lunes, 24 de agosto de 2026

Arenas movedizas

Si te dedicas a la psicoterapia, seguramente te habrás encontrado en más de una ocasión con alguna situación parecida a las siguientes. Es algo que sucede inevitablemente y que puede presentarse de diferentes maneras. Por ejemplo:

- La persona que está contigo en consulta te habla de una situación muy parecida a la que tú viviste, hace mucho tiempo o más recientemente: un accidente de coche, un viaje, un conflicto con otra persona, etcétera. 

- Te habla de los problemas que tiene con otra persona y la dinámica que describe se parece mucho a la relación que tienes tú con otra persona en tu vida personal. 

- Te comenta las dificultades que tiene en una relación muy cercana; por ejemplo, con su pareja. Y en lo que explica ves muchas similitudes entre su pareja y la tuya y entre cómo se siente esta persona en su relación y cómo te sientes tú. 

- O, siguiendo con el ejemplo anterior, te ves reflejado no en el/la consultante, sino en la otra persona. Por ejemplo, se queja de las mismas cosas que tu pareja critica en ti mismo/a.

Verse reflejado en lo que nos cuentan otras personas es completamente normal, forma parte de la vida, es fundamental para socializar, conectar y sobrevivir. El problema es que, en el contexto de una relación terapéutica, cómo se manejen este tipo de situaciones puede influir en lo que suceda en la sesión de manera significativa, beneficiando o perjudicando al consultante. De forma simplificada y resumida pueden darse dos situaciones: 

- Que tú, como profesional, no seas consciente de las cosas que están pasando y que tienen similitudes con tu vida. Este es el peor de los escenarios, porque el riesgo de que respondas de manera irreflexiva es mayor. 

- La otra opción es que seas consciente, en el momento, de que te estás viendo reflejado en lo que estás escuchando. Y aquí también pueden pasar varias cosas: que seas capaz de no sobreidentificarte con el consultante, dejar de lado tus propias circunstancias y llevar a cabo una intervención terapéutica o, por el otro lado, que te dejes llevar por la sensación de que estás entendiendo perfectamente a la persona e intervengas basándote en una falsa empatía, es decir, pensando más bien en lo que tú querrías oír, lo que querrías que hicieran contigo, o reproduciendo lo que haces fuera de la sesión. Con buena intención, por supuesto, pensando en que eso es lo mejor para la persona, pero sin que en el fondo sea así.


Cuando era niño, era bastante frecuente encontrarse en las películas de aventuras con algo que se llama arenas movedizas. Los incautos que caían en estas arenas se veían atrapados por ellas. Cuanto más intentaban avanzar, más se los tragaban, llegando incluso a engullirlos del todo. Las arenas movedizas existen en la realidad, aunque es imposible que te acaben tragando. Situaciones como de las que estoy hablando aquí, me recuerdan un poco a esas arenas movedizas, en el sentido de que cuanto más te esfuerces por ir en una dirección, puedes acabar más hundido. 

La clave para escapar es ser consciente de dónde estás, de lo que está pasando. Fijarte en el entorno, en el contexto. Olvidarte, en cierto sentido, de ti mismo y buscar puntos de apoyo en el horizonte. Mantener la calma. Actuar de manera reflexiva. Esto implica ser consciente de que está sucediendo algo en lo que te estás viendo reflejado y de que tienes que ser cuidadoso de no confundir tus propias sensaciones, emociones, creencias y preferencias con las del consultante o persona que tienes delante. Puede que su situación sea muy parecida a la tuya, y lo será en muchos aspectos, pero en otros fundamentales será muy diferente. Ahí es donde conviene afinar, moverse con cautela, explorando y tanteando el terreno. La pregunta clave a hacerse es: "Así como me siento yo. Pero ¿es así como se siente esta persona?" Centrarse en el otro, no en uno mismo. Por supuesto que, a veces, esas similitudes se pueden utilizar a modo de autorrevelaciones, pero siempre hay que tener cuidado de plantearse con qué intención se hace la intervención, hipotetizando qué cambios se quieren conseguir en la persona, para qué y de qué manera lo que vayamos a revelar puede producir ese cambio.

Hay que andar con mucho ojo de no estar intentando resolver en sesión nuestro propio conflicto, el que tenemos fuera de la consulta. Por ejemplo, no ponernos del lado de la persona criticada porque nos estamos identificando con ella, defendiéndola o justificándola, ni tampoco al revés. No son tus necesidades las que hay que atender en ese momento. 

Para esto, la mejor estrategia es estar atento a esas situaciones, reconocer el impacto que tienen en uno mismo y tomarse un tiempo antes de intervenir para asegurar que se hace por el beneficio de la persona y no para satisfacer las propias necesidades o ansiedades.