viernes, 6 de marzo de 2026

La injusticia de tener que elegir un "buen" psicólogo

 Aquí la va la pregunta que tantas veces hemos leído en blogs de psicólogos/as y artículos web:

¿Cómo elegir un buen psicólogo/a?

 

Es una pregunta que me resulta bastante incómoda. ¿Sabes por qué? Porque implica depositar la responsabilidad, injustamente, en la persona que está buscando una terapia. No debería ser cosa suya tener que estar investigando si se va a poner en manos de un buen o un mal profesional o no. Esa responsabilidad debería ser tanto de los propios psicólogos como de los organismos que están relacionados con su formación y la regulación de la profesión. Esto atañe, por lo tanto, a la universidad, máster, PIR, colegio de psicólogos, Ministerio de Sanidad, etc. Y no, repito, debe recaer esa responsabilidad en la persona que está buscando ayuda, por muy bienintencionada que sea la pregunta de cómo elegir bien.

Que se plantee la cuestión tiene sentido. Como en todas las profesiones, hay buenos y malos psicólogos y psicólogas. Eso es innegable. Pero de nuevo, la persona que busca esa ayuda se encuentra en una situación en la que está sufriendo, desorientada, desconcertada, en un estado, muy a menudo, de gran vulnerabilidad. Y qué injusto es pedirle a alguien, en esas circunstancias, que tenga que estar viendo si elige bien o mal el psicólogo, de nuevo, sintiendo esa responsabilidad. Además, es injusto porque, obviamente, la persona no tiene por qué saber cómo se puede identificar a un buen o mal psicólogo, no tiene los conocimientos necesarios. Por si fuera poco, la pregunta en sí puede crear cierta desconfianza hacia los profesionales, que, en algunos casos, hay que decirlo, es una desconfianza merecida.

Incluso si aceptáramos que la persona que busca ayuda es la que tiene que diferenciar un buen de un mal profesional, la tarea es muy difícil, porque no estaríamos hablando de cosas observables, a priori. No basta con que uno ponga en su presentación, en su página web o redes sociales, que es competente en ciertas materias, que tiene un máster en esto o en lo otro, que es especialista en determinados tipos de problemas o que sigue un enfoque basado en la evidencia. Eso, por mucho que el profesional así lo crea y sea honesto, no es suficiente como para ser un buen profesional. Yo soy el primero que tiene ciertas formaciones y títulos en ciertas materias en las que no me considero competente, porque, por desgracia, desde hace mucho tiempo, hay bastantes títulos que es fácil sacar, simplemente, respondiendo a un cuestionario al final de la formación, que no demuestra que realmente seas competente en lo que has estudiado. No suele haber alguien que te dé un feedback preciso acerca de qué tal lo estás haciendo y que te ayude a mejorar. Y de nuevo, una cosa es decir, por ejemplo, que trabajo desde un “enfoque basado en la evidencia”, basado en la “ciencia” y que me lo crea, conocer la teoría, pero otra cosa es ser capaz de llevarla a la práctica con la suficiente pericia.

Sabemos, por los estudios sobre efectos del terapeuta y por otras investigaciones, que psicólogos que trabajan bajo el mismo enfoque tienen resultados muy distintos y que un factor fundamental es la pericia, el expertise, la competencia. Y en esto se repite lo mismo: el profesional puede tener la percepción de que es competente, pero no serlo realmente. Por lo tanto, al consultante que busca un psicólogo, no le queda más remedio que confiar en que lo que dice el clínico sea cierto.

También se podría fijar en los años de experiencia. Consideramos, en muchas profesiones, que los años de experiencia le hacen a uno más experto en su materia. Sin embargo, como sucede también en otras profesiones, hay estudios en el campo de la psicoterapia que demuestran algo curioso, que ya he comentado en alguna ocasión. Con el tiempo, por término medio, los terapeutas no solo mejoran sus resultados, sino que incluso empeoran ligeramente; habiendo, también, unos pocos que mejoran mucho con la experiencia y otros que incluso empeoran de manera dramática con los años. Es cierto que sin experiencia uno no puede convertirse en mejor profesional. Es un requisito necesario, pero no suficiente.

Imagínate un cirujano que no tiene contacto con otros profesionales. Él entra por una puerta en el quirófano, le dicen cuál es la operación que tiene que hacer, la realiza y se va a casa. Nadie le informa acerca de cómo ha ido esa operación. No tiene contacto con ningún otro colega, no recibe ningún feedback, no hace ningún seguimiento. Simplemente, repite su tarea una y otra vez hasta que sale por su puerta. Imagínate que ese cirujano está haciendo lo que aprendió y considera que es la mejor intervención. Puede ser que lo haga con mucha competencia, pero que esa intervención ya esté desfasada, superada por otras mejores; pero, como nadie se lo ha dicho, él sigue con lo suyo. Puede ser que la información no esté desfasada, pero que realmente lo aprendiera mal y no la esté haciendo suficientemente bien. Después de diez años de experiencia haciendo lo mismo, no podemos esperar que mejore si no tiene ninguna información que le ayude a saber si lo está haciendo bien o mal. Con la psicoterapia pasa algo parecido. Estamos dentro de nuestra consulta y salvo algunos valientes que graban sus sesiones y las supervisan, rara vez tenemos un feedback preciso, rara vez tenemos a alguien que nos esté observando y nos pueda decir qué tal lo estamos haciendo. Tenemos que confiar, y yo creo que la mayoría hacemos así, en que lo que hacemos es lo mejor para los consultantes. Pero que confiemos en ello no quiere decir que siempre sea así.

En definitiva, propongo cambiar la pregunta “¿cómo elegir un buen psicólogo” por “¿cómo hacemos para que todos los psicólogos sean buenos”.

viernes, 16 de enero de 2026

10 años

 

El 15 de enero se cumplen 10 años de la apertura de mi consulta. ¿10 años ya? Es extraño, ¿por qué tengo la sensación de que no ha pasado tanto tiempo? Y ahora soltaré el típico “parece que fue ayer…”.

Parece que fue ayer… cuando imprimí un montón de tarjetas de visita y fui comentando a varias personas que había abierto una consulta privada de psicología clínica. Con ilusión, pero con mucho miedo. No sabía qué iba a pasar. ¿Tendría gente a la que atender? ¿La suficiente como para vivir de ello? ¿Durante cuanto tiempo? Los primeros años miraba con ansiedad la agenda. Aunque no tardé en tener mucho trabajo, no podía evitar observar de reojo cómo las páginas correspondientes a las siguientes semanas parecían muy vacías. Hizo falta mucho tiempo para sentir más seguridad con respecto al futuro, aunque siempre queda un poco de incertidumbre, escondida en un pequeño rincón de mi conciencia.

Empecé de forma un tanto precaria, aunque habitual para muchos colegas de profesión, por otro lado. Alquilaba un despacho por horas, solo cuando tenía consultas programadas. No me atrevía a alquilar una consulta propia, por el miedo a que la cosa no funcionase. Era incómodo no tener un espacio que poder considerar mío, pero eso no me impidió hacer las cosas lo mejor que pude. Todavía recuerdo la primera persona a la que atendí: los nervios del momento, mi primer uso del feedback sistemático (decisivo en este caso) la satisfacción de haber logrado ayudarle.

No me puedo quejar; tuve la inmensa suerte de contar con muchas personas que confiaron en mi y dieron mi contacto, de manera que a las pocas semanas ya me pude permitir dejar el despacho por horas y empezar a compartir consulta con otra psicóloga, con la que todavía sigo, hoy en día. No habían pasado 6 meses desde que empezara a trabajar por mi cuenta y ya tenía suficiente trabajo como para vivir de ello.

Unos meses después, vino el primer cambio de ubicación, de forma inesperada. Nos despertamos un día con la sorpresa de una inundación en un piso superior que había llegado hasta el nuestro, deteriorando gran parte de lo que teníamos allí. Afortunadamente, encontramos un nuevo sitio en el que establecer la consulta, más luminoso y cómodo. Fue entonces cuando la familia creció, y empezamos a compartir despacho con otro psicólogo, formando un extraño equipo informal (cada uno trabaja por su cuenta, aunque estemos en la misma ubicación) que se mantiene en el presente. Ciertamente, poder entendernos y acompañarnos en múltiples situaciones ha sido un factor fundamental para que hayamos llegado hasta aquí en las mejores condiciones. 

 

Fueron muchos años en aquellas oficinas de la Calle Instituto, hasta que nos mudamos en febrero de 2025 a nuestras consultas actuales, en una calle cuyo nombre tiene mucho que ver con la psicoterapia: Libertad. Hacía tiempo que necesitábamos mejorar el espacio en el que trabajábamos, y creo que lo hemos conseguido: mayor amplitud, tranquilidad, comodidad y privacidad. Por fin, con acceso y baños adaptados, sin barreras arquitectónicas. En este nuevo hogar, he podido llegar a la cifra de las más de 500 personas atendidas por mi a lo largo de estos 10 años.

 

Durante este tiempo siempre tuve trabajo, y por ello estoy muy agradecido. El único momento de verdadera incertidumbre lo viví cuando atravesamos la pandemia de 2020. Hubo unos meses de vacío, sin apenas consultantes. Eso me llevó a aceptar un contrato en los servicios públicos de Asturias (también había trabajado previamente unos meses en un centro de salud mental infanto-juvenil, pero lo tuve que dejar porque era demasiado agotador trabajar en los dos sitios a la vez), pero la experiencia sería breve. En poco tiempo volví a tener la consulta llena.

En esta década, mi desarrollo profesional ha ido más allá de la consulta. Este blog me dio muchas alegrías. Lo empecé a escribir para posicionarme en internet. La idea era escribir artículos que fueran de interés del público general, pero al poco tiempo esto fue cambiando. La divulgación no es lo mío, nunca me sentí cómodo haciendo entradas como las que te puedes encontrar en tantas páginas de otros colegas (que explican estas cosas mucho mejor que yo). Así que empecé a escribir de una forma más coherente con lo que me interesaba y menos orientada a atraer posibles consultantes. Este blog acabó dirigiéndose más a otros profesionales de la salud mental que a los legos en la materia. Hubo momentos en los que fue relativamente popular entre algunos de mis colegas. En más de una ocasión, al ir a un congreso o jornadas, me encontré con personas que me conocía como “el del blog”. Eran otros tiempos, cuando escribía muy a menudo y con pasión. En los últimos años, el número de entradas a disminuido enormemente. La falta de tiempo y de nuevas ideas han sido los principales motivos. Recordar aquellos tiempos de mayor actividad me hace sentir nostalgia.

El desarrollo del blog, y algunas de las personas que fui conociendo, dio pie a que empezara a publicar algunos artículos en revistas profesionales, colaborando con colegas que compartían inquietudes similares a las mías. También pude participar en la escritura de varios capítulos de libros relevantes sobre tratamientos psicológicos que se usan en facultades de psicología de toda España.

 


 Pero, en el ámbito académico, el hecho que más me marcó fue la publicación de mi libro: “Mejorando los resultados en psicoterapia” (2021). Aquella obra dio lugar a un montón de cosas buenas: mensajes de personas que lo habían leído y querían transmitirme sus buenas impresiones, invitaciones para participar en cursos y congresos, alguna que otra entrevista en podcasts (en el siguiente enlace, tengo una lista de reproducción con muchos de los podcasts en los que participé: entrevistas)… Ese libro me abrió muchas puertas y es uno de los logros de mi carrera de los que estoy más orgulloso. 


 

Con el tiempo, he ido dejando de escribir y aprendiendo a decir “no” a propuestas de trabajo. De nuevo, cambios en mis circunstancias vitales han hecho que reorganice mis prioridades y el tiempo que dedico a cada cosa. Me da pena estar menos presente en algunos ámbitos, pero estoy satisfecho de ser capaz de renunciar a esta parte de mi carrera, sabiendo que es mejor para mi salud.

En estos 10 años he descubierto que me gusta hacer formación, aunque me produce bastante tensión, al sentir que es una tarea de mucha responsabilidad. Es un gusto pensar en todas las organizaciones que han confiado en mí: he dado clases en el Servicio Madrileño de Salud, el Servicio de Salud de Castilla La Mancha, la Universidad de Oviedo, Universidad de Valencia, el Colegio de Psicólogos de Galicia, en un Diplomado Internacional de Terapia Breve… Espero haberlo hecho lo mejor posible.

También he descubierto lo mucho que disfruto supervisando a otros colegas. Hace unos años, comencé a ofrecer supervisiones individuales y grupales, lo que me ha permitido seguir conociendo a otras/os psicólogos/as comprometidos con su trabajo y aprender de ellas y ellos, gozando de su compañía todos los meses.

 

Son 10 años en los que ha aprendido mucho y de muchos: consultantes, alumnos y supervisados. Gracias a todos por haberme permitido crecer como psicólogo clínico y como persona. Espero poder estar aquí cuando haya pasado otra década, haciendo balance. Mientras tanto, que el tiempo fluya en un constante presente.

Gracias.

sábado, 10 de enero de 2026

El enfoque integrador en psicoterapia: luces y sombras

Desde hace tiempo, es conocida una tendencia creciente en psicoterapia: cada vez más profesionales dicen trabajar desde un enfoque integrador, desmarcándose de la siempre presente lucha entre modelos teóricos. Si has seguido mis publicaciones, quizás sepas que yo mismo apoyo la integración en psicoterapia, al tiempo que soy consciente de sus limitaciones y problemas.

Que este enfoque sea el preferido de muchos clínicos no significa que esté bien delimitado ni garantiza que se aplique correctamente. Bajo la etiqueta integración conviven prácticas clínicas muy diferentes, algunas altamente sofisticadas y otras con preocupantes carencias. El problema aparece cuando se utiliza el término “integrador” como paraguas para justificar decisiones clínicas poco fundamentadas o difíciles de explicar más allá del “a mí me funciona”.

Un error habitual queda ejemplificado en una reciente publicación vista en redes sociales. Una psicóloga defendía la integración en terapia indicando cosas como que “la terapia cognitivo-conductual no trabaja las emociones”, “la terapia sistémica no trabaja el trauma” o que “en ACT no se trabaja con el niño interior”. Una justificación de este tipo pone en evidencia carencias importantes respecto a conocimientos y competencias que deberían ser básicas en nuestra profesión, como el hecho de entender que cualquier modelo teórico de psicoterapia procura comprender y explicar todo el comportamiento humano, no solo partes de él. En este ejemplo también podemos ver un problema habitual: la introducción de conceptos pseudocientíficos, como lo de “el niño interior” o el uso de “el tarot terapéutico”.

 

En este texto vamos a reflexionar brevemente sobre lo que aporta un enfoque integrador, lo que exige, sus limitaciones y los riesgos que puede llevar si no se aplica con suficiente conocimiento.

 

¿Sabemos qué es integrar?

Integrar no es, o no debería ser, la aplicación de técnicas procedentes de distintos modelos, sin ton ni son. No debería ser sinónimo de eclecticismo improvisado ni de libertad absoluta en la intervención. En su acepción más sólida, el enfoque integrador implica articular distintas perspectivas teóricas y técnicas dentro de un marco coherente que permita comprender el funcionamiento del problema y orientar la intervención. Es decir, es necesaria una explicación fundamentada que justifique el tener en cuanto recursos, propuestas e intervenciones que parten de supuestos teóricos muy diferentes, que elimine contradicciones e incoherencias.

La literatura distingue, al menos, entre integración teórica, integración asimilativa y eclecticismo técnico. No todas estas formas tienen el mismo respaldo ni las mismas exigencias. Las definiciones, supuestos teóricos y formulaciones varían en función del autor de turno.

Este es uno de los principales problemas: hablamos de integrar, pero, muchas veces, no está claro a qué nos referimos; mezclamos, más bien, y no es lo mismo.

 

Ventajas del enfoque integrador

Ajuste a la complejidad clínica real

Una de las principales virtudes del enfoque integrador es su capacidad para ajustarse a la complejidad de los casos reales. La mayoría de los consultantes no presentan problemas delimitados, lineales y fácilmente clasificables. La comorbilidad, la cronificación, las dificultades relacionales y los contextos vitales adversos son más la norma que la excepción.

Algunos señalan que un enfoque aplicado rígidamente puede quedarse corto para abordar esta complejidad. La integración permite trabajar simultáneamente sobre distintos niveles: síntomas, procesos psicológicos, patrones relacionales, historia de aprendizaje y contexto actual. No se trata de hacerlo todo a la vez, sino de poder conceptualizar el caso sin forzarlo a encajar en un único molde teórico. Aunque, como veremos, esto está sujeto a ciertos problemas muy importantes, en cuanto a epistemología: ¿cómo explicamos el uso combinado de teorías con bases tan diferentes?

 

Flexibilidad técnica basada en evidencia

Otro aspecto relevante es la posibilidad de seleccionar intervenciones con respaldo empírico procedentes de distintos modelos. La investigación contemporánea en psicoterapia ha ido desplazando el foco desde las escuelas hacia los procesos de cambio. En este contexto, la fidelidad a una marca terapéutica concreta resulta menos relevante que la capacidad para identificar qué procesos están implicados en el mantenimiento del problema y qué intervenciones pueden influir sobre ellos.

Desde esta perspectiva, la integración no es una renuncia a la evidencia, sino una forma de utilizarla de manera más flexible y contextualizada. Ahora bien, esto exige un conocimiento real de dicha evidencia, no guiarse por la mera intuición o experiencia personal. ¿Pero cómo hacemos para usar estas intervenciones de una manera coherente con el planteamiento terapéutico de cada caso particular?

 

Atención explícita a los factores comunes

Los enfoques integradores suelen prestar mayor atención a los factores comunes de la psicoterapia. La investigación lleva décadas señalando que estos factores explican una parte sustancial de la varianza en los resultados, independientemente del modelo específico utilizado.

Integrar implica, en muchos casos, asumir que la técnica no opera en el vacío y que su eficacia está mediada por la relación terapéutica y el contexto en el que se aplica. Esto no convierte a la psicoterapia en un ejercicio puramente relacional, pero sí obliga a considerar estos elementos como parte central de la intervención y no como meros pre-rrequisitos. Aquí podemos preguntarnos lo siguiente: si son factores comunes y ya están presentes en todos los modelos, ¿qué necesidad habría de integrar, si debería ser suficiente con un enfoque teórico que ya incluya dichos factores?

 

Mayor personalización del tratamiento

La integración encaja bien con enfoques idiográficos y con la formulación de caso como herramienta central. En lugar de aplicar protocolos de manera estandarizada, el tratamiento se diseña en función de las características del consultante: su historia, sus recursos, su estilo interpersonal, sus valores y sus circunstancias vitales. Evidencia a favor de esto la encontramos, por ejemplo, en estudios como los de las preferencias en psicoterapia.

Esta personalización no implica ausencia de estructura, sino todo lo contrario: requiere una formulación clara que permita decidir qué intervenir, cuándo y por qué. En este sentido, la integración bien hecha suele ser más exigente que la aplicación protocolizada de un modelo único. De nuevo, podríamos hacer aquí una apreciación importante: muchos otros modelos teóricos utilizan la formulación de caso y no se basan en protocolos.

 

Desarrollo profesional del terapeuta

Desde el punto de vista del terapeuta, el enfoque integrador favorece el desarrollo profesional a largo plazo. Obliga a salir del dogmatismo teórico, a revisar supuestos propios y a mantener una actitud de aprendizaje continuo. También fomenta una práctica más reflexiva, en la que las decisiones clínicas deben poder justificarse más allá de la pertenencia a una escuela.

No obstante, esta ventaja solo se materializa cuando la integración se apoya en una formación sólida y en supervisión continuada. Pero ¿acaso no hay desarrollo profesional en terapeutas que se identifican con un modelo teórico específico? Por supuesto que sí.

 

Problemas y riesgos del enfoque integrador

El eclecticismo técnico sin brújula

El riesgo más citado, y probablemente el más frecuente, se encuentra en el eclecticismo técnico. Mezclar intervenciones de distintos modelos sin una lógica clara puede generar tratamientos incoherentes y poco eficaces. El hecho de que una técnica funcione en determinados contextos no garantiza que sea adecuada para cualquier caso ni compatible con otras intervenciones que se estén utilizando (y, además, siempre está presente el debate de cómo funciona).

Cuando la integración se reduce a una caja de herramientas desordenada, el criterio de selección suele ser implícito, intuitivo o directamente idiosincrásico. Esto dificulta tanto la evaluación de resultados como la supervisión y el aprendizaje clínico.

 

Problemas epistemológicos.

¿Cómo encajar conceptos que surgen de teorías tan diferentes como la psicodinámica y el conductismo, por ejemplo? Este es uno de los principales problemas, una cuestión muy delicada, especialmente para aquellos interesados en entender a fondo los fundamentos del comportamiento de los seres humanos, sus conflictos psicológicos y el efecto de la terapia. Una buena integración demanda una teoría que pueda explicar cómo funcionan las cosas que hacemos. Hay varias propuestas al respecto, de las cuáles las más prometedores son las que tratan de desarrollar un marco meta-teórico que abarque diferentes modelos. Pero es un asunto complejo y espinoso.

 

Pérdida de coherencia para el consultante

La coherencia percibida del tratamiento es un factor relevante para la implicación del consultante. Si la intervención cambia constantemente de foco o de explicación sin un hilo conductor claro, la persona puede experimentar confusión, desorientación o pérdida de confianza en el proceso.

Integrar no significa cambiar de marco explicativo en cada sesión. Al contrario, exige un esfuerzo explícito por mantener una narrativa terapéutica comprensible, incluso cuando se utilizan técnicas procedentes de modelos distintos.

 

Exigencias elevadas en formación y supervisión

La integración exige mucho al terapeuta. No basta con conocer superficialmente varios modelos; es necesario haber internalizado al menos uno de ellos de forma profunda antes de poder integrar de manera competente. Sin esa base, la integración suele quedarse en la superficie y reproducir errores comunes.

Además, la supervisión de tratamientos integradores es más compleja, ya que no puede apoyarse únicamente en la fidelidad a un manual. Requiere supervisores con experiencia clínica amplia y capacidad para pensar en términos de procesos y formulación.

 

Dificultades para la investigación y la evaluación

Desde el punto de vista científico, los tratamientos integradores son más difíciles de estudiar. La heterogeneidad de intervenciones y la adaptación continua al caso complican la manualización y la replicabilidad. Esto no invalida el enfoque, pero sí obliga a desarrollar metodologías de investigación más acordes con su naturaleza.

En la práctica clínica, esta dificultad también se traduce en una evaluación menos sistemática de los resultados si no se utilizan medidas y criterios claros desde el inicio.

 

Alta carga cognitiva para el terapeuta

Finalmente, la integración incrementa la carga decisional del terapeuta. Cada intervención implica decidir no solo qué hacer, sino por qué hacerlo en ese momento, frente a otras opciones. Este nivel de exigencia puede aumentar el riesgo de fatiga a la hora de tomar decisiones y de inconsistencias clínicas, si no se cuenta con apoyos adecuados (supervisión, trabajo en equipo, revisión de casos).

 

Pruebas: si, pero…

En comparación con los estudios de eficacia de terapias basadas en los grandes modelos teóricos, la investigación disponible sobre los resultados directos de los tratamientos integradores es escasa. En general, la mayor parte de las evidencias son indirectas y se basan en el estudio de factores comunes, la existencia de diferentes enfoques con probada eficacia, el uso de preferencias y del feedback del consultante, etc. Son pruebas valiosas, sin duda, pero también insuficientes, y que nos llevan al manido mantra de muchas publicaciones científicas: “es necesaria más investigación”.

 

Algunas consideraciones finales

El enfoque integrador no es, en sí mismo, una garantía de calidad clínica. Tampoco es un problema per se. Su valor depende del grado de coherencia, formación y reflexión con el que se aplique. Integrar bien suele ser más difícil que aplicar un modelo de forma ortodoxa, no más fácil.

Quizá la pregunta relevante no sea si integrar o no, sino cómo, desde dónde y con qué criterios se integra. Cuando la integración se basa en una formulación de caso sólida, en el conocimiento de los procesos de cambio y en una práctica supervisada, puede constituir una de las formas más ajustadas de hacer psicoterapia hoy. Cuando se utiliza como coartada para la improvisación, suele generar más problemas de los que resuelve.

 


*Nota: esta es la primera entrada de blog en la que uso una herramienta de IA para una parte de su redacción, después revisada y editada por mí. Tenía ganas de hacer el experimento y ver cómo salía.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Pañuelos de papel

 

 

Hace unos cuantos años, coincidí en un viaje con una psicóloga que me contó, emocionada, que su jefa había tenido una idea "buenísima": quitar los paquetes de pañuelos de papel de la consulta. Habían observado que funcionaban como estímulos discriminativos de la conducta de llorar; quitándolos de la vista de los consultantes, lograban que llorasen menos en sesión. Ahora bien, el por qué se supone que eso es deseable no me lo explicó.

Tiempo después, como alumno de un máster, me encontré con un profesor que nos decía, lleno de seguridad, que si un "paciente" lloraba en consulta, bajo ningún concepto le acercáramos nosotros (los terapeutas) la caja de pañuelos, que "eso es contratransferencia" (también nos advirtió de mirar a otro lado si nos los cruzamos por la calle; ¡nada de saludar!).

Y, hace poco, leí a otro colega, en esta misma red, que afirmaba que acercar los pañuelos de papel al "paciente" podía hacerle sentir muy mal, como que le daba pena al terapeuta. Y eso perjudicaría al vínculo, a la terapia, etc.


En esos tres ejemplos echo en falta algo: ¿alguien se ha molestado en preguntarle a la persona su opinión o cómo se sentía al respecto? Claro que no. ¿Cuántas reglas como estas nos transmiten (y transmitimos) en nuestro proceso de aprendizaje? Es evidente que necesitamos tener ciertas reglas o principios que seguir para poder hacer nuestro trabajo; la cuestión es no olvidarse de lo que son: reglas, no Verdades inmutables. Seguirlas de forma rígida puede ser lo peor que podamos hacer. Porque nuestros actos tienen significados diferentes para cada persona, en función de su propia historia y circunstancias particulares.

Es como la duda sobre si ponerse en contacto o no con alguien que no acude a una cita programada. Es un tema que surge a menudo en supervisión y formación. "¿Llamo o no llamo?". Carl Rogers decía que no llamaba a los que no acudían y dejaba que fueran ellos los que tomasen la decisión de retomar el contacto; para él, era otra forma de mostrar respeto a su autonomía. Habrá quien viva como intrusivo el que su psicólogo se ponga en contacto para preguntar qué ha pasado; sin embargo, otras personas lo entenderán como una muestra de interés genuino.

Así que, cuando me preguntan, yo creo que lo idea sería llegar a un acuerdo al comienzo de la terapia, preguntando a la persona cuál sería su preferencia. Y así con otras tantas cosas del proceso terapéutico: pregunta, escucha, interésate por sus preferencias y trata de entenderlas. Colabora de forma radical y no tengas miedo a cuestionar las reglas que te han transmitido o que has creado.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Suicidio y autocuidado del terapeuta

Hoy es el día mundial de la prevención del suicidio. El suicidio, uno de los aspectos que más estrés generan en los terapeutas.

Hace 2 años, Eduardo Fonseca Pedrero y Susana Al-Halabí editaron el "Manual de psicología de la conducta suicida", una obra de referencia para cualquier profesional de la psicología interesado en el tema. Un libro fantástico que ofrece una mirada humana y contextual a este tema tan relevante.

Tuve el honor de poder participar en este manual, escribiendo un capítulo sobre autocuidado del terapeuta. Hoy es un buen día para recordar las recomendaciones que hicimos en esas páginas:

1. Mantente informado acerca de los factores de riesgo asociados al estrés laboral que pueden afectar a tu desempeño profesional.

2. Desarrolla e implícate, de forma intencional, en un plan de autocuidado a lo largo de toda tu carrera profesional.

3. Implícate en actividades a tu medida, en función de tus circunstancias, características y necesidades particulares.

4. Considera el autocuidado como una estrategia preventiva más que de intervención. La evidencia demuestra que los efectos del autocuidado son
muy limitados cuando el profesional ya sufre las consecuencias del estrés.

5. Monitoriza de forma continuada tu propio estado psicológico y físico, y estate atento a la presencia de factores de riesgo.

6. Encuentra un balance adecuado entre trabajo y vida personal, desarrollando otro tipo de actividades que no tengan que ver con la actividad profesional, estableciendo límites y diversificando.

7. Desarrolla flexibilidad a la hora de hacer frente a situaciones estresantes, combinando diferentes estrategias de afrontamiento cuando alguna no resulte eficaz.

8. Haz uso de tus redes sociales ajenas al trabajo como fuente de apoyo.

9. Llevar a cabo prácticas relacionadas con la espiritualidad, en un sentido amplio y personal (dar sentido al trabajo, estar en contacto con la naturaleza o prácticas más formales, por ejemplo).

10. Cuida tu salud física mediante una dieta adecuada, la práctica de ejercicio regular y la higiene del sueño.

11. Considera la posibilidad de hacer terapia personal cuando sea necesario.

 




lunes, 25 de agosto de 2025

Hay algo de ironía en este post

 ¿Cansado/a de sentirte inseguro/a como terapeuta? Tengo la solución para ti. Solo tienes que seguir las siguientes indicaciones.

4 PASOS PARA SENTIRTE SEGURO/A Y SABER QUÉ HACER CON CADA CASO:

1. Abraza el DSM. Sométete al modelo médico y convierte el manual diagnóstico por excelencia en tu brújula. Dejar de perder el tiempo preguntando por las circunstancias, presentes y pasadas, de la persona y comienza a explorar síntomas psicopatológicos. Si puedes, pasa tests "objetivos" que hagan el trabajo sucio por ti.

2. Trata trastornos, no personas. Trata a los/as consultantes como pacientes, como enfermos, personas en las que algo marcha mal, estereotipándolas. Simplifica tu trabajo y olvídate de las diferencias individuales, culturales, las preferencias, recursos personales, etc. Empieza a ver neurotransmisores mal regulados, genes defectuosos expresándose, pensamientos irracionales, estructuras disfuncionales... Que los árboles (los pacientes) no te impidan ver el bosque (su trastorno).

3. Elige un tratamiento específico en función del trastorno. No tengas en cuenta otros factores, solo este: revisa la lista de tratamientos psicológicos con apoyo empírico para la enfermedad que has diagnosticado y aplica el protocolo manualizado correspondiente. Si te causa inseguridad el hecho de que haya varios tratamientos disponibles, no te compliques la vida: haz terapia cognitivo-conductual y repite con fuerza y de manera acrítica el mantra de que es el "gold-standard" de la psicoterapia.

4. Si la terapia no funciona, culpa al paciente. Al fin y al cabo, tú ya has hecho un diagnóstico y aplicado la técnica adecuada; todo avalado por la CIENCIA. Si el paciente no se toma el tratamiento, es culpa suya que no haya mejoría. Ni se te ocurra plantearte otras explicaciones; no quieres volver a sentir esa inseguridad, ¿verdad?

....

Si, por algún extraño motivo, no te convencen estos pasos, solo se me ocurre otra propuesta: aceptar la inseguridad e incertidumbre como parte natural de esta profesión. Esto implica olvidarse de atajos e ignorar las falsas promesas que dicen que vas a poder saber qué hacer en cada momento con cualquier persona. También implica reconocer, aceptar y honrar las diferencias individuales, así como valorar las fortalezas de los consultantes y entender que no son personas defectuosas, enfermas o desvalidas necesitadas de un terapeuta salvador que les soluciones sus problemas.

Suerte con tu camino, sea el que sea.