viernes, 20 de marzo de 2026

Hacer música, hacer terapia

Cuando era joven, empecé a tocar la guitarra, intentando aprender por mi cuenta. Incluso llegué a tener un grupo de música en el que disfrutaba mucho tocando mi guitarra eléctrica.

Sin embargo, había algo que me preocupaba: lo que tocaba no sonaba del todo bien; notaba, especialmente, que al apretar las cuerdas aquellos sonidos que salían del instrumento parecían tener algo raro. Yo pensaba que el problema era que no estaba apretando bien la cuerda. Y tenía razón, pero no de la manera que creía. Me parecía que lo que necesitaba era apretar todavía más fuerte con mis dedos la cuerda sobre el tr
aste. Y eso es lo que hacía.

Me sentía frustrado porque, a veces, sonaba bien, pero otras no. No lo sabía, pero me estaba equivocando. Iba a ensayar con mi grupo y seguía tocando de esa manera que había aprendido por mi cuenta (leyendo libros con ejercicios o buscando tablaturas de canciones que me gustaban y practicándolas). Mis compañeros no me decían nada, no notaban nada raro (o no se atrevían a decírmelo). Pero un día entramos en un estudio profesional para grabar una maqueta y recuerdo haberlo pasado muy mal. Se me viene a la mente la cara del técnico de sonido (de desesperación) al ver lo mucho que me costaba hacer sonar bien el instrumento. Fue una experiencia frustrante (aunque también muy agradable por la parte de tener nuestras canciones grabadas).

Me topé con alguien que me estaba ofreciendo un feedback con su cara, con sus comentarios, alguien que estaba diciéndome que había algo que yo no estaba haciendo bien. Y no era que no estuviera tocando ni el instrumento adecuado, ni la nota correcta, ni la cuerda y el traste correspondientes, sino que no lo estaba haciendo de la manera eficaz. Sin embargo, tampoco me explicó cómo tenía que hacerlo. Bueno, él no estaba ahí para eso, obviamente.

Con el tiempo (y casi me da vergüenza admitirlo, porque fue mucho tiempo), entendí que justo lo que estaba intentando yo hacer para solucionar el problema, para mejorar mi técnica, era lo contrario de lo que debía hacer. No se trataba de apretar más la cuerda (esto lo sabe cualquier guitarrista experimentado), sino al contrario, apretar lo mínimo necesario para provocar un sonido limpio. Cuando comprendí esto, cambiaron las cosas.

¿Y qué hago yo hablando de tocar la guitarra, y no de psicoterapia? Bueno, quizás... ya te lo has imaginado. Estoy pensando en la aplicación, en terapia, de habilidades, terapéuticas y de técnicas. No es suficiente con saber la teoría, que también es importante. Hay que saber qué instrumento utilizar, como en la música, entender bien cuál es el tempo, una de las cosas que a mí también me costaba aprender, el ritmo, para ir en consonancia con el resto de los compañeros que está tocando la misma canción. Por cierto, también es obvio que hay que saber qué canción estamos tocando y que esta sea la misma. Ir a la misma velocidad, por lo tanto, saber también cuál es la nota y cómo tienes que poner tus manos en la guitarra para que suene esa nota. Saber cuál es la técnica a utilizar, saber en qué momento y saber a qué ritmo. Y hacerlo con precisión, apretar las cuerdas de la manera correcta.

Puedes saber perfectamente cómo es una habilidad, cuál es su descripción, cómo es una técnica, en qué situaciones se utiliza, pero necesitas saber también comprobar que lo ejecutas con competencia. Y esto, si depende solo de tu propia observación, es muy complicado. Quizás, con suerte, lo hagas bien, pero más probablemente no sea así. Siempre podrás basarte un poco en el feedback si prestas atención de los consultantes y al efecto que tienen tus intervenciones. Pero sin duda, algo fundamental es contar con alguien más experto, que conoce bien esas técnicas, habilidades, el tipo de intervenciones que vas a hacer en terapia y que te da un feedback preciso sobre tu desempeño. Es decir, te está viendo y sabe de alguna manera fiable cómo lo estás haciendo. Y que te explique de una forma empática y amable (y también clara y concreta) cómo puedes hacerlo para que la guitarra suene un poco mejor. Siendo consciente de que nadie te puede garantizar que esa melodía que estás tocando guste a todo el mundo, es decir, que la técnica o la intervención tenga el efecto deseado.

Toca fijarse en las caras del público y escuchar sus comentarios (pedir feedback) para ver si esa es la canción adecuada para ese momento y para ese público en concreto, si esa intervención ha dado en la diana o no. Y por supuesto, seguir preguntando. ¿Qué tipo de canción te gustaría escuchar? ¿Cuál es el instrumento que hace falta para conseguir que suene esa melodía? ¿Y a quiénes más necesitamos que formen parte de la banda? ¿Cuál es el objetivo? ¿Ante quién vamos a actuar? ¿Cómo hacemos este trabajo juntos, consultante, psicólogo, supervisor, para conseguir, no que esa canción sea un éxito, no que sea el número uno en la radio, sino que nos haga sentir a gusto al escucharla?

viernes, 6 de marzo de 2026

La injusticia de tener que elegir un "buen" psicólogo

 Aquí la va la pregunta que tantas veces hemos leído en blogs de psicólogos/as y artículos web:

¿Cómo elegir un buen psicólogo/a?

 

Es una pregunta que me resulta bastante incómoda. ¿Sabes por qué? Porque implica depositar la responsabilidad, injustamente, en la persona que está buscando una terapia. No debería ser cosa suya tener que estar investigando si se va a poner en manos de un buen o un mal profesional o no. Esa responsabilidad debería ser tanto de los propios psicólogos como de los organismos que están relacionados con su formación y la regulación de la profesión. Esto atañe, por lo tanto, a la universidad, máster, PIR, colegio de psicólogos, Ministerio de Sanidad, etc. Y no, repito, debe recaer esa responsabilidad en la persona que está buscando ayuda, por muy bienintencionada que sea la pregunta de cómo elegir bien.

Que se plantee la cuestión tiene sentido. Como en todas las profesiones, hay buenos y malos psicólogos y psicólogas. Eso es innegable. Pero de nuevo, la persona que busca esa ayuda se encuentra en una situación en la que está sufriendo, desorientada, desconcertada, en un estado, muy a menudo, de gran vulnerabilidad. Y qué injusto es pedirle a alguien, en esas circunstancias, que tenga que estar viendo si elige bien o mal el psicólogo, de nuevo, sintiendo esa responsabilidad. Además, es injusto porque, obviamente, la persona no tiene por qué saber cómo se puede identificar a un buen o mal psicólogo, no tiene los conocimientos necesarios. Por si fuera poco, la pregunta en sí puede crear cierta desconfianza hacia los profesionales, que, en algunos casos, hay que decirlo, es una desconfianza merecida.

Incluso si aceptáramos que la persona que busca ayuda es la que tiene que diferenciar un buen de un mal profesional, la tarea es muy difícil, porque no estaríamos hablando de cosas observables, a priori. No basta con que uno ponga en su presentación, en su página web o redes sociales, que es competente en ciertas materias, que tiene un máster en esto o en lo otro, que es especialista en determinados tipos de problemas o que sigue un enfoque basado en la evidencia. Eso, por mucho que el profesional así lo crea y sea honesto, no es suficiente como para ser un buen profesional. Yo soy el primero que tiene ciertas formaciones y títulos en ciertas materias en las que no me considero competente, porque, por desgracia, desde hace mucho tiempo, hay bastantes títulos que es fácil sacar, simplemente, respondiendo a un cuestionario al final de la formación, que no demuestra que realmente seas competente en lo que has estudiado. No suele haber alguien que te dé un feedback preciso acerca de qué tal lo estás haciendo y que te ayude a mejorar. Y de nuevo, una cosa es decir, por ejemplo, que trabajo desde un “enfoque basado en la evidencia”, basado en la “ciencia” y que me lo crea, conocer la teoría, pero otra cosa es ser capaz de llevarla a la práctica con la suficiente pericia.

Sabemos, por los estudios sobre efectos del terapeuta y por otras investigaciones, que psicólogos que trabajan bajo el mismo enfoque tienen resultados muy distintos y que un factor fundamental es la pericia, el expertise, la competencia. Y en esto se repite lo mismo: el profesional puede tener la percepción de que es competente, pero no serlo realmente. Por lo tanto, al consultante que busca un psicólogo, no le queda más remedio que confiar en que lo que dice el clínico sea cierto.

También se podría fijar en los años de experiencia. Consideramos, en muchas profesiones, que los años de experiencia le hacen a uno más experto en su materia. Sin embargo, como sucede también en otras profesiones, hay estudios en el campo de la psicoterapia que demuestran algo curioso, que ya he comentado en alguna ocasión. Con el tiempo, por término medio, los terapeutas no solo mejoran sus resultados, sino que incluso empeoran ligeramente; habiendo, también, unos pocos que mejoran mucho con la experiencia y otros que incluso empeoran de manera dramática con los años. Es cierto que sin experiencia uno no puede convertirse en mejor profesional. Es un requisito necesario, pero no suficiente.

Imagínate un cirujano que no tiene contacto con otros profesionales. Él entra por una puerta en el quirófano, le dicen cuál es la operación que tiene que hacer, la realiza y se va a casa. Nadie le informa acerca de cómo ha ido esa operación. No tiene contacto con ningún otro colega, no recibe ningún feedback, no hace ningún seguimiento. Simplemente, repite su tarea una y otra vez hasta que sale por su puerta. Imagínate que ese cirujano está haciendo lo que aprendió y considera que es la mejor intervención. Puede ser que lo haga con mucha competencia, pero que esa intervención ya esté desfasada, superada por otras mejores; pero, como nadie se lo ha dicho, él sigue con lo suyo. Puede ser que la información no esté desfasada, pero que realmente lo aprendiera mal y no la esté haciendo suficientemente bien. Después de diez años de experiencia haciendo lo mismo, no podemos esperar que mejore si no tiene ninguna información que le ayude a saber si lo está haciendo bien o mal. Con la psicoterapia pasa algo parecido. Estamos dentro de nuestra consulta y salvo algunos valientes que graban sus sesiones y las supervisan, rara vez tenemos un feedback preciso, rara vez tenemos a alguien que nos esté observando y nos pueda decir qué tal lo estamos haciendo. Tenemos que confiar, y yo creo que la mayoría hacemos así, en que lo que hacemos es lo mejor para los consultantes. Pero que confiemos en ello no quiere decir que siempre sea así.

En definitiva, propongo cambiar la pregunta “¿cómo elegir un buen psicólogo” por “¿cómo hacemos para que todos los psicólogos sean buenos”.