Aquí la va la pregunta que tantas veces hemos leído en blogs de psicólogos/as y artículos web:
¿Cómo elegir un buen psicólogo/a?
Es una pregunta que me resulta bastante incómoda. ¿Sabes por qué? Porque implica depositar la responsabilidad, injustamente, en la persona que está buscando una terapia. No debería ser cosa suya tener que estar investigando si se va a poner en manos de un buen o un mal profesional o no. Esa responsabilidad debería ser tanto de los propios psicólogos como de los organismos que están relacionados con su formación y la regulación de la profesión. Esto atañe, por lo tanto, a la universidad, máster, PIR, colegio de psicólogos, Ministerio de Sanidad, etc. Y no, repito, debe recaer esa responsabilidad en la persona que está buscando ayuda, por muy bienintencionada que sea la pregunta de cómo elegir bien.
Que se plantee la cuestión tiene sentido. Como en todas las profesiones, hay buenos y malos psicólogos y psicólogas. Eso es innegable. Pero de nuevo, la persona que busca esa ayuda se encuentra en una situación en la que está sufriendo, desorientada, desconcertada, en un estado, muy a menudo, de gran vulnerabilidad. Y qué injusto es pedirle a alguien, en esas circunstancias, que tenga que estar viendo si elige bien o mal el psicólogo, de nuevo, sintiendo esa responsabilidad. Además, es injusto porque, obviamente, la persona no tiene por qué saber cómo se puede identificar a un buen o mal psicólogo, no tiene los conocimientos necesarios. Por si fuera poco, la pregunta en sí puede crear cierta desconfianza hacia los profesionales, que, en algunos casos, hay que decirlo, es una desconfianza merecida.
Incluso si aceptáramos que la persona que busca ayuda es la que tiene que diferenciar un buen de un mal profesional, la tarea es muy difícil, porque no estaríamos hablando de cosas observables, a priori. No basta con que uno ponga en su presentación, en su página web o redes sociales, que es competente en ciertas materias, que tiene un máster en esto o en lo otro, que es especialista en determinados tipos de problemas o que sigue un enfoque basado en la evidencia. Eso, por mucho que el profesional así lo crea y sea honesto, no es suficiente como para ser un buen profesional. Yo soy el primero que tiene ciertas formaciones y títulos en ciertas materias en las que no me considero competente, porque, por desgracia, desde hace mucho tiempo, hay bastantes títulos que es fácil sacar, simplemente, respondiendo a un cuestionario al final de la formación, que no demuestra que realmente seas competente en lo que has estudiado. No suele haber alguien que te dé un feedback preciso acerca de qué tal lo estás haciendo y que te ayude a mejorar. Y de nuevo, una cosa es decir, por ejemplo, que trabajo desde un “enfoque basado en la evidencia”, basado en la “ciencia” y que me lo crea, conocer la teoría, pero otra cosa es ser capaz de llevarla a la práctica con la suficiente pericia.
Sabemos, por los estudios sobre efectos del terapeuta y por otras investigaciones, que psicólogos que trabajan bajo el mismo enfoque tienen resultados muy distintos y que un factor fundamental es la pericia, el expertise, la competencia. Y en esto se repite lo mismo: el profesional puede tener la percepción de que es competente, pero no serlo realmente. Por lo tanto, al consultante que busca un psicólogo, no le queda más remedio que confiar en que lo que dice el clínico sea cierto.
También se podría fijar en los años de experiencia. Consideramos, en muchas profesiones, que los años de experiencia le hacen a uno más experto en su materia. Sin embargo, como sucede también en otras profesiones, hay estudios en el campo de la psicoterapia que demuestran algo curioso, que ya he comentado en alguna ocasión. Con el tiempo, por término medio, los terapeutas no solo mejoran sus resultados, sino que incluso empeoran ligeramente; habiendo, también, unos pocos que mejoran mucho con la experiencia y otros que incluso empeoran de manera dramática con los años. Es cierto que sin experiencia uno no puede convertirse en mejor profesional. Es un requisito necesario, pero no suficiente.
Imagínate un cirujano que no tiene contacto con otros profesionales. Él entra por una puerta en el quirófano, le dicen cuál es la operación que tiene que hacer, la realiza y se va a casa. Nadie le informa acerca de cómo ha ido esa operación. No tiene contacto con ningún otro colega, no recibe ningún feedback, no hace ningún seguimiento. Simplemente, repite su tarea una y otra vez hasta que sale por su puerta. Imagínate que ese cirujano está haciendo lo que aprendió y considera que es la mejor intervención. Puede ser que lo haga con mucha competencia, pero que esa intervención ya esté desfasada, superada por otras mejores; pero, como nadie se lo ha dicho, él sigue con lo suyo. Puede ser que la información no esté desfasada, pero que realmente lo aprendiera mal y no la esté haciendo suficientemente bien. Después de diez años de experiencia haciendo lo mismo, no podemos esperar que mejore si no tiene ninguna información que le ayude a saber si lo está haciendo bien o mal. Con la psicoterapia pasa algo parecido. Estamos dentro de nuestra consulta y salvo algunos valientes que graban sus sesiones y las supervisan, rara vez tenemos un feedback preciso, rara vez tenemos a alguien que nos esté observando y nos pueda decir qué tal lo estamos haciendo. Tenemos que confiar, y yo creo que la mayoría hacemos así, en que lo que hacemos es lo mejor para los consultantes. Pero que confiemos en ello no quiere decir que siempre sea así.
En definitiva, propongo cambiar la pregunta “¿cómo elegir un buen psicólogo” por “¿cómo hacemos para que todos los psicólogos sean buenos”.
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