Hace un tiempo hablé sobre la importancia de las preferencias de las personas que acuden a psicoterapia. Y lo he mencionado en otros artículos y libros, ya que es un tema que me suscita mucho interés y al que suelo prestar bastante atención en mi trabajo diario. No me extenderé aquí en explicaciones teóricas y prácticas; para saber más, pronto podrás leer un artículo que acabo de publicar en la revista Papeles del Psicólogo (Trabajando con las preferencias del consultante en psicoterapia: consideraciones clínicas y éticas). Basta decir que es más probable que la terapia sea eficaz cuando es posible integrar las preferencias de cada persona. Y no solo se trata de una cuestión práctica, sino también ética: la Ley de Autonomía del Paciente o la Práctica Basada en la Evidencia en Psicología subrayan lo oportuno de considerar este factor a la hora de intervenir, asegurando la autonomía y la colaboración del consultante en la toma de decisiones clínicas.
Lo que sí quiero comentar hoy son los resultados de un pequeño estudio que realicé en mi consulta y que he presentado en el Congreso de ANPIR de este año. El póster con la investigación se puede consultar en formato digital en el siguiente enlace: ¿Qué preferencias tienen las personas que acuden a psicoterapia?
Como sugiere el título, he tratado de ver en qué medida los/as consultantes prefieren que las sesiones se lleven a cabo de una u otra manera. Para eso utilicé los resultados de una escala que suelo utilizar en las primeras sesiones, el Inventario de Preferencias Cooper-Norcross (C-NIP). El C-NIP consta de 18 preguntas, divididas en cuatro escalas acerca de:
Antes de entrar en los resultados quiero mostrar los de unas encuestas que he estado llevando a cabo en mi cuenta de Twitter. Es justo señalar que los resultados que vamos a ver no tienen mucha validez: se han hecho en una red social, sin poder controlar quién respondió y con qué intenciones. No deben tomarse como algo significativo, solo a modo anecdótico. Pregunté varias cosas relativas a las preferencias, tanto de los/as consultantes como de los/as profesionales; porque sí, nos guste más o menos reconocerlo, los psicólogos también tenemos preferencias acerca de cómo enfocar la terapia. Es importante ser conscientes de ello, reflexionar y observar hasta qué punto afectan a nuestro trabajo clínico.
Una de las encuestas que hice tenía que ver con una preferencia muy general: ¿preferimos que nos de una pastilla para quitarnos el sufrimiento o hacer una terapia psicológica? Me interesaba ver qué opinaba la gente al respecto. A menudo, leo comentarios que dan a entender que la mayoría de las personas buscan una solución “rápida” o “fácil” (tomarse una pastilla) y que están menos dispuestos a implicarse en un tratamiento psicológico. Estos fueron los resultados de mi encuesta:
Estos datos encajan con mi percepción: al contrario de lo que algunas personas dicen, la gente prefiere tratar sus problemas sin medicación. La investigación así lo suele mostrar. Por ejemplo, en un estudio en el que participé cuando era residente, se les preguntó a las personas que eran derivadas a los servicios de salud mental qué preferían. Los resultados fueron los siguientes: “el 35,5% (n=43) de la muestra dice preferir psicoterapia, el 14% (n=17) tratamiento combinado y el 1,7% (n=2) tratamiento farmacológico. Finalmente, el 48,8% (n=59) no sabe/no contesta”.
Por supuesto, en la variabilidad está la clave: hay quien espera que un medicamento, o la intervención externa de un experto, sea la solución a sus problemas. Pero aún en este caso, hay que pensar a qué se debe esto. ¿Acaso algunos profesionales no venden la idea de que los problemas psicológicos se deben a desajustes en los neurotransmisores y que eso se “arregla” con un determinado fármaco? ¿No crean estos y otros expectativas erróneas respecto a lo que es la salud mental?
Dirigí una serie de preguntas a psicólogos/as para ver sus propias preferencias en las escalas que mide el C-NIP, así como su percepción subjetiva acerca de las preferencias de los/as consultantes. Los resultados fueron estos:
Me ha parecido interesante ver dos cosas: el alto porcentaje de compañeros/as que consideran que muchas personas prefieren hablar de su pasado y el también alto porcentaje que cree que las personas no quieren que sus terapeutas les confronten. Lo cierto es que en mi (limitadísimo y humilde) estudio se mostró algo distinto: pocos son los que prefieren hablar de su pasado y hay más gente de la que podríamos pensar que pide ser confrontada. Lo último, contradice otro mensaje manido: “algunos solo quieren escuchar lo que les interesa, que les des la razón; y cuando les contradices, dejan de venir”. Bueno, la cosa no es tan simple. Echemos un vistazo a los cinco ítems que mostraron una preferencia más fuerte, por término medio, en mi pequeña investigación:
· Me gustaría que mi terapeuta cuestione mi conducta si cree que está mal.
· Me gustaría que mi terapeuta me anime a adentrarme en emociones difíciles.
· Me gustaría que mi terapeuta se centrara en objetivos específicos.
· Me gustaría que mi terapeuta me animara a expresar sentimientos fuertes.
Como se puede ver, el segundo ítem indica que un gran porcentaje de personas afirma preferir ser confrontada por su psicólogo/a. Observamos, también, que si hablamos de la cuarta escala del C-NIP, hay más del doble de personas que prefieren una actitud del terapeuta “desafiante” de las que prefieren una actitud “cálida”. Eso no quita, al mismo tiempo, que también quieran que el clínico lo haga con amabilidad. No en vano, el sexto ítem que mostró una preferencia más fuerte es el que dice “me gustaría que mi terapeuta fuera amable” (vs desafiante). Es comprensible, ¿a quién no le gusta que le traten con amabilidad?
Los datos de mi investigación, a pesar de sus limitaciones, son muy similares a los que se encontraron en otros trabajos más rigurosos, con muestras mucho más amplias y en los que, además, se compararon las preferencias de los/as consultantes que las de los/as profesionales de salud mental. En los dos estudios que cito en el póster se repitió la misma diferencia: los/as terapeutas prefieren ser menos directivos y que las sesiones tengan mayor intensidad emocional, en comparación con aquellas personas a las que atienden.
Hay que hacer notar que en muchos casos (la mitad, en el caso de la muestra que yo estudié) o bien la gente señala que no tienen ninguna preferencia definida o da la misma importancia a ambos lados de cada una de las escalas. Es habitual que no haya una preferencia fuerte en ninguna dirección en el caso de individuos que nunca antes habían estado haciendo terapia. Sin olvidar aquello que escuchamos, a menudo, en consulta: “el experto eres tú, confío en tu criterio” (esta afirmación, en sí misma, se podría interpretar como una preferencia por la directividad del clínico).
En definitiva, si nos atenemos a los datos, podríamos decir que, por término medio, aquellas personas que van a terapia prefieren que el psicólogo sea directivo, se centre en su presente, imprima cierta intensidad emocional en las sesiones y les confronte (amablemente) cuando sea necesario. Pero esto, solo es estadística. El buen hacer clínico implica conocer las preferencias particulares de cada persona y saber cómo manejarlas, siempre atento a su competencia, ética profesional y a las mejores evidencias disponibles.
Super interesante tu entrada. Si que creo que hay matices dependiendo del lugar de origen de la persona, el nivel cultural, y su situación personal, pero muchas de tus conclusiones las comparto.
ResponderEliminarSi me permites, voy a seguirte x linkedin. Un saludo !!