lunes, 15 de julio de 2024

Las raíces del terapeuta-centrismo

 [Esta entrada es una versión escrita de la ponencia que di en las últimas jornadas dela Sociedad Española de Psicología Clínica, en Cádiz.]

 

Esto va a ser una reflexión personal cuyo objetivo es encontrar los motivos o causas que pueden llevarnos, como psicólogos clínicos, a adoptar una postura de terapeuta-centrismo, un concepto que describiré a continuación y que puede contribuir a la aparición de rupturas en la alianza terapéutica, lo que afecta a los resultados de la psicoterapia e, incluso, en el peor de los casos, tiene el potencial de dañar psicológicamente a los consultantes. Voy a intentar plantear posibles explicaciones y no caer en la trampa de señalar, únicamente, al individuo que muestra prácticas terapeuta-centristas, sino considerar las circunstancias que pueden llevar a estas situaciones. De este análisis surgirán algunas propuestas, posibles soluciones a implementar. Tanto unas como otras (causas y soluciones) son reflexiones personales; están abiertas a la crítica, al cuestionamiento, la validación y la modificación. El debate y la discrepancia son bienvenidos aquí.

 

Rupturas en la alianza.

En el contexto de la psicoterapia, por ruptura en la alianza entendemos un tipo de deterioro en la alianza terapéutica que se puede reflejar de diferentes maneras: falta de acuerdo en los objetivos, falta de colaboración o entendimiento, o problemas relativos al vínculo emocional típico del contexto terapéutico. Las rupturas pueden afectar negativamente al desarrollo de la terapia y su presencia (si no hay reparación) se asocia a peores resultados. Se dan con mayor frecuencia de lo que uno podría pensar (seguramente, día a día nos enfrentamos a micro-rupturas que resolvemos de una manera natural). En ocasiones, incluso el proceso de ruptura y reparación se convierte en un componente clave de la terapia, uno de los principales factores de cambio.

Aprovecho aquí pare recomendar un libro que me parece muy bueno: Rupture and Repair in Psychotherapy. Es un monográfico que nos ofrece en cada capítulo diferentes enfoques a la hora de abordar las rupturas en la alianza (terapia sistémica, cognitivo-conductual, integradora, psicodinámica, etc.).

El estudio de las relaciones terapéuticas eficaces nos ha mostrado qué cosas no son de ayuda en terapia; comportamientos del profesional que, en el peor de los casos, pueden llegar a ser dañinos. Los podemos considerar como factores que propician rupturas en la alianza. Entre ellos, se encuentra el terapeuta-centrismo, que creo que es una actitud que se repite más de lo que nos gustaría y que, en mi opinión, subyace a muchos de los otros factores mencionados en este párrafo (ver la siguiente tabla).

 

Terapeuta-centrismo

A la hora de definir este concepto, se me viene a la cabeza la clásica frase “el cliente siempre tiene la razón”, solo que, en este caso, tendría que reformularse de la siguiente manera: “el/la terapeuta siempre tiene* la razón”. (*en verdad, “cree tener” la razón). Estamos frente a una situación en la que el psicólogo clínico privilegia, frente a las ideas y experiencias de los consultantes, sus propias ideas acerca de qué es lo que tiene que cambiar la persona, cómo tiene que hacerlo (las propias preferencias del profesional), su visión acerca de cómo está la alianza terapéutica, sus experiencias, sus valores, su visión del mundo o hasta sus propios sentimientos. Y ya no es solo que privilegie lo anterior, sino que lo hace de forma inflexible e injustificada. Por supuesto, nosotros, como especialistas, tenemos ideas acerca de lo que tiene que cambiar y de cómo hacerlo, experiencias y valores propios, formas de entender la salud y el mundo, sentimientos… y, en ocasiones, hacemos buen uso de ello. Ese no es el problema; el problema es que esto sea privilegiado de forma injustificada, no guiados por buenas prácticas clínicas, sino por otras cuestiones.

Este terapeuta-centrismo queda en entredicho, como mínimo, si consideramos la evidencia que muestra que la mayor parte del cambio en psicoterapia no tiene que ver con el tratamiento, si no con las características de la persona y las circunstancias que rodean e influyen en su vida. Lo anterior no quita valor ni a la pericia clínica ni a la terapia en sí: tienen su influencia (a veces, enorme), pero en, en general, es modesta si la comparamos con otras cosas. Por ello, la práctica basada en la evidencia habla de integrar en la intervención todas estas variables de la mejor manera posible.

 

Posibles causas del terapeuta-centrismo.

¿Cuáles son las causas que nos pueden llevar a esto? ¿Cuáles son los orígenes y los factores que mantienen esas situaciones en la que una persona formada en psicoterapia adopta una actitud que no aporta nada a la terapia y que, incluso, rompe la alianza? Ejemplos de esto los tenemos a diario, por desgracia, y algunos son incluso públicos. En el congreso comenté algunos de ellos con la intención de que nos sirvieran para reflexionar sobre lo que podía estar pasando (en esta entrada no los reproduciré: me preocupa que eso lleve a señalar al individuo, que tiene su responsabilidad, e ignorar otros factores más contextuales, estructurales o sistémicos). Lo fácil es apuntar con el dedo y decir “¡menudo psicólogo! ¡Mira qué barbaridades hace!”; eso, bajo mi punto de vista, sería un error. Esa persona está inmersa en un entorno y tiene una historia. Quienes han participado en su formación y desarrollo profesional (tanto personas, como organizaciones/instituciones) también tienen su responsabilidad. Además, lector/a, no olvides que puede que tú también hayas caído en el terapeuta-centrismo en alguna ocasión; yo, por desgracia, lo he hecho. Conocer las causas quizás nos sirva para encontrar soluciones; señalar al individuo o “corregirlo” no va a resolver el problema de fondo. Quizás él/ella solo sea un síntoma de otras cosas.

 

Formación

Quizás una de las causas más evidentes es que pueda existir un problema en la formación. Por ejemplo, en ocasiones, algunas personas caen en la trampa de ver la terapia como una situación en la que el “paciente” acude a una persona especialista que le indica unas “pautas” preestablecidas que, supuestamente, solucionarán los problemas del primero; y, si este no “cumple” con lo que se le ha pautado, entonces no tiene derecho a volver y quejarse de no ver resultados. ¿Es posible que a algunos psicólogos les hayan enseñado esta forma de entender su trabajo u otra versión similar? Puede que en su formación hayan quedado algunos huecos y que, por lo tanto, desconozcan datos importantes sobre la psicoterapia, como que el principal factor de cambio es el consultante; o que la definición de la “práctica basada en la evidencia en psicología” incluye como uno de sus elementos nucleares las características, cultura y preferencias de la persona; o ignore que los clínicos también influimos en la respuesta de los consultantes, no solo de forma “positiva”, sino que también podemos ser los causantes de su “resistencia” o aparente falta de colaboración (tal vez, la persona no sigue las pautas porque no son las adecuadas, no era el momento idóneo o porque nos hemos mostrado poco empáticos).

En definitiva, en este caso el problema del terapeuta-centrismo estaría causado por una formación inadecuada o deficiente del profesional (piensa que lo que hace es lo mejor). En cierto sentido, se podría decir que los problemas de formación, en mayor o menor medida, están presentes en las siguientes posibles causas que vamos a ver a continuación.

 

Teoría/técnica.

Ciertos planteamientos teóricos o técnicos, especialmente cuando se siguen de una manera rígida, pueden dar lugar al terapeuta-centrismo. Imagina, por ejemplo, un tipo de enfoque que ve a los consultantes como “enfermos” que necesitan ser “curados” o “corregidos” por el terapeuta, que es el que ha estudiado y, por lo tanto, sabe bien lo que necesita cada persona. Así, cuando reciba a alguien a quien haga el diagnóstico de “trastorno obsesivo compulsivo”, le dirá en seguida qué tratamiento debe realizar (“exposición con prevención de respuesta”); y si el “paciente” se niega, se acabó la terapia. ¡Qué pase el siguiente! (pero que esté dispuesto a hacer lo que este gran profesional le diga, por favor). Puede que suene exagerado, pero es algo que está presente en esa visión de la psicología que trata de asemejarse al modelo médico.

En este caso se supone que al psicólogo le han enseñado todo lo que le tenían que enseñar y lo han hecho “bien”, dentro de un enfoque determinado; aunque es raro encontrarse con enseñanzas de este tipo. Por eso creo que, más bien, habría que plantear si el problema tiene que ver con adherirse de forma rígida a la teoría o técnica preferida del profesional, escuchando más a estas que a la propia persona que tiene delante.

 

Contratransferencia / defensas / barreras personales.

El terapeuta-centrismo puede ser causado por un mal manejo de sentimientos del propio profesional (llámese “contratransferencia”, “actitud defensiva”, “barreras personales”, etc.). Una vez me encontré en internet con un curso para tratar “pacientes tóxicos”. Pude saber que la persona que lo ofrecía había tenido alguna experiencia muy desagradable en los inicios de su práctica profesional con un consultante. Me dio la sensación de que lo de ver a algunos “pacientes” como “tóxicos” tenía que ver con una gestión ineficaz de aquellos malos momentos que vivió. Es natural encontrarnos con situaciones en las que experimentamos sentimientos desagradables trabajando en psicoterapia; eso no es un problema en sí mismo. Lo que puede ser peligroso es la falta de consciencia de esas dificultades personales o el manejo inadecuado de las mismas. Es, entonces, cuando el terapeuta-centrismo podría aparecer como una manera de defendernos frente a esos sentimientos que no logramos afrontar de una manera eficaz.

 

Expresión de personalidad.

Otro motivo posible se encontraría en ciertos rasgos de personalidad del terapeuta (por ejemplo, “narcisismo”, “dominancia”, “autoritarismo” …). En este caso, el terapeuta-centrismo sería, simple y llanamente, una manifestación más de su manera de relacionarse con los demás, el estilo de interacción del propio profesional, que, cuando se muestra en sesión, atiende más a sus propias necesidades que a las de los consultantes.

 

Ideológicas/filosóficas.

No nos engañemos: todos tenemos nuestra propia ideología y filosofía (o visión del mundo); esto, por supuesto, incluye ideas políticas. Tampoco nos engañemos con lo siguiente: la ciencia no es ajena a la ideología, tampoco en el caso de la psicología. Somos personas, no máquinas; nuestras ideas influyen en nuestro trabajo. Y quien diga que no… bueno, quizás tiene el problema de no ser consciente de que esto es así. Lo que es mucho más preocupante, ya que, si no sabes que tu visión del mundo influye en tu trabajo, no vas a poder a hacer lo suficiente para que esto no afecta significativamente a los consultantes. Determinadas ideas sociales, políticas, culturales, morales y sobre la naturaleza humana pueden derivar en actitudes terapeuta-centristas. ¿Cómo se va a posicionar en consulta el psicólogo “influencer” con más de 70 mil seguidores que dice que las personas LGTBI y las feministas son “victimistas”? El mismo que dice que lo suyo no es ideología, sino lo que dice la psicología. El mismo que afirma que en la psicología la ideología no tiene lugar, y que él no mezcla sus ideas con la ciencia. El mismo que no se da cuenta de su falta de consciencia. ¿Cómo tratará en consulta a una persona abiertamente feminista? ¿Y a la persona homosexual, bisexual, lesbiana, etc. a la que traten con violencia casi a diario? ¿Les dirá que son unos quejicas?

No me refiero a que haya ideologías mejores o peores (aunque, sinceramente, me cuesta aceptar aquellas que no respetan a otros seres vivos, por ejemplo), si no a que en el desarrollo profesional del terapeuta esté ausente alguna práctica reflexiva sobre la influencia de su propia posición e historia sociocultural; o que tenga una visión del ser humano y del cambio que le sitúa por encima del consultante; en definitiva, que no haya interés en conocer la visión del otro o que se descalifique.

 

Si tenemos en cuenta todo lo anterior, nos encontramos con causas que no solo tienen que ver con la responsabilidad exclusiva del individuo, si no más amplias, como resumo en la siguiente tabla:

 


 

Posibles soluciones.

Propondría dos categorías de soluciones: unas más estructurales y otras personales.

En el caso de las estructurales, hablaríamos de mejorar la formación de psicólogos clínicos, ofrecer una supervisión de mayor calidad y más continuada, favorecer prácticas reflexivas que permitan tomar conciencia de aspectos personales relevantes, implicar a la persona en formación en un trabajo personal útil y compasivo… Para lo anterior, es necesario tomar medidas políticas y organizativas. Por ejemplo, en los servicios públicos los facultativos necesitan disponer de tiempo y recursos suficientes para atender a los usuarios y a los residentes en condiciones óptimas. En casos extremos, por muy duro que sea, también cabe plantear la orientación laboral: tras haber hecho todo lo posible, si la persona que quiere ser terapeuta muestra indicios claros de no poder ser un profesional adecuado, es mejor ayudarle a encontrar otra disciplina en la que aplicar sus conocimientos (investigación o docencia, por ejemplo).

Por otro lado, las soluciones que tendrían que ver con la responsabilidad a título individual supondrían cuestiones tales como el compromiso con seguir una formación continuada, hacer uso de la supervisión de manera frecuente, desarrollar un buen autocuidado, cultivar la curiosidad y el interés por los demás y la humildad terapéutica…

 

No puedo terminar esta entrada sin agradecer públicamente a todos aquellos profesionales que contribuís, en el día a día, a construir (y formar en) relaciones terapéuticas respetuosas y centradas en la persona, alejadas del terapeuta-centrismo. ¡Gracias!

 

PD: al final de mi ponencia, Ignacio Serván me hizo un regalo. Una frase de Kohut que venía como anillo al dedo para finalizar:

Si hay una lección que he aprendido durante mi vida como analista, es la lección de que lo que mis pacientes me dicen es probable que sea cierto; que muchas de las veces en las que creía que yo tenía la razón y que mis pacientes estaban equivocados, resultó que, aunque a menudo solo después de una búsqueda profunda, mi ‘tener razón’ era superficial, mientras que su ‘tener razón’ era profundo”.

domingo, 26 de mayo de 2024

Las olas de Cádiz: crónica del Congreso de la SEPC

Déjame que te cuente una historia sobre tú y yo en aquellos días

Cuánta pasión y alegría compartimos

Cuántas veces le dimos la vuelta al tiempo

Déjame que te cuente una historia sobre tú y yo en aquellos días

cuando nos sentimos como si pudiésemos cambiar todo el mundo con una ola.

(de la canción Towards the blue horizon, de Riverside. Tal vez quieras ponerla de fondo mientras lees esta entrada).

 

El prólogo de esta historia no es alegre. Todo lo contrario. Si el año pasado me pasé semanas contando los días que faltaban para el congreso de ANPIR (ahora SEPC) en Coruña, este había perdido algo de ilusión, a pesar de ir en calidad de ponente y de compartir mesa con profesionales de talla internacional como Linda Campbell y John Norcross (uno de mis principales referentes en el mundo de la psicoterapia), además de contar con la compañía, como moderador, de Jesús Arroyo, una persona a la que aprecio muchísimo. Pero las últimas seis semanas habían sido muy duras para mí. No voy a entrar en detalles porque este no es un lugar al que venga a exponerme ni soy el protagonista de esta historia, solo un narrador más; baste con decir que ciertas molestias físicas continuadas terminaron afectándome psicológicamente de una manera bastante profunda. Por si fuera poco, el plan de viaje que tenía se vio modificado de forma imprevista apenas un par de días antes de partir de Gijón.

No te preocupes lector, porque, aunque el prólogo es sombrío, el final es luminoso. Llegué agotado a Cádiz, pero [SPOILER ALERT] volví renovado.

 

Más de ocho horas de viaje en coche, divididos en dos etapas, me llevaron a mi destino. Por desgracia, no pude llegar a tiempo a las actividades pre-congreso del jueves, y eran cosas que me interesaban mucho: el taller Repensando la comprensión, la evaluación e intervención del riesgo del suicidio, impartido por Miguel Guerrero (referente nacional en este tema) y el podcast de Psicoflix, con quienes he participado en varios episodios y en alguna formación. Afortunadamente, pude conocer en persona tanto a Miguel como a Jay y Darío, darles un abrazo y compartir tiempo con ellos. ¡Ah, el tiempo! Ese que siempre se queda corto en estas ocasiones. No volveré a insistir mucho en aquello que plasmé el año pasado en este blog sobre lo bien que sienta abrazar, saludar, estrechar manos y dar dos besos a tantas personas que aprecio… Eso ha estado ahí, junto con la alegría de desvirtualizar a algunas/os colegas y de volver a ver caras conocidas (respetadas y queridas), siempre con la sensación de que el maldito tiempo nunca es suficiente y se escapa entre los dedos como los granos de arena que tan cerca teníamos de la sede del congreso.

En la inauguración escuchamos con ilusión a Margarita Laviana, Laura Armesto, Javier Padilla y Javier Prado (este último, como siempre, contagiando su pasión por la psicología clínica y por lo que supone este encuentro anual). Acto seguido, una conferencia excelente sobre psicosis, desde una perspectiva centrada en la persona. Había escrito algún que otro capítulo para varios manuales de los que edita Eduardo Fonseca, pero nunca había tenido el gusto de escucharlo en vivo, ¡y vaya si mereció la pena! Haciendo referencia a multitud de evidencias científicas, en pocos minutos echó por tierra esos continuos intentos que existen en ciertos ámbitos de atribuir los problemas psicológicos a “enfermedades del cerebro”. Y lo hizo de forma amena y divertida. Juan Antonio Díaz Garrido continuó en esta línea, ofreciéndonos una visión más humana y comprensiva de las experiencias psicóticas. Un buen comienzo para este congreso, que fue seguido por una conferencia en la que residentes y adjuntos jóvenes nos hablaron sobre sus vivencias relacionadas con el momento de su desarrollo profesional. ¿Sabes que transpiraban estas exposiciones? Dos palabras muy parecidas: humildad y humanidad.

¿He mencionado ya las más de 8 horas de viaje en coche? Si, creo que sí. Quizás esta sea mi excusa para decir que el viernes llegué tarde a Recuperando el espíritu comunitario en salud mental, una conferencia a la que tenía ganas de asistir; así que, lamentablemente, no puedo decir mucho sobre ella (mis disculpas a las personas que participaron). A cambio, en el hotel pude encontrarme con algunas personas a las que me encantó saludar, aunque fuera brevemente.

Después llegó el momento de unas cuantas reflexiones interesantes entorno a Traumas, silencios, autolesiones y angustia no mentalizada en infancia y adolescencia, con Carmen de Manuel, Juan Úbeda y Miguel Ángel Sánchez. Se tocaron temas muy duros, como el abuso sexual infantil, con mucho tacto, respeto y profesionalidad.

Las pausas para el café pareciera que desafían a la realidad misma. Tiene que haber algún tipo de magia, ¿cómo es posible que el tiempo transcurra tan rápido? Momentos para fluir y formar parte de una especie de ola, tal vez como la que menciona la canción con la que comienzo esta entrada.

Con las pilas cargadas, nos dirigimos, con mucha curiosidad, a descubrir que se escondía en una conferencia que llevaba el título de Pamaternidad, nuevas masculinidades y psicoterapia. Para mí fue la sorpresa del congreso, uno de los momentos que más me hizo reflexionar. Y también reír, porque la ponencia de Carmen Ruiz (una socióloga infiltrada entre tanto psicólogo clínico) fue verdaderamente espectacular.

A comer. A comer con nervios, que en un par de horas me tocaba sentarme al lado de Norcross, Campbell y Arroyo. Casi nada. ¿Me tomo un diazepam? No, mejor no; no vaya a ser que hable de forma disártrica. Espera, mis colegas americanos piden que les hagan traducción simultánea de mi ponencia. ¿Unas respiraciones profundas? ¿Mindfulness? No sirven de mucho. ¿Subir al atril acompañado de la ansiedad? Bueno, supongo que no queda otra opción… (¿escabullirme?). En fin, la cosa no salió tan mal como mi mente suele anticipar. Ayudó ver que John y Linda son personas encantadoras. Al primero se nota que le gusta el humor; de ello hizo gala antes, durante y después de su magnífica exposición sobre los factores que más importan en la relación terapéutica. De hecho, comenzó diciendo que The Office era la mejor serie de humor estadounidense.  ¿Cómo no admirarlo? Y Linda Campbell… la amabilidad en persona. Pude encontrarme de nuevo con ella durante el desayuno, a la mañana siguiente, y seguir disfrutando durante unos instantes de su cercanía. Ese encuentro dio incluso para una anécdota que nunca olvidaré y que aquí no voy a contar; solo diré que tiene que ver con que Jesús, moderador de la mesa, me presentara como “el Norcross español”. De lo mío no cuento mucho, ya que haré una versión escrita de mi ponencia y la publicaré en este blog próximamente.

 


Nervios fuera. Hora de la asamblea de socias/os. Hora de ver cómo la SEPC crece continuamente, las cosas que se consiguen, los obstáculos a los que hay que hacer frente. De dar voz a debates incómodos, pero necesarios. Luego vendría la cena de gala, a la que hubiese deseado ir, pero este año las circunstancias no fueron propicias.

Y llegó el último día. El sábado llegué puntual a la supervisión grupal con Nacho Serván, que fue otro de mis momentos favoritos del congreso. Lo que vimos allí coincide con lo que yo considero que debe ser una supervisión grupal de este tipo: sin que el supervisor asuma un rol de experto, siente cátedra o prescriba lo que se debe hacer; más bien, dar voz a las personas participantes, explorar conjuntamente, invitar a la reflexión, ayudar a organizar la información y estimular diferentes ideas sobre cómo enfocar el caso. Un gusto también poder saludar a Nacho, que tiene un libro sobre apego desorganizado (aún no lo he leído, pero la gente que conozco que sí lo ha hecho me habla muy bien del mismo).

Para terminar, una supervisión individual desde un enfoque sistémico, a cargo de otro referente nacional de la psicología clínica: Begoña Olabarría. Ya solo quedaba que Raúl Vilagrá entregara los premios a las mejores comunicaciones científicas y que Joaquín Pastor clausurara el congreso, anunciando la sede del próximo año: Valencia, una ciudad que tiene un significado especial para mí y que llevo unos 30 años sin pisar. Pero esa es otra historia que quizás sea contada a su debido tiempo.

 * * * * *

El coche arranca de nuevo, el murmullo de las olas de Cádiz queda atrás. Unos cuantos kilómetros por delante antes de llegar a casa, descansar (lo justo) y volver a la rutina. Otra vez a sentir el paso habitual del tiempo. Ya noto como vuelve a su ritmo normal, se desacelera. Noto la resaca, la arena que se va secando. Las gotas que, juntas, formaron un océano, se separan y viajan a formar parte de otros lugares, de otras historias.

Los dolores se suavizan y ahora no sé que pensar: ¿es cosa de los antiinflamatorios en formato pastilla o de los otros, lo que vienen en formato humano, los que se presentan como personas preocupadas por hacer que la psicología clínica sirva de ayuda a tantas personas? Yo elijo creer que ha sido lo segundo.

 

¿Nos vemos en Valencia?