Desde hace tiempo, es conocida una tendencia creciente en psicoterapia: cada vez más profesionales dicen trabajar desde un enfoque integrador, desmarcándose de la siempre presente lucha entre modelos teóricos. Si has seguido mis publicaciones, quizás sepas que yo mismo apoyo la integración en psicoterapia, al tiempo que soy consciente de sus limitaciones y problemas.
Que este enfoque sea el preferido de muchos clínicos no significa que esté bien delimitado ni garantiza que se aplique correctamente. Bajo la etiqueta integración conviven prácticas clínicas muy diferentes, algunas altamente sofisticadas y otras con preocupantes carencias. El problema aparece cuando se utiliza el término “integrador” como paraguas para justificar decisiones clínicas poco fundamentadas o difíciles de explicar más allá del “a mí me funciona”.
Un error habitual queda ejemplificado en una reciente publicación vista en redes sociales. Una psicóloga defendía la integración en terapia indicando cosas como que “la terapia cognitivo-conductual no trabaja las emociones”, “la terapia sistémica no trabaja el trauma” o que “en ACT no se trabaja con el niño interior”. Una justificación de este tipo pone en evidencia carencias importantes respecto a conocimientos y competencias que deberían ser básicas en nuestra profesión, como el hecho de entender que cualquier modelo teórico de psicoterapia procura comprender y explicar todo el comportamiento humano, no solo partes de él. En este ejemplo también podemos ver un problema habitual: la introducción de conceptos pseudocientíficos, como lo de “el niño interior” o el uso de “el tarot terapéutico”.
En este texto vamos a reflexionar brevemente sobre lo que aporta un enfoque integrador, lo que exige, sus limitaciones y los riesgos que puede llevar si no se aplica con suficiente conocimiento.
¿Sabemos qué es integrar?
Integrar no es, o no debería ser, la aplicación de técnicas procedentes de distintos modelos, sin ton ni son. No debería ser sinónimo de eclecticismo improvisado ni de libertad absoluta en la intervención. En su acepción más sólida, el enfoque integrador implica articular distintas perspectivas teóricas y técnicas dentro de un marco coherente que permita comprender el funcionamiento del problema y orientar la intervención. Es decir, es necesaria una explicación fundamentada que justifique el tener en cuanto recursos, propuestas e intervenciones que parten de supuestos teóricos muy diferentes, que elimine contradicciones e incoherencias.
La literatura distingue, al menos, entre integración teórica, integración asimilativa y eclecticismo técnico. No todas estas formas tienen el mismo respaldo ni las mismas exigencias. Las definiciones, supuestos teóricos y formulaciones varían en función del autor de turno.
Este es uno de los principales problemas: hablamos de integrar, pero, muchas veces, no está claro a qué nos referimos; mezclamos, más bien, y no es lo mismo.
Ventajas del enfoque integrador
Ajuste a la complejidad clínica real
Una de las principales virtudes del enfoque integrador es su capacidad para ajustarse a la complejidad de los casos reales. La mayoría de los consultantes no presentan problemas delimitados, lineales y fácilmente clasificables. La comorbilidad, la cronificación, las dificultades relacionales y los contextos vitales adversos son más la norma que la excepción.
Algunos señalan que un enfoque aplicado rígidamente puede quedarse corto para abordar esta complejidad. La integración permite trabajar simultáneamente sobre distintos niveles: síntomas, procesos psicológicos, patrones relacionales, historia de aprendizaje y contexto actual. No se trata de hacerlo todo a la vez, sino de poder conceptualizar el caso sin forzarlo a encajar en un único molde teórico. Aunque, como veremos, esto está sujeto a ciertos problemas muy importantes, en cuanto a epistemología: ¿cómo explicamos el uso combinado de teorías con bases tan diferentes?
Flexibilidad técnica basada en evidencia
Otro aspecto relevante es la posibilidad de seleccionar intervenciones con respaldo empírico procedentes de distintos modelos. La investigación contemporánea en psicoterapia ha ido desplazando el foco desde las escuelas hacia los procesos de cambio. En este contexto, la fidelidad a una marca terapéutica concreta resulta menos relevante que la capacidad para identificar qué procesos están implicados en el mantenimiento del problema y qué intervenciones pueden influir sobre ellos.
Desde esta perspectiva, la integración no es una renuncia a la evidencia, sino una forma de utilizarla de manera más flexible y contextualizada. Ahora bien, esto exige un conocimiento real de dicha evidencia, no guiarse por la mera intuición o experiencia personal. ¿Pero cómo hacemos para usar estas intervenciones de una manera coherente con el planteamiento terapéutico de cada caso particular?
Atención explícita a los factores comunes
Los enfoques integradores suelen prestar mayor atención a los factores comunes de la psicoterapia. La investigación lleva décadas señalando que estos factores explican una parte sustancial de la varianza en los resultados, independientemente del modelo específico utilizado.
Integrar implica, en muchos casos, asumir que la técnica no opera en el vacío y que su eficacia está mediada por la relación terapéutica y el contexto en el que se aplica. Esto no convierte a la psicoterapia en un ejercicio puramente relacional, pero sí obliga a considerar estos elementos como parte central de la intervención y no como meros pre-rrequisitos. Aquí podemos preguntarnos lo siguiente: si son factores comunes y ya están presentes en todos los modelos, ¿qué necesidad habría de integrar, si debería ser suficiente con un enfoque teórico que ya incluya dichos factores?
Mayor personalización del tratamiento
La integración encaja bien con enfoques idiográficos y con la formulación de caso como herramienta central. En lugar de aplicar protocolos de manera estandarizada, el tratamiento se diseña en función de las características del consultante: su historia, sus recursos, su estilo interpersonal, sus valores y sus circunstancias vitales. Evidencia a favor de esto la encontramos, por ejemplo, en estudios como los de las preferencias en psicoterapia.
Esta personalización no implica ausencia de estructura, sino todo lo contrario: requiere una formulación clara que permita decidir qué intervenir, cuándo y por qué. En este sentido, la integración bien hecha suele ser más exigente que la aplicación protocolizada de un modelo único. De nuevo, podríamos hacer aquí una apreciación importante: muchos otros modelos teóricos utilizan la formulación de caso y no se basan en protocolos.
Desarrollo profesional del terapeuta
Desde el punto de vista del terapeuta, el enfoque integrador favorece el desarrollo profesional a largo plazo. Obliga a salir del dogmatismo teórico, a revisar supuestos propios y a mantener una actitud de aprendizaje continuo. También fomenta una práctica más reflexiva, en la que las decisiones clínicas deben poder justificarse más allá de la pertenencia a una escuela.
No obstante, esta ventaja solo se materializa cuando la integración se apoya en una formación sólida y en supervisión continuada. Pero ¿acaso no hay desarrollo profesional en terapeutas que se identifican con un modelo teórico específico? Por supuesto que sí.
Problemas y riesgos del enfoque integrador
El eclecticismo técnico sin brújula
El riesgo más citado, y probablemente el más frecuente, se encuentra en el eclecticismo técnico. Mezclar intervenciones de distintos modelos sin una lógica clara puede generar tratamientos incoherentes y poco eficaces. El hecho de que una técnica funcione en determinados contextos no garantiza que sea adecuada para cualquier caso ni compatible con otras intervenciones que se estén utilizando (y, además, siempre está presente el debate de cómo funciona).
Cuando la integración se reduce a una caja de herramientas desordenada, el criterio de selección suele ser implícito, intuitivo o directamente idiosincrásico. Esto dificulta tanto la evaluación de resultados como la supervisión y el aprendizaje clínico.
Problemas epistemológicos.
¿Cómo encajar conceptos que surgen de teorías tan diferentes como la psicodinámica y el conductismo, por ejemplo? Este es uno de los principales problemas, una cuestión muy delicada, especialmente para aquellos interesados en entender a fondo los fundamentos del comportamiento de los seres humanos, sus conflictos psicológicos y el efecto de la terapia. Una buena integración demanda una teoría que pueda explicar cómo funcionan las cosas que hacemos. Hay varias propuestas al respecto, de las cuáles las más prometedores son las que tratan de desarrollar un marco meta-teórico que abarque diferentes modelos. Pero es un asunto complejo y espinoso.
Pérdida de coherencia para el consultante
La coherencia percibida del tratamiento es un factor relevante para la implicación del consultante. Si la intervención cambia constantemente de foco o de explicación sin un hilo conductor claro, la persona puede experimentar confusión, desorientación o pérdida de confianza en el proceso.
Integrar no significa cambiar de marco explicativo en cada sesión. Al contrario, exige un esfuerzo explícito por mantener una narrativa terapéutica comprensible, incluso cuando se utilizan técnicas procedentes de modelos distintos.
Exigencias elevadas en formación y supervisión
La integración exige mucho al terapeuta. No basta con conocer superficialmente varios modelos; es necesario haber internalizado al menos uno de ellos de forma profunda antes de poder integrar de manera competente. Sin esa base, la integración suele quedarse en la superficie y reproducir errores comunes.
Además, la supervisión de tratamientos integradores es más compleja, ya que no puede apoyarse únicamente en la fidelidad a un manual. Requiere supervisores con experiencia clínica amplia y capacidad para pensar en términos de procesos y formulación.
Dificultades para la investigación y la evaluación
Desde el punto de vista científico, los tratamientos integradores son más difíciles de estudiar. La heterogeneidad de intervenciones y la adaptación continua al caso complican la manualización y la replicabilidad. Esto no invalida el enfoque, pero sí obliga a desarrollar metodologías de investigación más acordes con su naturaleza.
En la práctica clínica, esta dificultad también se traduce en una evaluación menos sistemática de los resultados si no se utilizan medidas y criterios claros desde el inicio.
Alta carga cognitiva para el terapeuta
Finalmente, la integración incrementa la carga decisional del terapeuta. Cada intervención implica decidir no solo qué hacer, sino por qué hacerlo en ese momento, frente a otras opciones. Este nivel de exigencia puede aumentar el riesgo de fatiga a la hora de tomar decisiones y de inconsistencias clínicas, si no se cuenta con apoyos adecuados (supervisión, trabajo en equipo, revisión de casos).
Pruebas: si, pero…
En comparación con los estudios de eficacia de terapias basadas en los grandes modelos teóricos, la investigación disponible sobre los resultados directos de los tratamientos integradores es escasa. En general, la mayor parte de las evidencias son indirectas y se basan en el estudio de factores comunes, la existencia de diferentes enfoques con probada eficacia, el uso de preferencias y del feedback del consultante, etc. Son pruebas valiosas, sin duda, pero también insuficientes, y que nos llevan al manido mantra de muchas publicaciones científicas: “es necesaria más investigación”.
Algunas consideraciones finales
El enfoque integrador no es, en sí mismo, una garantía de calidad clínica. Tampoco es un problema per se. Su valor depende del grado de coherencia, formación y reflexión con el que se aplique. Integrar bien suele ser más difícil que aplicar un modelo de forma ortodoxa, no más fácil.
Quizá la pregunta relevante no sea si integrar o no, sino cómo, desde dónde y con qué criterios se integra. Cuando la integración se basa en una formulación de caso sólida, en el conocimiento de los procesos de cambio y en una práctica supervisada, puede constituir una de las formas más ajustadas de hacer psicoterapia hoy. Cuando se utiliza como coartada para la improvisación, suele generar más problemas de los que resuelve.
*Nota: esta es la primera entrada de blog en la que uso una herramienta de IA para una parte de su redacción, después revisada y editada por mí. Tenía ganas de hacer el experimento y ver cómo salía.
