viernes, 16 de junio de 2023

¿Qué preferimos psicólogos y consultantes en psicoterapia?

Hace un tiempo hablé sobre la importancia de las preferencias de las personas que acuden a psicoterapia. Y lo he mencionado en otros artículos y libros, ya que es un tema que me suscita mucho interés y al que suelo prestar bastante atención en mi trabajo diario. No me extenderé aquí en explicaciones teóricas y prácticas; para saber más, pronto podrás leer un artículo que acabo de publicar en la revista Papeles del Psicólogo (Trabajando con las preferencias del consultante en psicoterapia: consideraciones clínicas y éticas). Basta decir que es más probable que la terapia sea eficaz cuando es posible integrar las preferencias de cada persona. Y no solo se trata de una cuestión práctica, sino también ética: la Ley de Autonomía del Paciente o la Práctica Basada en la Evidencia en Psicología subrayan lo oportuno de considerar este factor a la hora de intervenir, asegurando la autonomía y la colaboración del consultante en la toma de decisiones clínicas.

Lo que sí quiero comentar hoy son los resultados de un pequeño estudio que realicé en mi consulta y que he presentado en el Congreso de ANPIR de este año. El póster con la investigación se puede consultar en formato digital en el siguiente enlace: ¿Qué preferencias tienen las personas que acuden a psicoterapia?

Como sugiere el título, he tratado de ver en qué medida los/as consultantes prefieren que las sesiones se lleven a cabo de una u otra manera. Para eso utilicé los resultados de una escala que suelo utilizar en las primeras sesiones, el Inventario de Preferencias Cooper-Norcross (C-NIP). El C-NIP consta de 18 preguntas, divididas en cuatro escalas acerca de:


·        Directividad: ¿prefiere la persona que el psicólogo sea directivo y estructure las sesiones? ¿O más bien ser ella quien marque el camino a seguir?

·       Intensidad emocional: ¿Desea que el profesional le anime a expresar y sentir emociones difíciles de tolerar o mejor que en las sesiones se tome cierta distancia sobre sus afectos y se hable más de sus pensamientos?

·        Foco temporal: ¿De qué momento de su vida cree que es más importante hablar: su pasado, su presente, su futuro?

·    Calidez vs cuestionamiento: ¿Prefiere que el/la terapeuta sea una fuente de apoyo incondicional y que no cuestione nada? ¿O que sea más bien “desafiante” y confrontador/a?

 

Antes de entrar en los resultados quiero mostrar los de unas encuestas que he estado llevando a cabo en mi cuenta de Twitter. Es justo señalar que los resultados que vamos a ver no tienen mucha validez: se han hecho en una red social, sin poder controlar quién respondió y con qué intenciones. No deben tomarse como algo significativo, solo a modo anecdótico. Pregunté varias cosas relativas a las preferencias, tanto de los/as consultantes como de los/as profesionales; porque sí, nos guste más o menos reconocerlo, los psicólogos también tenemos preferencias acerca de cómo enfocar la terapia. Es importante ser conscientes de ello, reflexionar y observar hasta qué punto afectan a nuestro trabajo clínico.

Una de las encuestas que hice tenía que ver con una preferencia muy general: ¿preferimos que nos de una pastilla para quitarnos el sufrimiento o hacer una terapia psicológica? Me interesaba ver qué opinaba la gente al respecto. A menudo, leo comentarios que dan a entender que la mayoría de las personas buscan una solución “rápida” o “fácil” (tomarse una pastilla) y que están menos dispuestos a implicarse en un tratamiento psicológico. Estos fueron los resultados de mi encuesta:

 

Estos datos encajan con mi percepción: al contrario de lo que algunas personas dicen, la gente prefiere tratar sus problemas sin medicación. La investigación así lo suele mostrar. Por ejemplo, en un estudio en el que participé cuando era residente, se les preguntó a las personas que eran derivadas a los servicios de salud mental qué preferían. Los resultados fueron los siguientes: “el 35,5% (n=43) de la muestra dice preferir psicoterapia, el 14% (n=17) tratamiento combinado y el 1,7% (n=2) tratamiento farmacológico. Finalmente, el 48,8% (n=59) no sabe/no contesta”.

Por supuesto, en la variabilidad está la clave: hay quien espera que un medicamento, o la intervención externa de un experto, sea la solución a sus problemas. Pero aún en este caso, hay que pensar a qué se debe esto. ¿Acaso algunos profesionales no venden la idea de que los problemas psicológicos se deben a desajustes en los neurotransmisores y que eso se “arregla” con un determinado fármaco? ¿No crean estos y otros expectativas erróneas respecto a lo que es la salud mental?

Dirigí una serie de preguntas a psicólogos/as para ver sus propias preferencias en las escalas que mide el C-NIP, así como su percepción subjetiva acerca de las preferencias de los/as consultantes. Los resultados fueron estos:

 
 
 





Me ha parecido interesante ver dos cosas: el alto porcentaje de compañeros/as que consideran que muchas personas prefieren hablar de su pasado y el también alto porcentaje que cree que las personas no quieren que sus terapeutas les confronten. Lo cierto es que en mi (limitadísimo y humilde) estudio se mostró algo distinto: pocos son los que prefieren hablar de su pasado y hay más gente de la que podríamos pensar que pide ser confrontada. Lo último, contradice otro mensaje manido: “algunos solo quieren escuchar lo que les interesa, que les des la razón; y cuando les contradices, dejan de venir”. Bueno, la cosa no es tan simple. Echemos un vistazo a los cinco ítems que mostraron una preferencia más fuerte, por término medio, en mi pequeña investigación:


·       Me gustaría que mi terapeuta me enseñara habilidades para lidiar con mis problemas.
·       Me gustaría que mi terapeuta cuestione mi conducta si cree que está mal.
·       Me gustaría que mi terapeuta me anime a adentrarme en emociones difíciles.
·       Me gustaría que mi terapeuta se centrara en objetivos específicos.
·       Me gustaría que mi terapeuta me animara a expresar sentimientos fuertes.

 

Como se puede ver, el segundo ítem indica que un gran porcentaje de personas afirma preferir ser confrontada por su psicólogo/a. Observamos, también, que si hablamos de la cuarta escala del C-NIP, hay más del doble de personas que prefieren una actitud del terapeuta “desafiante” de las que prefieren una actitud “cálida”. Eso no quita, al mismo tiempo, que también quieran que el clínico lo haga con amabilidad. No en vano, el sexto ítem que mostró una preferencia más fuerte es el que dice “me gustaría que mi terapeuta fuera amable” (vs desafiante). Es comprensible, ¿a quién no le gusta que le traten con amabilidad?

Los datos de mi investigación, a pesar de sus limitaciones, son muy similares a los que se encontraron en otros trabajos más rigurosos, con muestras mucho más amplias y en los que, además, se compararon las preferencias de los/as consultantes que las de los/as profesionales de salud mental. En los dos estudios que cito en el póster se repitió la misma diferencia: los/as terapeutas prefieren ser menos directivos y que las sesiones tengan mayor intensidad emocional, en comparación con aquellas personas a las que atienden.

Hay que hacer notar que en muchos casos (la mitad, en el caso de la muestra que yo estudié) o bien la gente señala que no tienen ninguna preferencia definida o da la misma importancia a ambos lados de cada una de las escalas. Es habitual que no haya una preferencia fuerte en ninguna dirección en el caso de individuos que nunca antes habían estado haciendo terapia. Sin olvidar aquello que escuchamos, a menudo, en consulta: “el experto eres tú, confío en tu criterio” (esta afirmación, en sí misma, se podría interpretar como una preferencia por la directividad del clínico).

 

En definitiva, si nos atenemos a los datos, podríamos decir que, por término medio, aquellas personas que van a terapia prefieren que el psicólogo sea directivo, se centre en su presente, imprima cierta intensidad emocional en las sesiones y les confronte (amablemente) cuando sea necesario. Pero esto, solo es estadística. El buen hacer clínico implica conocer las preferencias particulares de cada persona y saber cómo manejarlas, siempre atento a su competencia, ética profesional y a las mejores evidencias disponibles.

miércoles, 14 de junio de 2023

Supervisar y agradecer

 

¿Eres psicóloga/o, haces terapia y estás pensando en tener supervisión? Hazlo, no lo dudes. Busca al profesional adecuado y permítete cultivar tu desarrollo profesional. Personalmente, tener una supervisión constante ha sido una de las cosas que más me ha hecho mejorar como psicólogo clínico en los últimos tiempos. La formación, la experiencia, lo que aprendemos de los consultantes son factores que, sin duda, contribuyen a que seamos más eficaces en el día a día. Pero nada sustituye la utilidad de tener a otra persona que te ayuda a reflexionar sobre los casos y tu desempeño, te conoce y te orienta cuando es necesario. La supervisión clínica enriquece tu forma de trabajar. No es casualidad que en algunas encuestas los terapeutas hayan dicho que la supervisión ha sido la segunda contribución más importante a su desarrollo profesional, después de la experiencia trabajando con consultantes. Si te interesa, quizás quieras repasar estas dos entradas que escribí hace tiempo sobre la supervisión: Supervisión en Psicología Clínica y ¿Quién supervisa a los supervisores?

Si me preguntas, se me ocurren, al menos, tres motivos importantes para supervisar:  por ética (ya que trabajamos con algo tan sensible como la salud de las personas, conviene poner todos los medios posibles para garantizar que lo hacemos en las mejores condiciones), para ganar competencia (es una de las mejores contribuciones al desarrollo profesional de todos los clínicos, independientemente de su experiencia o el momento de su carrera en el que se encuentren) y como forma de autocuidado (es importante “ayudar al que ayuda”).

 

Yo llevo algún tiempo supervisando a otros profesionales y ahora vuelvo a tener tiempo para supervisar a alguno/a más. No te preocupes, no me voy a vender como el supervisor que necesitas o alguna memez similar. Nunca me gustó hacer marketing de mi persona ni de los servicios que ofrezco. Prefiero ser honesto y decir que no tengo ni idea de si voy a ser un buen supervisor para una persona determinada. En mi opinión, en esto pasa como en la terapia (que guarda tantas similitudes con el proceso de supervisión): uno puede hacerlo lo mejor posible y ser, en términos generales, un clínico eficaz, pero ser un profesional ineficaz con una persona determinada. El encaje entre unos y otros es fundamental: experiencia, formación, contexto de intervención, expectativas, método preferido de trabajar, etc. Son cosas que cuentan.

Lo que te puedo ofrecer es una supervisión adaptada a las necesidades y circunstancias de cada caso. Adaptada hasta cierto límite, claro. Hay muchas (¡muchas!) cosas en las que no soy competente ni experto y a las que, por lo tanto, no puedo adaptarme porque no haría un buen trabajo. Se trata de ver, resumidamente, qué es lo que te preocupa de un caso determinado, qué esperas de nuestro encuentro y cómo podemos hacer para que te resulte útil. Mi papel puede variar: quizás te haga preguntas para que reflexiones sobre algún aspecto concreto, o te ofrezca una perspectiva/hipótesis diferente sobre el caso, te anime a explorar aspectos ignorados, te anime a explorar tus propias dificultades o te oriente sobre posibles formas de intervenir. Me gusta recordar una cosa que aprendí de una buena supervisora hace años y que nunca olvidaré: no vamos a encontrar certezas en el proceso de supervisión. Yo nunca he encontrado la verdad sobre un caso cuando hablo de ello ni la puedo encontrar para otros compañeros de profesión. Ojalá pudiera ofrecer certezas, de verdad. Me encantaría decirte “ey, hagamos supervisión; yo te iluminaré y te diré exactamente lo que tienes que hacer para lograr los mejores resultados posibles”. ¡Ja! Me río solo de pensar en que alguien puede ofrecer semejante cosa. Quizás otros tengan certezas que ofrecerte, pero yo no. Creo que me queda algo de humildad, curiosidad, respecto y aceptación, pero no verdades absolutas.

 

 

Solo me queda una cosa que decir hoy. Quiero aprovechar la ocasión para agradecer, desde este rincón del mundo, a las personas que me han supervisado en algún momento de mi formación y/o ejercicio profesional y de las que he aprendido tanto, especialmente a Javier, Amalia, Pepa, Javi, Carmen, Iván, María… Gracias por estar conmigo en consulta, más presentes de lo que parece.

martes, 23 de mayo de 2023

Congreso de sentimientos (entorno a la Psicología Clínica).

Permite que me confiese: no tenía ninguna intención de escribir en mi blog sobre el XXII Congreso Nacional y III Internacional de la Sociedad Española de Psicología Clínica – ANPIR, celebrado (¡y tanto!) en Coruña el pasado fin de semana (18 a 20 de mayo de 2023, por si lees esto en un futuro lejano). No por nada en particular, simplemente me cuesta encontrar tiempo y motivación para escribir algo en este espacio (echo de menos aquellos tiempos en los que me podía permitir publicar cada 2 o 3 semanas y en los que tenía suficientes ideas como para mantener ese ritmo). Además, tengo otra entrada escrita y preparada para ver la luz. Pero tendrá que esperar. Lo que ha pasado en el mencionado congreso merece que le dedique unas pocas líneas. 

 


No voy a hacer una crónica al uso sobre los contenidos del congreso, como cuando estuve en Zaragoza o participé en la organización de las jornadas de Oviedo de 2019 (nota mental: si por algún extraño motivo quieres estar en un congreso sin poder disfrutarlo, no lo dudes y métete en el comité organizador), hablando de las ponencias y los talleres. Esta va a ser una crónica de los sentimientos asociados a estos días pasados. Algo a lo que, por lo visto en redes sociales, no soy el único que le ha dado importancia: basta ver los comentarios, fotos, ilusiones expresados por las personas que acudieron; pero no solo ellas, también se percibe la emoción en quienes aspiran a tener una plaza PIR en el futuro y que han mostrado su deseo de participar de “la fiesta de la Psicología Clínica”, como decía el actual presidente de la asociación en el acto inaugural, mi colega Javier Prado (por cierto, no es necesario ser residente ni psicólogo/a clínico/a para apuntarse y disfrutar del congreso). Lo entiendo, el año pasado me quedé con muchas ganas de asistir a Murcia cuando empecé a ver lo mucho que habían disfrutado las personas que estuvieron allí.

Sentimientos. Emociones. Hablemos un poco de esto. Para empezar, yo jugaba en casa. Algunas personas se sorprendían cuando les explicaba que soy de Coruña; allí nací y viví hasta hace 12 años. Me asocian a Asturias por vivir y trabajar en Gijón, pero no. Mi tierra es aquella y allí está mi familia de origen. Esto, de por sí, ya hizo que el congreso fuera muy especial para mí (y me permitió poder contar con apoyo familiar para poder conciliar y asistir a gran parte del evento).

Más sentimientos. La evolución de la asociación que antes era conocida como ANPIR y que ha cambiado de nombre, logo e imagen. Y de otras cosas que no son tan tangibles. Estuve una temporadita en la Junta Directiva, aunque, no nos engañemos, aporté muchos menos de lo que me hubiera gustado. Pero pude ver de cerca la pasión e implicación (voluntaria, sacada del tiempo libre y descanso de sus miembros) que ponían mis compañeras/os. Indescriptible. Algunos resultados que dan prueba del buen trabajo que están haciendo es ver que, en los últimos años, se baten récords de asistencia: casi 800 personas este año. Reconozco que el vídeo que acaban de publicar me ha emocionado un poco.

Sentimientos agradables al ver cómo algunos términos se repetían en las ponencias, conversaciones y asamblea de la sociedad: “derechos humanos”, “servicios públicos”, “estar al servicio de la sociedad”. Esta debe ser la razón de ser de la psicología clínica, el bienestar de la población. Se ha explicitado el rechazo al corporativismo (a pesar de lo que algunos/as piensen…), lo que contrasta con otros discursos que se escuchan en nuestro entorno. Y también se han repetido mensajes que llaman al activismo, al pluralismo, a la reflexión conjunta con otros actores que forman parte de esta historia, o a la crítica de lo que alguno llamó “evidencismo”.

Sentimientos de añoranza. Recuerdo las expectativas con las que iba a congresos y jornadas cuando era residente: aprender cosas útiles que pudiera poner en práctica el lunes siguiente en cuanto entrara en consulta. ¡Quería soluciones para los problemas de la gente! ¡Técnicas! ¡Revelaciones sobre el comportamiento humano! Cosas, en definitiva, que me dieran seguridad en mi trabajo. Estas expectativas, inevitablemente, supusieron más de una frustración. Hasta que llegué a ese punto, casi paradójico, en el que cuanto menos espero de una ponencia, más aprendo y disfruto. Ahora busco la reflexión, compartida y propia. Y eso es algo que siempre se puede obtener si vas con las orejas bien abiertas y lleno de interés. Adiós frustraciones.

Ahora viene la parte más emotiva: el contacto con la gente. Nunca fui el alma de las fiestas, más bien al contrario. Tiendo a ser el que se queda en una esquina con personas conocidas, deseoso de interactuar más. Así que ha sido raro y muy satisfactorio el haber podido saludar y charlar con tanta gente. Estos congresos son una buena ocasión para reencontrarte con colegas que, de otra manera, no verías. Pero también para desvirtualizar a compañeros/as con los que había tenido contacto a través de la red, pero todavía no en persona. Gente maravillosa, si me preguntas. Como también me lo parecieron aquellos que, sin conocernos, se acercaron a saludarme porque les gustan las cosas que escribo o cuento en contextos profesionales. Si estáis leyendo esto, aprovecho para daros las gracias por vuestro feedback. Me ayuda mucho y me motiva a seguir escribiendo cosas sobre psicología clínica y psicoterapia. Lástima no haber podido dedicar más tiempo a hablar con muchas de estas personas. El tiempo vuela y más cuando se crea un clima tan agradable. ¿Tal vez el próximo año, en Cádiz? Porque sí, en 2024 tocar ir hasta el sur. De nuevo, pegados al mar.

 

Sentimientos. Eso fue lo que nos dieron de comer y lo que respiramos. Así que, no me engañen: este no era un congreso de psicología clínica, era el Congreso Nacional e Internacional de los Abrazos, Apretones de Manos y Sonrisas Cómplices.