martes, 27 de noviembre de 2018

Marco del Poder, Amenaza y Significado

En los últimos años, la Sociedad Británica de Psicología (BPS, de las siglas en inglés), mediante su división de Psicología Clínica, ha elaborado y publicado una serie de documentos muy interesantes que suponen un cambio en la forma de entender la salud mental, tanto lo que consideramos psicopatología o trastornos mentales como las prácticas de ayuda (o terapias). Entre los documentos elaborados por este grupo de psicólogas y psicólogos clínicos británicos se encuentran trabajos dirigidos ayudar a comprender la experiencia de las personas que sufren problemas que acostumbramos a categorizar como psicosis, entender lo que denominamos trastorno bipolar, una guía para usar un lenguaje no estigmatizante, culpabilizador o patologizante en las comunicaciones profesionales, informes, formulación de casos o cuando nos dirigimos a aquellas personas que tan a menudo nos preguntan a los clínicos “¿qué es lo que me pasa?” o cuestiones similares, además de alguna guía de formulación psicológica de casos (en la línea del libro, disponible en español, escrito por Lucy Johnstone y Rudi Dallos y que estos días descansa en mi escritorio). Todos estos escritos están disponibles para su descarga en formato PDF de manera gratuita.

El documento que quiero comentar hoy es el titulado como Marco del Poder, Amenaza y Significado (Marco PAS, en adelante), del que existen dos versiones: una más elaborada y extensa, el trabajo principal, y otro más breve, en el que se reflejan los aspectos más importantes de esta magnífica propuesta que nos brinda la BPS. El documento del Marco PAS ha sido desarrollado principalmente por Lucy Johnstone y Mary Boyle y desde hace poco tiempo está disponible la traducción al español de la versión breve (que se puede descargar pinchando AQUí).

¿A qué hace referencia el Marco PAS? ¿Cuál es su objetivo? Según sus autoras, su objetivo es dar cuenta y ampliar los enfoques existentes, al ofrecer una perspectiva básicamente distinta sobre los orígenes, la experiencia y la expresión del sufrimiento emocional y del comportamiento perturbado o perturbador”. Es, en cierta manera, una forma diferente de entender los problemas de salud mental de las personas. Se puede considerar una vuelta a los orígenes de la formulación de dichos problemas desde un punto de vista psicosocial, algo que se ha ido perdiendo a medida que el modelo médico se ha ido asimilando por parte de la psicología clínica. Lo novedoso es que este paradigma va acompañado de datos y pruebas científicas que avalan lo explicado. Y, sobre todo, lo más importante es que nos transmite el mensaje de que las personas a las que se diagnostica de un “trastorno” determinado no “tienen” una enfermedad que parece que surja de la nada, como si fuera, por ejemplo, una diabetes. Ni siquiera presupone que lo que le pasa a las personas se pueda considerar patología, continuando con el símil médico, sino que “más bien describe los mecanismos de supervivencia y afrontamiento que pueden ser más o menos funcionales en la adaptación a conflictos y adversidades concretas, tanto del pasado como del presente (…) Integra los factores relacionales, sociales, culturales y materiales que dan forma a la aparición, la persistencia, la experiencia y la expresión de estos patrones (…) Atribuye un papel central al significado personal, que surge de los discursos sociales y culturales, los sistemas de creencias, las condiciones materiales y las posibilidades somáticas”.

El Marco PAS comprende cuatro aspectos relacionados entre si:
  • El ejercicio del PODER (biológico, corporalizado, coercitivo, legal, económico, material, ideológico, social, cultural, e interpersonal).

  • La AMENAZA que el ejercicio negativo del poder puede suponer para la persona, el grupo y la comunidad, con una referencia centrada en el sufrimiento emocional y las formas en las que éste es mediado por nuestra biología.

  • El papel central del SIGNIFICADO (producto de los discursos sociales y culturales, que activa las respuestas corporales evolutivas y adquiridas) en la configuración de la acción, la experiencia y la expresión del poder, la amenaza y nuestra respuesta a la amenaza.

  • Como reacción a todo lo anterior, se encuentran las RESPUESTAS A LA AMENAZA, aprendidas y evolutivas, que una persona, familia, grupo o comunidad, puede necesitar usar para garantizar su supervivencia emocional, física, relacional y social. Estas respuestas abarcan desde reacciones fisiológicas (en gran parte automatizadas), hasta respuestas basadas en el lenguaje y las elegidas deliberadamente”.

Así que, más que preguntar por síntomas, tratando de hacer un diagnóstico de lo que le “pasa” a la persona, desde el Marco PAS lo que interesa es saber qué le ha ocurrido a la persona (influencia del poder en su vida), cómo le ha afectado (amenazas), qué sentido le dio (qué significado tienen sus experiencias) y qué es lo que tuvo que hacer para sobrevivir (respuestas a la amenaza); además de ver también cuáles son sus puntos fuertes, en los que apoyarse para salir adelante. En definitiva, la pregunta clave no es “¿cuál es el diagnóstico?”, si no, “¿cuál es la historia de la persona?”.

Cuando se habla de respuestas ante las amenazas, a lo que se está haciendo referencia es a que aquello que tradicionalmente se considera sintomático, problemático, patología o trastorno en el fondo son formas de supervivencia que la persona utiliza en esas circunstancias en las que se ha visto envuelto. Son respuestas que cualquiera de nosotros, en determinadas circunstancias, podemos llegar a manifestar y que pueden darse en diferentes situaciones (no son específicas de ningún tipo de “trastorno” o “enfermedad”): es la forma que tenemos los seres humanos de afrontar las adversidades.

En el documento del Marco PAS se describen un Patrón Fundamental y siete Patrones Generales provisionales, que incluyen una serie de posibles respuestas a las amenazas, agrupadas en base a las funciones que cumplen cada una de ellas. Estas respuestas, en último término, aparecen porque las personas tenemos una necesidad básica de sentirnos a salvo, protegidos, además de queridos y de pertenecer a un grupo social, a una comunidad. Son nuestros intentos, más o menos conscientes, de sobrevivir a los impactos negativos que el poder puede tener sobre nosotros. No son síntomas, son “estrategias de supervivencia”.

Un enfoque como el descrito es muy importante porque señala la influencia de las circunstancias sociales, culturales, interpersonales, etc., en nuestro bienestar personal y salud mental. Por desgracia, en multitud de ocasiones se transmite a la sociedad la falsa idea de que una persona sana nunca se deprime, muestra ansiedad o cualquier otro tipo de “síntoma”, sean cuál sean las circunstancias. Parece como si deprimirse, asustarse o preocuparse en exceso o dormir mal sea señal de debilidad o de algún problema psicológico. Incluso esta idea la refuerza algún que otro psicólogo mediático que proclama que él sería feliz aunque estuviera solo, sin trabajo y sin techo. Y si no es así, es que algo marcha mal en tu cabeza (piensas de forma “irracional”). Documentos como el del Marco PAS traen a primera plano la importancia de la cultura y la desigualdad social como generadoras de malestar. Además, desestigmatiza, normaliza las respuestas a las amenazas, que son, en definitiva, evolutivas y aprendidas. “En vez de ser «diagnosticada» como persona que sufre pasivamente de déficits biológicos, sugerimos que las personas usuarias de los servicios (y todos nosotros) puedan ser reconocidas y validadas como quienes activan respuestas para protegerse y sobrevivir. Las experiencias definidas como «síntomas» se entienden mejor como reacciones a la amenaza o «estrategias de supervivencia»”.

Quizás la mejor manera de resumir lo que implica este enfoque es recurrir al resumen narrativo del Patrón Fundamental:

Las desigualdades económicas y sociales, junto a los significados ideológicos que respaldan la actividad negativa del poder provocan el aumento de los niveles de inseguridad, falta de vinculación, miedo, desconfianza, violencia y conflicto, prejuicio, discriminación y adversidades sociales y relacionales en todas las sociedades. Esto tiene consecuencias en todas las personas y, en particular, en aquellas con identidades marginales. Limita la capacidad de las personas cuidadoras para proporcionar en la infancia relaciones tempranas seguras, lo cual no solo hace sufrir por ello al niño o a la niña que se está desarrollando, sino que también puede comprometer su capacidad para gestionar el impacto de las adversidades futuras. Las adversidades se relacionan, de forma que su presencia en la vida previa y/o en el presente de una persona, aumentan la probabilidad de sufrir otras más adelante. Los elementos como el daño intencionado,la traición, la impotencia, el encontrarse atrapado y la imprevisibilidad aumentan el impacto de estas adversidades y este impacto no solo es acumulativo sino también sinérgico. Con el paso del tiempo, la existencia de adversidades complejas que interactúan tiene como efecto un incremento de la probabilidad de experimentar sufrimiento emocional y activar conductas problemáticas o perturbadoras. La forma deestas expresiones de sufrimiento queda determinada por los recursos disponibles, los discursos sociales, las posibilidades corporales y el entorno cultural, y su función principal es promover la seguridad y la supervivencia emocional, física y social. A medida que las adversidades se acumulan, el número y la severidad de estas respuestas aumentan en paralelo a otras consecuencias indeseadas en el ámbito social, de la salud y del comportamiento. En ausencia de factores o medidas de mejora, se instaura un ciclo que prosigue a lo largo de las generaciones posteriores.

Muchas de estas ideas no son nuevas y resultarán conocidas a profesionales formados en modelos teóricos alejados del paradigma médico. Sin embargo, es importante que una sociedad nacional elabore y difunda documentos como estos y que, además, lo haga con fundamentos empíricos. Un intento más, que se suma a los realizados por muchos otros, de volver a poner a la persona y la sociedad en primer lugar y disolver el inmerecido protagonismo que se la ha dado a los neurotransmisores y demás procesos bioquímicos.

Este es el camino a seguir: dejar de culpar al cerebro del sufrimiento y empezar a señalar a otros agentes responsables de los problemas (y de las soluciones) psicosociales del ser humano del siglo XXI.


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