El psicólogo potencialmente ineficaz o dañino no es el que tiene sesgos, es el que no es consciente de tenerlos.
La
reflexión viene al hilo de una experiencia que me ha dejado una
sensación amarga. Me da pena y un poco de rabia lo que voy a contar.
Siempre
he dicho que ser divulgador de psicología me parece una tarea
complicadísima y de mucha responsabilidad. Algo que yo nunca haré,
porque ni me siento capaz ni es algo que tenga ganas de hacer. Así que
tiene mérito aquellos/as psicólogos/as que lo intentan y se presentan
como tales: divulgadores. Además, si lo hacen con la intención de
resaltar que la psicología es una ciencia, pues mejor que mejor.
¿Qué puede salir mal? Bueno, los sesgos pueden aparecer.
Esta
semana, leía una publicación de un estudiante de psicología, todavía
cursando el máster de psicología general sanitaria. Una presentación muy
trabajada y elaborada. Se nota que le había dedicado muchas horas.
Hablaba sobre la alianza terapéutica y cuestionaba su influencia en los
resultados de la psicoterapia. En concreto, afirmaba que no existía
evidencia que mostrara que la alianza afecte más a los resultados que el
uso de técnicas concretas. Criticaba duramente los trabajos de Bruce
Wampold (de hecho, se refiere en algún momento a "la estafa de Wampold) y
cosas similares.
Yo
le comenté algo, con la mejor intención, la de crear debate, ofrecer
otra perspectiva, aportarle datos "basados en la evidencia" que
cuestionaban sus afirmaciones. Creo que fui amable, nada beligerante,
pero se tomó muy mal lo que le señalé. Una de las cosas que le comenté
es que él tenía sus sesgos, pero que yo también; ¡todos los tenemos!
Tenemos una historia a nuestras espaldas, unas experiencias que nos van
moldeando, generando determinadas expectativas; nos criamos y formamos
parte de una cultura determinada y no de otras. Vemos el mundo desde la
posición en la que la vida nos ha puesto; pero hay otras visiones, otras
culturas, otras vidas, otras experiencias. Le dije que tener sesgos es
normal, que somos sujetos, no objetos. No era un comentario
pasivo-agresivo. Pero le ofendió y lo lamenté públicamente, explicando
que no era mi intención. Como luego siguió debatiendo, yo volví a
responderle, aportando datos y referencias; incluso mostrándome de
acuerdo con algunas de sus afirmaciones. Hasta me despedí agradeciéndole
que trajera a escena el debate. Y me bloqueó. De esa red y de esta.
Borró mis comentarios. Y no encuentro ninguna manera de ponerme en
contacto con él para para preguntarle qué pasó y disculparme, si fuera
necesario. Me quedo con las ganas de entender qué hice, porque algo tuve
que hacer.
No
lo puedo negar, mis propios sesgos (o como les quieras llamar) me
empujan a hacer interpretaciones desagradables: ¿será que le incomodaba
que la gente pudiera ver argumentos que contradecían su tesis? No dejes
que la verdad estropee una bonita publicación en redes sociales. Bah, es
una interpretación demasiado auto-complaciente.
n
verdad, lo preocupante es que pueda pensar que no tiene sesgos.
Preocupa como pueda afectar a su atención a consultantes. Si no eres
consciente de tus sesgos, asumes riesgos importantes para la terapia. Lo
mismo pasa si te incomoda saber que el consultante es el principal
factor de cambio, no la alianza ni las técnicas.
En
fin, siempre hay tiempo para aprender cosas nuevas. Supervisa, haz
prácticas reflexivas, tu propia terapia personal o medita debajo de un
manzano (¡cuidado que no te caiga una fruta en la cabeza!). Lo que sea,
pero date cuenta. Porque si no, van a pasar muchas cosas en terapia que
no vas a entender. Y a lo mejor culpas a los demás y no asumes
responsabilidad.
Y lo digo aquí para recordármelo a mí mismo, también.
lunes, 25 de agosto de 2025
Sesgos no reconocidos
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