque haya más plazas de PEPC en los servicios públicos. Esto a la larga, de producirse, propiciaría que aumentar el número de plazas PIR y por lo tanto más posibilidades para que psicólogas y psicólogos puedan dedicarse a lo que tanto ansían. Además, no existe una tarta que los PEPC no quieran repartir con los demás, así de mal está la situación a la hora de trabajar. Es difícil que pueda suponer un problema que haya más personas con la misma titulación, porque en este país el panorama va a seguir siendo desolador.

  • ¿Por qué tengo que hacer el PIR si es muy difícil y hay muy pocas plazas? ¡Es injusto!”. Estoy convencido de que muchas personas se sienten frustradas después de intentar una o varias veces acceder al PIR, porque es cierto que hay pocas plazas y muchas solicitudes, lo que hace que sea una tarea muy difícil de lograr. En otros casos, cuando escucho o leo comentarios del tipo “¡pero si yo ya estudié psicopatología y técnicas de modificación de conducta en la facultad, ya estoy preparada para ser psicóloga” me echo a temblar, porque creo que, aunque muchas personas afirman que quieren trabajar de lo que les “gusta”, no parecen dispuestas a hacer los esfuerzos necesarios para conseguirlo. En algunos pocos casos, tengo la sensación de que hay personas que están acostumbradas a conseguir lo que quieren a golpe de talonario y precisamente eso no funciona en el caso del acceso al PIR. Es una de las cosas buenas de este sistema: duro, si; pero no cabe el enchufe ni el soborno. El que accede, lo hace por méritos propios. 
     
    Yo no sé en qué piensan algunas personas, pero cuando terminé la carrera y gente cercana me preguntaban por qué no montaba una consulta mi respuesta era clara (cuestiones legales a parte): “no sabría que hacer cuando tuviera un paciente delante”. Todavía después de obtener el título de PEPC sigo teniendo dudas que debo consultar con colegas, contenidos que aprender, cuestiones técnicas que depurar, etc. Es imposible salir preparado de la facultad para tratar a personas que sufren, por mucho que uno estudie. Dudo seriamente de que un máster de 2 años eminentemente teórico sea tampoco suficiente.

  • Si hay médicos generalistas en los centros de salud, ¿por qué no va a haber PGS?”. Un error común de quien no conoce la sanidad pública es pensar que los médicos de atención primaria son licenciados, sin más. Sin embargo, estos médicos son especialistas en medicina familiar y comunitaria. Es decir, además de la carrera, tuvieron que hacer la formación sanitaria especializada vía MIR, como todos los médicos que trabajan en los servicios de salud.

  • La formación del PEPC es mala”. Por supuesto, no es la formación ideal y hay cosas que mejorar, pero ahora mismo es la mejor que tenemos y es bastante buena. Se dice a veces que en realidad la psicología clínica no es una especialidad, que es demasiado general, como una manera de descalificarla, alegando que uno debería ser “especialista en depresión”, “especialista en ansiedad” y cosas similares. Esto es como decir que ser traumatólogo no es ser especialista, que ser especialista es ser “traumatólogo especialista en golpes en la pierna”, “traumatólogo especialista en golpes en el brazo”, etc.

  • Los servicios de salud mental tienen muchas carencias y la población no está bien atendida. ¿Por qué no incorporar PGS para solucionarlo”. Estoy de acuerdo con que hay carencias y que no se atiende a la población todo lo bien que sería deseable. La manera de solucionar esto sería aumentar los servicios de psicología clínica y contratar más PEPC. Si queremos que la población esté bien atendida tenemos que ofrecer lo mejor. A nadie se le ocurriría, ante una hipotética falta de cirujanos, contratar a licenciados en medicina que no hayan visto una operación más que en los libros o en las prácticas de la carrera.

En cualquier caso, la desestimación del recurso de ANPIR no ha cambiado las leyes que conocemos y la situación sigue como estaba antes de la misma. Diferenciar a dos profesionales solo por el ámbito de actuación (público vs privado) es absurdo y no conozco ningún ejemplo similar. Probablemente en las próximas semanas tengamos más noticias al respecto.

Este artículo no es un alegato en contra de las PGS, que no tienen ninguna culpa en todo el lío que se ha creado. Entiendo que muchos de ellos están quemados y cabreados. Reciben información contradictoria de unos y otros, les han prometido cosas que eran falsas, han gastado mucho dinero y tiempo y están deseosos por trabajar en lo que les apasiona. Pero uno no puede optar por la vía rápida y pretender hacer cosas para las que no está preparado. Cuando los PEPC insistimos en la diferencia entre competencias no se trata de defender ningún territorio ni en intereses personales, por lo es lo que me transmiten las personas que yo conozco. Aquí hay en juego cosas más importantes que afectan a toda la profesión. Lo primero, que peligre el staus del psicólogo clínico como especialista, que en los servicios sanitarios públicos se considera facultativo especialista de área, lo que le coloca al mismo nivel que las especialidades médicas, con todo lo que ello supone en cuanto a responsabilidades y capacidad de tomar decisiones. Solo las personas que vivieron en primera persona todo el proceso que llevó a conseguir estos reconocimientos saben bien lo que costó. Lo segundo, porque cada psicólogo mal formado que comete una imprudencia o da un mal servicio a sus consultantes está creando una imagen negativa de toda la profesión en general. Y eso no es bueno ni para PEPC ni para PGS.

Pero, sin duda, lo más importante es que nos preocupa la gente que va a una consulta de psicología solicitando ayuda. Porque si queremos ser capaces de ayudar a afrontar el sufrimiento y a solucionar problemas humanos tenemos que estar muy bien preparados. Eso se consigue mediante la formación continua, práctica y de calidad. Y a día de hoy la mejor formación oficial que tenemos es la de la PEPC. No hay ninguna guerra contra nadie ni motivación para poner zancadillas. Se trata de respetar nuestra profesión y trabajar para seguir avanzando en su desarrollo.