viernes, 23 de marzo de 2018

Lo buenos que somos... o no

Imagínate que eres psicóloga clínica y que te dedicas a la psicoterapia. Alguien te entrevista y te pregunta cosas como las siguientes: ¿cómo de efectiva eres? ¿Qué porcentaje de tus casos mejoran? ¿Cuántos empeoran? En comparación con otros clínicos, ¿cómo te valoras?

Pues bien, algo similar hicieron Steven Walfish, Brian McAlister, Paul O´Donnell y Michael Lambert, que en 2012 publicaron un revelador artículo titulado “Una investigación sobre el sesgo de auto-evaluación en profesionales de la salud mental”. El sesgo de auto-evaluación es algo que se observa en diferentes profesiones y ámbitos laborales: tendemos a sobre-valorar subjetivamente nuestro desempeño. Vaya, que nos creemos mejores de lo que realmente somos. ¿Paso esto también en psicoterapia? El estudio de Walfish y sus colaboradores indica que si.

Estos investigadores realizaron una encuesta a 129 profesionales de la salud mental que trabajaban en el ámbito privado y que consistía en dos preguntas:
  • Comparado con otros profesionales con tus mismas credenciales, ¿cómo valorarías tus habilidades clínicas y desempeño en general?

  • ¿Qué porcentaje de tus pacientes mejora (de forma significativa) durante el tratamiento? ¿Qué porcentaje sigue igual (no mejora ni empeora)? ¿Qué porcentaje empeora?

Los principales resultados fueron los siguientes:
  • Como media, los encuestados dijeron que sus destrezas se encontraban en el percentil 80 (es decir, que consideraban ser mejores que el 80% de los profesionales). El 25% estimó estar en el percentil 90.

  • Ninguna persona consideró que sus habilidades estuvieran por debajo del percentil 50.

  • Solo el 8.4% se situó así mismo por debajo del percentil 75%. 
     
  • En general, los participantes consideraron que el 77.01% de sus pacientes mejoraban y que solo el 3.66% empeoraban durante el proceso de psicoterapia.

No podemos saber hasta qué punto estas estimaciones son precisas en el caso concreto de estos 129 clínicos. Pero podemos hipotetizar que no mucho, basándonos en lo que la literatura científica nos dice al respecto.

Por ejemplo, en general los porcentajes de efectividad de la psicoterapia son más bajos de lo que aquí se ha estimado (en el artículo se menciona un 40% de efectividad). Los casos en los que se encuentra un empeoramiento se suelen cifrar en torno al 5 y el 10%, un porcentaje superior al estimado por los encuestados. Los autores citan otro estudio en el que se comprobó cómo de precisos eran los psicoterapeutas a la hora de predecir los resultados: los profesionales observados en dicho trabajo solo fueron capaces de detectar uno de los 40 casos (2.5%) en los que los paciente se fueron en un estado peor del que estaban al comenzar el tratamiento. Además, estimaron un 91% de resultados positivos (casi el doble del 40% hallado y señalado más arriba).

Parece claro que los psicólogos clínicos no estamos libres de caer en el sesgo de auto-evaluación. Sobrestimamos lo buenos que somos, a pesar de que incluso los mejores clínicos también atienden casos en los que se producen empeoramientos. Si no nos podemos fiar de nuestra percepción del progreso de las personas a las que prestamos nuestros servicios, con las que colaboramos en la búsqueda de su bienestar, ¿qué podemos hacer?

La investigación nos dice que la mejor opción es monitorizar de forma “objetiva” y rutinaria los resultados del tratamiento. Existen varios instrumentos para ello, algunos de los cuáles han mostrado empíricamente su validez. De hecho, la monitorización de resultados y el uso de éstos como feedback es una práctica basada en la evidencia que ha demostrado que, bien empleada, reduce a la mitad el porcentaje de casos que empeoran y que añade efectividad a la intervención en si misma. Yo acostumbro a utilizar un par de ellos: PCOMS y CORE. Ya hablé de estas escalas en otra entrada que se puede leer pinchando aquí. Tengo mi propia base de datos con estadísticas sobre los resultados y me ayuda a ser consciente de mis puntos fuertes y débiles. Y creo que sería una práctica deseable para cualquier profesional.

Me estoy acordando ahora de una anécdota que cuento a menudo cuando hablo con alguien de estos asuntos. Una vez, visitando la página web de la consulta de otro psicólogo clínico, me encontré con una sección en la que decía tener un ¡95% de eficacia, con un promedio de 5 sesiones! No dudo que no sea así, pero es evidente que bate todas las marcas conocidas y mostradas en la literatura científica. Yo, desde luego, estoy muy lejos de alcanzar ese nivel.

Un poco de humildad nos vendría bien. Especialmente porque nos haría ser más eficaces en lo que cuenta: ayudar a las personas. Ya comenté en otra ocasión, de hecho, que dudar de uno mismo como profesional es una de las características de los mejores clínicos. Así que, yo seguiré dudando, pero con el afán de mejorar.

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